• Andy Moca junto a algunas de las obras que exhibe en la UNAY
  • Detalle de uno de los dibujos de “La casa de los recuerditos”

En palabras de Ángel Avilés, quien tiene a su cargo la introducción a la exposición “La casa de los recuerditos”, permitirse dar forma a las memorias dolorosas es una acción más que desafiante, es un acto de confrontación a una realidad que nos afecta de forma cotidiana.

Así lo entiende Andrea Monforte, alumna de la Universidad de las Artes de Yucatán que bajo el seudónimo Andy Moca ofrece su particular visión de una infancia marcada por momentos dolorosos en la galería de la UNAY, desde ayer y hasta el próximo jueves.

Más que una terapia liberadora de los pesares del pasado, “La casa de los recuerditos” es una exposición multidisciplinaria que explora las distintas técnicas que ha experimentado Andy Moca en su paso por la academia, teniendo como tema base situaciones que marcaron su infancia, que van evolucionando a una mirada más amplia a una problemática que afecta a muchos niños hoy día y que se pone de manifiesto lo mismo en un performance en vídeo y una instalación que en los trazos en tinta o bolígrafo, la cianotipia y el grabado.

Se trata de la primera exposición individual de Andy Moca, la cual le produce grandes satisfacciones porque disfruta de ver en un mismo espacio las diferentes expresiones plásticas que ha abrazado durante su formación en la UNAY, al tiempo que va descubriendo, primero, su particular visión de su infancia y, más adelante, la visión de la niñez de hoy en sus temores y dolores.

Violencia gráfica

Según la introducción a la muestra, las obras parten de un relato gráfico de la violencia, precisamente para entablar un diálogo sobre sus consecuencias, que no se quedan en el pasado, sino que se hacen presentes de múltiples formas y buscan diluirse en un futuro.

La infancia del pasado es la expresión propia de la persona de hoy.

Los dibujos de vaquitas y borregos, aparentemente inocentes, actúan como metáforas de una inocencia perdida y de la vulnerabilidad ante el dolor y el sufrimiento. En una casa, cada habitación se convierte en un espacio cargado de significado; un santuario para los recuerdos dolorosos que han dejado profunda marca en quienes han habitado esos espacios.

Al ser testigos de estas memorias nos adentramos de manera íntima en los fantasmas del pasado. Las imágenes están impregnadas de emociones reprimidas, de cicatrices invisibles que moldearon la identidad de cada individuo. La muestra vuelve testigo al espectador de las representaciones de una historia personal pero que miles más comparten.— Emanuel Rincón Becerra

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