“En el proceso de discernimiento vacacional, uno va aprendiendo a distinguir si es para el noviazgo, para un matrimonio santo, para una vida religiosa consagrada o para la vida sacerdotal”, indicó Juan José Ramayo Ortega, alumno del primer curso de Discipular del Seminario Conciliar de Yucatán, en una entrevista realizada en el marco de la Semana del Seminario.

¿Por qué el Seminario y no un noviazgo?

Esa es una pregunta que te tienes que hacer mucho antes de ingresar al Seminario porque para eso se dan unos retiros de discernimiento donde vas a aprender a ver los signos vocacionales y así elegirás si es por acá o es por allá.

No se trata de probar uno u otro, sino de preguntarse verdaderamente qué es lo que Dios quiere para mí en mi vida y con base en esa pregunta uno va decidiendo.

¿Cómo se vuelve atractivo el llamado como tal?

El llamado se vuelve atractivo por su misma esencia porque es Dios el que te llama. Él te va motivando a ingresar y cumplir con todos los proyectos que va poniendo en tu vida.

No es un proyecto meramente humano, el que te pide una renuncia es Dios, Él te está llamando, es Dios que con su amor te busca, por eso te da el valor a abandonar todo, a dejar todo para poder responder a su llamado.

¿Consideras que vale la pena ser sacerdote?

Considero que sí. A pesar que muchas veces que hoy día la imagen del sacerdote puede ser negativa y estar dañada por muchas circunstancias, considero que sigue valiendo la pena ser un sacerdote o seguir formando sacerdotes ¿por qué? porque el mundo sigue girando, pero la cruz permanece y siempre nos van a hacer falta sacerdotes para que bautice a nuestros familiares o si nos queremos casar; o si hay un enfermo ¿quién va a socorrer al enfermo con los sacramentos? entonces un sacerdote siempre es necesario.

¿Cómo fue tu llamado?

El llamado se dio en una circunstancia muy “padre” de mi vida porque fui recién converso, ingresé a la Iglesia, empecé a participar en los grupos y los sacerdotes me animaban a preguntarme a mí mismo no a ser sacerdote, no a querer entrar al Seminario, sino a preguntarme qué quiere Dios de mi vida y fue cuando decidí ingresar a los procesos de discernimiento vocacional.

El seminarista Juan José Ramayo Ortega invitó a los jóvenes con inquietud sacerdotal a hablar con sus párrocos, a no tener miedo a preguntar “porque el miedo puede ir deteniendo de dejar lo que se quiere”.

Compartió que pensó que sus padres tomarían mal su decisión de decirle sí al Seminario, pero cuando lo hizo, ellos lo apoyaron.

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