“El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo como un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente” (San Juan Pablo II)
¿Qué anhela mi corazón? ¿A qué me llama Dios? ¿Estoy respondiendo desde el amor? Fueron preguntas que durante mi camino apostólico se hicieron cada vez más frecuentes. Unas veces me sentía con la seguridad de tener respuestas claras y otras no podía comprender hacia dónde debía dirigirme, o si era eso lo que Dios quería para mí.
Tengo que admitir que al inicio estaba perdida. Fui esa niña que hizo su Primera Comunión y jamás volvió a saber nada de la Iglesia, hasta que un día (hace 16 años) me invitaron a una Pascua Juvenil que cambiaría el rumbo de mi vida. Estoy segura que aquel Jueves Santo tuve mi primer llamado.
Ahí conocí a Ale, una de las dirigentes de la Pascua que sembró en mí la curiosidad; había algo en ella que no lograba comprender, me sorprendía su alegría, pasión y el amor con el que compartía las cosas, no entendía aquella felicidad.
Simplemente quería tener lo que Ale tenía. ¿Qué necesito en mi vida para ser tan feliz como ella? No sabía que pronto lo descubriría.
Después de la Pascua me invitaron al grupo apostólico, donde experimenté, en muchas formas, el amor de Dios. Ahí conocí a mis mejores amigas, tuve mi primer amigo sacerdote, comprendí las dificultades de ser seguidor de Cristo, pero, sobre todo, viví al máximo cada momento de encuentro y aprendizaje. Fue entonces que me tocó estar del lado de Ale: me tocaba ser esa persona que transmitía a Dios y no sabía si lo estaba haciendo bien, pero, lo que sí sabía, es que nunca me había sentido tan feliz.
Después de ocho años mi ciclo en el grupo llegó a su fin. No imaginé lo difícil que sería; no sabía qué seguía para mí, me preocupaba cómo seguir a Dios sin la guía de mi grupo. Y ahí fue cuando llegó el año más difícil de todos. Me sentía perdida y sola. ¿Cómo podía sentirme tan abandonada por Dios después de entregarle a Él ocho años de mi vida? ¿Cuál es el camino que debo tomar ahora? No encontraba respuestas hasta que, un día, mi camino volvió a cruzarse con Él.
En una salida de amigos conocí a Mario y, por primera vez después de un año, pude volver a sentir la presencia de Dios. Durante casi seis meses nos dimos la oportunidad de conocernos, pero, sobre todo, de acercarnos más al amor, no solo como pareja, sino al amor de Jesús. En ese tiempo, Mario me motivó a entrar a un retiro espiritual y ese retiro fue la pauta para conocer a otro grupo apostólico, Pastoral Penitenciaria. Y es aquí donde me permito decirte que mi vida se transformó.
Nunca voy a olvidar aquel sábado de 2015, era mi primera visita al Cereso de Mérida. ¿Cómo llegue aquí, Señor? Estaba muy nerviosa, no sabía cómo iba a transmitir a Dios en un lugar como ese, solo sé que ese día algo tocó mi corazón. Pasaron los días y luego meses, por fin había encontrado mi lugar, el Cereso es donde Dios me necesitaba.
Habían pasado casi 10 años de aquel primer llamado, había sucedido tanto, pero por fin tenía claridad; éste era el camino. Junto con Mario, viví este apostolado con mucha entrega y amor; ¡qué difícil era compartir esperanza en un lugar donde ya todo se había perdido! Sin duda, fue un tiempo de maduración espiritual, de crecimiento apostólico y de muchas respuestas a mis dudas.
Quería compartir mi vida con esa persona que me hacía feliz, me hacía mejor persona y me acercaba a Dios. Y fue así como, en un salto de fe, le dije “sí” a Dios, quería unir mi vida en matrimonio con la persona que me hizo reencontrar mi camino de vuelta a Él, quien me recordó que somos instrumentos de Dios llamados al amor.
Hoy puedo decir que han pasado tres años desde aquel “sí” a mi vocación, donde Mario y yo decidimos unir nuestras vidas, aprendiendo día a día, confiando en la voluntad de Dios, aceptando nuevos retos y trazando nuestro camino con nuevas experiencias como matrimonio. Nos sentimos bendecidos por tener la oportunidad de servir como ministros extraordinarios en la parroquia que nos vio crecer; también seguimos compartiendo como asesores del grupo Kolbe que visita el Cereso de Mérida y, estoy segura, que esto solo es el comienzo.
Si has llegado hasta aquí, solo me queda decirte que los caminos de Dios a veces pueden ser confusos, pero siempre serán extraordinarios cuando confías en Él. Tú estás llamado a hacer grandes cosas, no importa que te tome un año o 10, como a mí, Dios te espera y anhela que seas feliz, porque solo en el encuentro con el amor de Dios tu camino hacia la felicidad se transformará.
