"Freaks"

El Teatro Peón Contreras funcionaba en ese entonces como cine cuando me llevaron a ver “El hombre elefante” de David Lynch. Yo era apenas una niña y seguramente la película no era la más apta para mi edad, pero nadie me impidió pasar.

La experiencia fue aterradora. Tuve pesadillas con el hombre elefante y su apariencia me impresionó tanto como una escena que nunca olvidaré, en la que el hombre elefante grita “¡I am a human being!” (soy un ser humano) “no soy un animal”,  pidiendo clemencia a la turba enardecida.

Recuerdo cómo su “dueño” lo torturaba, las vejaciones que sufría, la falta de compasión de un mundo aparentemente civilizado, pero más bárbaro que una horda de caníbales. La película dejó una sensación amarga en mí y maldije que me llevaran a verla.

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De “El hombre elefante” (David Lynch) a “Pieles” (Eduardo Casanova) hay una línea que usted puede llenar con sus “monstruos” favoritos (incluyendo a los de Guillermo del Toro que son tema para otro texto, o los que usted prefiera). 

En una sociedad que margina a los diferentes, nos vienen a la mente los personajes de “Freaks” y “Frankenstain”, por ejemplo, difíciles de olvidar, más que nada porque no son monstruos mitológicos ni de cómics, son seres humanos de carne y hueso, o lo fueron, seres lastimeros y tristes, pero también entrañables y simpáticos, llenos de inocencia pero también de dolor.

¿Qué hace al monstruo, su apariencia o sus actos?

Esta selección es muy personal y está ligada a una serie de conceptos que parten de la deformidad y del conflicto que nos produce: belleza, inclusión, aceptación, aislamiento…

Hasta la fecha no hay una película que me impresionara tanto de la forma en la que lo hizo “El hombre elefante” en su momento. En el cine club de la carrera de Periodismo proyectaron “Freaks” (Fenómenos) de Tod Browling en alguna ocasión. Al igual que Merrick, se trataba de seres con deformidades físicas reales, atracciones de feria en la que se expone que la monstruosidad no radica tanto en la apariencia como en los sentimientos y nos remite a la consabida pregunta ¿qué hace al monstruo, su apariencia o sus actos?

El hombre elefante

En el caso de Merrick, que realmente existió y padecía un raro síndrome, no hay un alma más ajena a la monstruosidad que la suya. Objeto de espectáculo, ciencia y morbo, nunca albergó ningún rencor o deseo de venganza hacia los demás.

Es de adivinarse que tuvo una infancia difícil, creció incomprendido y solitario, dependiente, la alegría de vivir le era ajena y solo hallaba consuelo al ocultarse, sin embargo “demostró ser una criatura tierna, afectuosa y adorable” según su médico, el doctor Treves, a quien le entristecía que un ser con tanta dignidad como Merrick no fuera capaz de esbozar una sonrisa.  “Por alegre que estuviera, su rostro permanecía vacío de expresión. Podía llorar, pero no era capaz de reír”.

El “muerto viviente”

Frankenstein, a pesar de ser un “muerto viviente” por la arrogancia de su creador, no es tampoco un monstruo carente de humanidad. Huérfano y solitario, es un enjendro confundido y atormentado, sediento de amor y aceptación. Consciente de la trampa de su existencia, que solo produce pánico y violencia (igual que el hombre elefante) se enfrenta a su creador con fatales consecuencias. Con tristeza vemos cómo su bondad se ve superada por el miedo  y la venganza. A diferencia de Merrick, que glorifica su humanidad con dignidad, el monstruo de Frankenstein se torna perverso.  Alguna forma de justicia percibimos en su actuar que lo justifica.

La versión de Frankenstein dirigida por un pretencioso Kenneth Branagh de los noventas, tiene entre sus pocas cualidades la actuación memorable de Robert De Niro como el monstruo creado por el científico loco.

Según la crítica, en esa cinta “De Niro ofrece uno de esos trabajos sensacionales que todavía le certificaban como el mejor intérprete de su generación, de capacidad de transformación casi ilimitada”, muy diferente a la también memorable actuación de Boris Karloff como el Frankenstein “clásico”, cuyo maquillaje, por cierto, tiene derechos de autor.

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“De Niro es muy interesante, casi como un recién nacido que está aprendiendo a caminar. Pienso que estuvo muy bien documentado. Su cara cosida y las otras suturas también aluden a la propia descripción de Shelley de la piel de la criatura estirada hasta un punto extremo”, citan los especialistas.

“Cuando el monstruo es deshumanizado es muy fácil desestimarlo”

La versión original de Shelley plantea que el monstruo no decidió nacer y se cuestiona su propia existencia: ‘¿Cómo me convierto en una buena persona?'” El ser que recibió vida de Víctor Frankenstein era caracterizado como sensible, sutil y curioso. Pero el cine de horror ha implantado la idea de Frankenstein como la historia de un monstruo asesino, irracional, un monstruo de movimientos torpes, sonidos guturales, tornillos en el cuello, fuerza sobrehumana, pero que se comporta como un niño cuando siente miedo.

El personaje ha sido desde  su origen todo un éxito para el cine de horror, por ello, según los expertos, era necesario deshumanizarlo para hacerlo comercial. “Cuando el monstruo es deshumanizado es muy fácil desestimarlo y matarlo. Cuando es más humano se vuelve muy difícil hacer eso”.

Frankestein

 “Deshumanizar” al monstruo es algo que hacemos todos los días para no sentirnos incómodos de discriminar al diferente, incluso la falsa empatía es una forma de deshumanización al sentir la imposibilidad de identificarnos con el otro.

Por eso nos fascinan tanto los monstruos, porque encarnan nuestro miedo a la deformidad física, al rechazo, al escarnio. Y sin embargo ni así nos salvamos del bulliyng, por esa intolerancia a los diferentes y la crueldad que habita en las almas más primitivas. No hace falta ser monstruo, basta con ser muy bajo, muy alto, muy flaco, muy gordo, muy moreno, muy peludo… muy ésto o muy lo otro…

“Pieles”, homenaje a la rareza

Eduardo Casanova encuentra cómo abordar lo anterior con humor en su memorable ópera prima (disponible en Netflix) “Pieles”, con una agradable estética color de rosa que contrasta con la desagradable y hasta ridícula apariencia de los personajes. Su película rinde homenaje a la rareza física y el mismo director ha confesado que es una respuesta a cómo se sintió toda su vida: raro.

Rarísimo. Y que la hizo “para que la vean las personas que no entienden lo diferente, porque yo creo que les ayudará a tener más amplitud de miras”.

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La película es genial porque habla de libertad, aceptación y esperanza. Si bien sus personajes tienen más de “fenómenos” que de “monstruos”, son lo más cerca que podremos estar de nosotros mismos en cuanto a que sus deformidades tal vez solo sean un reflejo de nuestras inseguridades.

Volviendo a “Fenómenos”, hay una escena que sin duda nos deja pensando en la suerte que tenemos de ser “normales” y de que inclusión, aceptación, incluso compasión, deberían sustituir al rechazo y la intolerancia hacia los diferentes:  “No les mentimos señores. Les dijimos que teníamos monstruosidades vivas y respirando. Se reirán y burlarán de ellas. Sin embargo, sólo la casualidad del nacimiento ha hecho que ustedes no sean como ellas”.

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Jessica E. Ruiz Rubio es licenciada en Periodismo y maestra en Gestión de la Mercadotecnia. Comenzó su carrera periodística en 2004, año en que ingresó a Grupo Megamedia. Se especializa en trabajos especiales, análisis de tendencias digitales, temas locales y gestión de redes sociales.