La psicología, les comenté a los abuelos, tiene una teoría conocida como visión clásica de la emoción, que explica lo ocurrido tras el emotivo discurso del abuelo.
Según esta teoría, el quiebre de la voz del abuelo provoca una serie de reacciones que se inician en el cerebro.
Un conjunto de neuronas —llamémoslo circuito de alegría— se activa y provoca la necesidad de tragar saliva, enfrentando a la garganta a dos órdenes contradictorias: cerrarse para poder tragar y permanecer abierta para respirar mejor; lo que causa un “nudo” en la garganta. Todo esto producido por una fuerte energía y sensación de alegría súbita y desbordada, lo que estimula el correr de una lágrima.
La teoría clásica dice que esta serie de reacciones interiores y exteriores es como una huella dactilar que identifica exclusivamente a la alegría, como una huella dactilar identifica a una persona.
Afirma que el cerebro tiene diversos “circuitos emocionales” y cada uno da lugar a un conjunto característico de reacciones que identifica, a su vez, a cada una de nuestras emociones.
Esto significaría que, si alguna actitud de un hijo activa el circuito de la ira, podemos predecir que nos provocará ritmo cardíaco acelerado y sensación de enojo. O que si una mala noticia activa el circuito del miedo, la presión sanguínea subirá y sentiremos pesar.
¿Será cierto —o al menos razonable suponer— que a cada emoción le corresponda una pauta o modelo que sirve de guía al cerebro y al cuerpo para reaccionar emocionalmente?
Psicólogo clínico, UVHM. Tutor Salud Mental y Espiritualidad para Adultos. WhatsApp: 9993-46-62-06 TutorSaludMental
