Una de las piezas más alabadas y queridas de Amadeus Mozart —esa “pequeña” Serenata Nocturna que silbaban hasta los vendedores de merengues—, así como la primera sinfonía de Beethoven asignaron prestigio y harto placer al quinto concierto de la XXXVIII Temporada de nuestra Orquesta Sinfónica de Yucatán que tuvo lugar anteanoche, en el Peón Contreras.

¿Qué harían los programadores sin las oberturas de don Gioachino Rossini? Siempre hay una dispuesta para suprimir toses y chismorreos, abrir el grifo de la fantasía melódica e iniciar el viaje que esta vez presidió el director titular, maestro Juan Carlos Lomónaco.

Hombre práctico y gozador de placeres del vientre, al saberse ya rico, Rossini abandonó el mundo de la ópera en 1829 para cocinar fettuccini con ajos y como despedida seleccionó el tema de Guillermo Tell, aquel héroe suizo que combatió la tiranía austriaca.

El italiano se había conmovido al leer la tragedia escrita por Schiller donde se exhibe un error muy común: no defenderse de los abusos de los déspotas hasta que su negra mano toca algo que amamos o nos pertenece.

Así Tell, quien se negaba a presidir la rebelión contra el extranjero opresor, solamente cambia de opinión cuando el gobernador lo obliga a poner en peligro la vida de su pequeño hijo (el famoso episodio de la manzana) con un disparo de ballesta.

La obertura tiene vida propia. No solo emocionó a Berlioz hasta las lágrimas, sino que el hombre de la calle la conoció con entusiasmo gracias a su empleo en comerciales y series de televisión (la cabalgata de “El llanero solitario” para no ir más lejos).

Con pasajes serenos —el amanecer con aires de violoncello— y briosos (“La tormenta”), la obertura tiene cuatro partes que la convierten, según expertos, en una sinfonía en miniatura en que todas las secciones, en especial las percusiones y los alientos tienen su momento de esplendor. El último segmento, el de la batalla, resulta el más reconocible y querido por el público. Genera aplausos que parecen interminables.

Vino de inmediato uno de los ejemplos más diáfanos y proclamados de ese “efecto Mozart” de que hablan algunos prestigiados neurólogos norteamericanos y franceses desde 1991. Una pieza del genio austriaco cuyo encanto y purísima belleza calmaría a los epilépticos, suavizaría el carácter de los adolescentes perniciosos y muchos desearían escuchar en sus lechos de muerte. Músicoterapia.

La Pequeña pieza nocturna en Sol Mayor la compuso Amadeus en agosto de 1787 en días de escasa felicidad. Dos de sus conciertos para piano habían fracasado por ausencia de público, debió abandonar su residencia por otra más barata, su padre Leopold acababa de fallecer en Salzburgo sin que pudiera asistir a las exequias. A punto estaba de iniciar la más obscura de sus óperas, ese don Juan condenado a los infiernos.

Escrita solo para cuerdas —quizá en recuerdo de los ensayos de su padre con sus colegas—, la pieza nocturna posee el máximo de perfección y hermosura que el clasicismo sería capaz de alcanzar y los expertos aseguran que Mozart la redactó no por encargo, sino para su propio regocijo espiritual, volviendo equilibrio y orden radiante lo que parecía derrumbarse a su alrededor.

Desde el famosísimo allegro inicial hasta el frenesí de los últimos compases, las cuatro cuerdas se individualizan o comparten, se embelesan en pasajes melancólicos, multiplican sus voces y ocasionalmente las acallan. En cierto momento, recuerdan los trinos de aquel estornino que el autor amaba tanto y también acababa de morir y sepultó en su jardín.

Relicario de elegante gracia, el minueto destacó en la labor de orfebre de nuestra orquesta, a quien el público, en punto de embeleso, premió con emotivas palmas.

Beethoven

Para dejar de ser un motivo de vergüenza en su familia por no haber florecido como el “niño prodigio” que su padre esperaba para salir de pobre, Ludwig van Beethoven abandona Bonn a los 21 años y se traslada a tomar clases a la Viena imperial.

Uno de sus mayores protectores, el conde Waldstein, le escribe una misiva en la que apunta: “Si te acomodas a las pautas y trabajas con asiduidad, de las manos del maestro Haydn recibirás el espíritu de Mozart”. Y eso es precisamente lo que no podía, ni debía ocurrir porque la misma esencia humana repudia la inmovilidad.

Aquel muchacho estaba destinado a lograr vocablos rítmicos y armónicos muy diferentes. El clasicismo ya había llegado a tocar los cielos. Ahora habría que encontrar la llama de fuego que ilustrara sonoramente los ideales de la Revolución Francesa y el fin de los regímenes antiguos. Una voz que abriese la puerta al siglo XIX.

De la naturaleza ordenadora de los clásicos inmensos, el joven de Bonn pasaría a la aventura espléndida, sus resplandores serían los del orgullo por la libertad de todos los seres humanos. Aunque para llegar al lujo coral de la Novena Sinfonía tuviera antes que retumbar y estremecer los oídos conservadores a partir de aquella “Heroica” que le dedicase ilusionado al Bonaparte.

La que escuchamos, la primera, es una sinfonía que, aunque va todavía como remolque de sus modelos sacrosantos, nos deja pedacitos, anticipos, de lo que será su prosodia en lo futuro. Quizás demasiadas modulaciones, un scherzo en vez del palaciego minueto y otros detalles, pero el oído reconoce que está en el cruce de dos épocas y un tiempo de pasmos acústicos se avecina.

Nuestra orquesta se mostró pendiente en mantener esa nuez de aventura en mitad del bosque clásico. La destreza de don Juan Carlos —apacible y segura— hizo deleitable ese último momento de la velada. El resultado fue de agrado de los oyentes, quienes tributaron efusivo tributo en palmas y vítores.— Jorge H. Álvarez Rendón

 

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