MÉRIDA.— Pasado el seudocarnaval, ya con el barniz ventoso de la Cuaresma, nuestra Orquesta Sinfónica de Yucatán retornó anteanoche al escenario del Palacio de la Música para desplegar el tercer concierto de su presente temporada.

Tuvimos la fortuna de escuchar una vez más en esta ciudad a la excelente violinista Shari Mason, concertino de la Sinfónica Nacional. La suerte de tener a otro director invitado —esta vez Iván López Reynoso—, escuchar una sinfonía del infortunado Roberto Schumann y conocer una pizca de la vasta producción de Ana Lara, nacida en 1959 en la inmensa y maloliente Ciudad de México, pero alumna de Daniel Catán y Mario Lavista, prolífica autora especializada en el extranjero, sobre todo en música de cámara, pero desconocida entre nosotros.

Precisamente de Ana fue la primera obra de la noche. Un arreglo orquestal llamado “La víspera”. Partiendo de la idea de que la música es un consuelo en tiempos críticos, la autora alega que el sonido es esférico, como la tierra y la luna, de manera que tiene un centro que va y retorna, vuela y se posa; se evade, pero regresa.

El centro o corazón de la música es lo que se pretende atrapar, sonido y timbre cuidadosamente incentivados. “La víspera” murmura presencias y vacíos, explora el porvenir de algún diálogo.

Los instrumentos, sobre todo percusiones, irrumpen como alimentando alguna imprecisa cifra coloquial. Una sensación como de sorpresa próxima, de tormenta en ciernes nos rodea. Tras un pozo de silencio, las percusiones abren un túnel hacia otro momento de lejana sonoridad. Un como éxtasis momentáneo se va lentamente opacando hasta morir. Hubo aplausos.

Revolucionario

El programa continuó con uno de los grandes rusos del siglo XX, el burlesco y desenfadado Sergio Prokofiev, quien se graduó en el Conservatorio de San Petersburgo en 1912 como diestro del piano y con sus cinco conciertos para este voluminoso instrumento revolucionó su técnica junto con las aportaciones de Alan Berg.

Ahora bien, para el violín únicamente dejó dos conciertos, separados dieciocho años uno de otro. Para el inicial, necesitó los consejos técnicos del violinista polaco Paul Kochanski, quien debía estrenarlo, pero los sucesos políticos rusos aplazaron el estreno hasta 1924 y en París. Shari Mason se concentró en el cuerpo del número 1 en Re mayor, elaborado entre 1915 y 1917, cuando Rusia estaba convulsionada por dos revoluciones: la de febrero, socialista, y la de octubre, con la que Marx y sus secuaces establecieron la “primera dictadura del pueblo”.

Poco afecto a la política —aunque sufriera los embates de José Stalin— don Sergio —entonces enamorado de una tal Nina Mescherskaya— se refugió en el campo de Ucrania para escribir en soledad. En 1917 surgieron dos obras privilegiadas: la Sinfonía clásica y el concierto que nuestra sinfónica nos ofreció con Shari.
“Verde, que te quiero verde”. Elegante con un vestido de ese color, la señorita Mason puso de relieve —una vez más como en sus anteriores visitas— cuán solvente es su técnica, así como una suma de sensibilidad y emoción con la que atraviesa el resplandor de los textos cuya memoria atesora.

Con la anotación de “como soñando” da inicio el Andantino con un tema silencioso, dulcísimo, que el violín dibuja y al que se unen no solo otras cuerdas, sino las flautas y el clarinete. El tema se agiliza progresivamente sin perder lirismo hasta que llega el segundo tema, con notables dificultades que Shari —pelillos a la mar— cruzó sin problemas. Momento muy bello, poco antes de finalizar, fue escuchar un emotivo dúo de violín y flauta con lejanos apuntes de arpa.

Más claramente dentro del estilo posterior de don Sergio es el Scherzo, un rondó que comienza en forma deslumbrante y humorística. Solo con el tercero de sus temas hallamos al maestro en su elemento con saltos interválicos y toques percusivos para los que la solista cruza por pasajes arriesgados. Pero es en el Moderato final con el ingreso del par de fagotes cuando una bella cantinela va creciendo como en busca de un reencuentro, hasta que la solista casi se hermana con la orquesta con un pleamar de escalas que Shari administró sabiamente ante nuestro asombro y gusto. Al final, nuevamente, flauta y clarinete acompañan la tranquila despedida.

Ante la avalancha de aplausos, la violinista ofreció de obsequio un romántico dueto con la arpista Ruth Bennett.

Variantes

Clausuró la velada la Sinfonía número 4 en Re Menor opus 120 del alemán —que, en realidad, sería la segunda, pero una avalancha de ajustes y arreglos desordenaron el catálogo— en la versión de 1851, con múltiples cambios y variantes con respecto a la original de una década anterior. Varios temas de esta pieza se repiten en el trascurso de toda la obra sin pausas, con fragmentos de enlace. Sus cuatro movimientos poseen instantes emotivos y lapsos de ímpetu glorioso, sin titubeos.

Quiso el autor —opinan algunos estudiosos— manifestar su alegría por sentirse ya “capaz” de dominar la forma sinfónica tras muchas dudas contra las que lucharon tanto su esposa Clara como su amigo Brahms.

Homogéneo y grato fue el resultado de la revisión. Cuatro movimientos, desde la introducción lenta al vivace final, conducen al oyente por ese universo mezcla de ilusión y pesimismo que ya dominaba la mente enfermiza del compositor. Sobre todo la romanza, con su amplia melodía a cargo del oboe, lleva al espectador al centro del romanticismo.

La versión de nuestra orquesta con la diestra mano de López Reynoso fue notable en tiempo y matiz. Nutridos aplausos patentizaron el agrado del público.— Jorge H. Álvarez Rendón

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