El maestro Piotr Sulkowski

Anteanoche, en el teatro Peón Contreras, el séptimo programa de la XXXVI temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán reposó íntegramente sobre los hombros de uno de los compositores románticos más generosos en vida y obra: Félix Mendelssohn.

Hijo de un acaudalado banquero judío, don Félix fue precoz en su talento. Por consejo de Goethe y Hegel, viajó mucho con ansias de aprendizaje. Rescató del olvido la obra gigante de Juan Sebastian Bach y fue solidario con otros músicos como lo muestra la ayuda que prestara a Roberto Schumann ofreciéndole trabajo y aconsejándole componer como un remedio para sus dolencias.

En esta ocasión, nuestra orquesta, obediente a la batuta invitada del maestro polaco Piotr Sulkowski, nos permitió disfrutar cuatro fragmentos de la música incidental para Sueño de una noche de verano, aquella deliciosa comedia de Shakespeare, así como la juvenil Sinfonía No 1 Op 11.

Sueño de verano

De los cuatro fragmentos el primero fue la Obertura que Mendelssonh produjera a los 16 años de edad tras leer el Sueño shakespeareano y emocionarse hasta niveles de éxtasis. Los tres restantes pertenecen a la música incidental propiamente dicha que escribiera 15 años después a petición del propio rey de Prusia, muy afecto al teatro. (Téngase en cuenta que Shakespeare fue admirado en extremo por los románticos alemanes).

Tened cuidado, serpientes de doble lengua. No se acerquen a este espacio consagrado donde la reina de las hadas retoza y duerme. Venid, ruiseñores a inundar con sus cánticos

La Obertura acomoda sus temas a las tres historias que se entremezclan en la obra del bardo inglés: los disgustos domésticos de los reyes de las hadas, las dos parejas de amantes insólitamente confundidos y las solemnes nupcias del rey Teseo con su prometida.

El tacto del huésped polaco fue prudentísimo y pleno de claridad. Las cuerdas imitan primorosamente los traviesos pasos de los elfos y el reír propio en los duendecillos que merodean por el bosque ateniense. Ingresan con vigor los alientos para entronizar los desacuerdos palaciegos y el capricho que rodea a los enamorados en el cosmos de sus emociones.

Frases nerviosas que nacen en las percusiones afincan la imagen de los comediantes que ensayan “Píramo y Tisbe” en la floresta y también los embustes mágicos del imparable Puck. Los motivos se suceden ágilmente con breves desarrollos y manteniendo la sensación de unidad.

El Scherzo —allegro vivace— se interpretaba entre el primero y el segundo actos, como un biombo separador entre dos mundos: el de los mortales y el insólito de las hadas del bosque. Ágiles impulsos de alientos y cuerdas nos dibujan tanto los desencuentros entre los amantes atenienses, como la rivalidad momentánea entre Tatiana y Oberón, monarcas de los seres sobrenaturales.

El Intermezzo —Allegro apasionado— marcaba el final del acto segundo. Las voces de los fagotes y los oboes rastrean el mágico truco de Puck que confunde la visión de los amantes mientras duermen, así como el engaño que sufre la misma reina de las hadas por mandato de su soberbio esposo.

El Nocturno se ejecutaba entre el tercer y el cuarto actos. Algo de dulzura para acompañar las fatigas previas al sueño y el despertar de los enamorados ya en vísperas de acuerdo definitivo. Las cuerdas murmuran, los alientos de madera entran en sabrosa charla. Los aplausos cayeron generosamente como clara muestra de beneplácito.

Fragmento

Fue una lástima que, por falta de elementos, nuestra orquesta no concluyera con el fragmento siguiente: esa Marcha nupcial que todos los casados escucharon con pianito y tres cuerdas en la iglesia. Hubiese sido hermoso recibirla tal cual es, solemne y henchida de gozo, con fanfarrias a más no poder, para la boda de un monarca.

La sinfonía

Acabado el intermedio, continuamos en la atmósfera melódica de don Félix, ahora con la Sinfonía No 1 en Do menor op 11, elaborada en el umbral de la adolescencia (sin Neflix, laptop ni celular) después de ensayar con doce sinfonías solo para cuerdas desde la tierna edad de once años.

Seguro y firme, el maestro Sulkowski garantizó el acceso a esa voz juvenil de Meldelssohn apenas atreviéndose a enfilarse hacia el esquema de la gran sinfonía, un poco más audaz que aquel Brahms, algo aturdido ante el escollo que le suponía la grandiosidad de Beethoven.

Escuchamos el inicial Allegro di molto pleno de energía y con reminiscencias de Mozart con sus dos temas, dinámico y lirico, y un cierre beethoveniano.

El emotivo Andante, con esa manera “cantábile” que nos enamora desde el platicar de oboes, flautas y cuerdas. El tranquilo Minuetto que parece detener el tiempo y el ardiente final, Allegro con fuoco, en que el adolescente emplea la forma de la fuga.

El público premió a nuestra orquesta con efusivas, insistentes palmas.— Jorge H. Álvarez Rendón

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