Fue el jueves 14. Como no podía faltar —pese a imposiciones e incertidumbres— la Noche Mexicana de la Orquesta Sinfónica de Yucatán prosiguió la XL Temporada haciendo estallar “la galana pólvora de los juegos de artificio” lópezvelardianos.

Solo autores nacionales, como según se acostumbra y ahora constituye el máximo regocijo de los exclusivistas de lo autóctono. Tamboriles, claves, sones de zapateado. El pasado local como época de oro. Lo extranjero como invasión ilusoria.

En lugar delantero se ejecutó al hijo dilecto de Abalá, Daniel Ayala Pérez, aquel director de Bellas Artes (57 con 54) a quien este cronista —de tan solo 9 años— le cargaba el portafolios al bajarse de su enorme Desoto “atabacado”. Después de todo, Teresita, mi madre, era ahí mismo profesora de piano, y la esposa del maestro, una señora Lagos, me enseñaba el arte del solfeo.

De Ayala escuchamos lo de siempre: “Tribu”. Con algunos fragmentos rudimentarios de la música maya que subsistió y utilizando la escala pentatónica oriental, se levanta esta composición con reflejo de misterio de abandonadas ruinas, fragmento rico en percusiones y muy representativa de la música “nacionalista” que el cardenismo prefería sobre cualquier otra.

Profusión de evocaciones de un pasado que fuese glorioso y el destino truncara, los acordes poco comunes, exotismo progresivo, reproduce en música lo que Mediz Bolio expresase en verso en pro del pueblo aborigen sojuzgado. La orquesta —que ha ejecutado la pieza en varias ocasiones— dio muestras de su destreza. Exactamente lo que se espera de una evocación del pasado indígena. Ni más ni menos.

Siguió “México, 1910”, un poema sinfónico hermoso y repleto de brío, cosecha de la fertilísima pluma de Manuel Esperón, quien compusiera 503 canciones para diversas películas del llamado “ciclo de oro” mexicano. Póngale solo “Amorcito corazón”, “Ay, Jalisco, no te rajes”, “Cocula” y “La mujer del puerto” y ya está todo dicho.

Este poema sinfónico fue el resultado de una petición del director Emilio “el Indio” Fernández, quien planeaba una inmensa película sobre el mundillo de la Revolución. La cinta se frustró, pero ya Esperón había redactado un “popurrí” con la música que se escuchaba tanto en los salones citadinos, como en los campos de batalla. Así nos llegaron caricias de Adelita como Marieta la coqueta y algo de cuanto se cantaba en el tablado del Lírico (“Mi querido capitán”) para la burguesía. Esperón incluye unos cuantos compases del Himno Nacional.

El recuerdo de otro éxito de don Manuel, “No volveré” —una de las canciones predilectas del cronista y que Pedro Infante estrenara en “El inocente”— motivó seguramente nuestro espíritu para que gozásemos la diestra y rítmica versión de nuestra orquesta.

Vino enseguida un doble homenaje al mariachi, ese conjunto que ahora pinta internacionalmente a México, pero surgió durante la ocupación francesa para acompañar las bodas y los bautizos. Primero escuchamos una pieza reciente (2016) del jalisciense Juan Pablo Contreras, llamada “Mariachitlán”, sumamente colorida y estridente, con “incorrecciones” voluntarias y una algarabía de fiesta tumultuaria que termina con un pitazo de la policía.

Después, el modelo, esos “Sones del Mariachi” (1941) que hicieron la fama del sencillo y caballeroso Blas Galindo, pues la pieza fue escrita para una feria neoyorquina y la estrenó el legendario director Carlos Chávez. Jugosa, mexicanísima, custodiada por serpientes y nopales, la estructura descansa en tres composiciones muy populares: “El zopilote”, el “Son de la Negra” y “Los cuatro reales”.

Llovieron aplausos ante la correcta lectura del director José Areán.

El recital finalizó cual debiera, con el par de piezas agraciadas y esbeltas que el público —en apenas una década— ha hermanado: el Danzón número 2 de Rafael Márquez y el arquetípico Huapango del maestro Moncayo. Márquez es uno de los compositores actuales más serios, que no solo posee oficio académico bien fundado, sino que está dotado de esplendorosa clarividencia para obtener con sus danzones —más de diez— una canasta de armonías y ritmos que hacen al espíritu flotar de emoción.

No por otra razón se compara su número 2 con esa ofrenda celeste a la Patria “vestida de percal y de abalorios”, grande como sus selvas y sus ríos.

Ese creciente juego de sones que unifican sus venas hasta exigir el grito exaltado por la fiesta de nuestro suelo nativo. “Suave patria: te amo no como cual mito/ sino por tu verdad de pan bendito”. Ese Huapango de Moncayo que pone los cabellos de punta y después del cual no debe escucharse ni un sonido más. Solo el de los suspiros y los aplausos. El entusiasmo del público siempre es el óptimo tributo.

Termino esta nota final agradeciendo a los directivos de la OSY quienes durante veinte años me auxiliaron en mi labor, así como a ese puñado de lectores que muchas veces me manifestaron su beneplácito con palabras que atesoro. De igual modo, gracias al Diario que dio hospedaje a estas letras de ocasión. Muchos años más para nuestra orquesta.— Jorge H. Álvarez Rendón

 

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