Desde el principio, dijo Dios: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2,18). En efecto, Dios nos crea seres sociales, nos crea diferentes a fin de que, en el desarrollo de nuestras relaciones, podamos integrarnos, complementarnos y enriquecer la misma creación, en donde hemos sido establecidos para ser fecundos.

Una muestra de esta integración y complementariedad relacional, tal como Dios la ha querido y pedido, según palabras de su Hijo, que todos sean uno, se manifiesta en las comunidades religiosas, que desde el origen de la Iglesia han enriquecido a ésta con sus diferentes formas de servicio; orientadas a mostrar el rostro de Dios en esa manera particular de estar juntos y caminar juntos, a fin de llegar a la meta final, ver cara a cara, con los otros, a nuestro buen Dios.

El papa Francisco nos invita de manera especial a reflexionar en la sinodalidad, es decir, cómo miro al otro, cómo le hablo, cómo lo siento, cómo lo escucho; cada uno, desde donde esté, puede aportar algo para el bien de los demás.

Ciertamente, hoy la vida consagrada se encuentra ante una serie de desafíos, ante una sociedad lastimada por tantos desórdenes derivados de la ausencia de Dios; sin embargo, sigue siendo animada por el Espíritu del Señor para confortar a los más vulnerables, para acoger, y no despreciar al que ha sido herido por el pecado.

Como Jesús de Nazaret, un consagrado sabe que tocar la debilidad humana es una llave de entrada al cielo, pues nuestro “pasaporte” a la eternidad estará en función al bien que hayamos hecho por los demás.

En medio del aparente caos que se percibe en la sociedad, con frecuentes cambios, no hemos de olvidar que uno de los mayores caos es olvidarse de que hay alguien junto a mí que me necesita.

La vida consagrada, como desde sus orígenes, “se aparta del mundo” para caminar con Dios, con un Dios comunidad, un Dios tri-nidad (comunidad de tres). Un religioso/religiosa, ante el sagrario, ante la Palabra de Dios, y con su comunidad de hermanos y hermanas, aprende a escuchar la voz de Dios en el silencio, no para decirle adiós al mundo, sino para “estar” en el mundo y decirle al mundo, con su testimonio y palabra, que un Dios crucificado y resucitado ¡está realmente vivo! para caminar con nosotros hasta la eternidad.

Ánimo y comprometámonos a caminar juntos, dejémonos tocar el corazón por nuestro buen Dios a través de la Palabra y de la Eucaristía, y que de ellas fluyan nuestras acciones en la construcción de una Iglesia y sociedad más justa para que Jesús sea amado por todos los corazones.

Religiosa Misionera de la Madre de Dios.

 

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