Representación artística del lejano cuásar J1120+0641, alimentado por un agujero negro supermasivo
Representación artística del lejano cuásar J1120+0641, alimentado por un agujero negro supermasivo

MADRID (EFE).— Astrofísicos de varios países consiguieron, gracias al Telescopio Espacial James Webb, “asomarse” a uno de los agujeros negros más masivos y distantes de la Tierra, situado a unos 13,000 millones de años luz y cuando el Universo tenía “solo” unos 800 millones de años de edad.

Los resultados del trabajo de investigación, en el que participaron expertos del Centro de Astrobiología (CAB) —dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Instituto de Técnica Aeroespacial de España—, se publicaron ayer en la revista “Nature Astronomy”.

De acuerdo con el Centro de Astrobiología, lo más “sorprendente” para los investigadores fue comprobar que ese lejano y masivo agujero negro se “alimenta” de la misma manera que los agujeros negros más recientes y cercanos en el Universo.

Los astrofísicos han tratado de explicar durante años cómo los agujeros negros ganaron, en las épocas más tempranas del Universo, su extraordinaria masa y los nuevos resultados obtenido a partir de las observaciones del Telescopio Espacial James Webb descartan ahora que haya mecanismos “exóticos” que se habían propuesto como posible solución a esas preguntas.

Desafío científico

Porque los primeros 1,000 millones de años de la historia cósmica —el llamado “amanecer cósmico”— plantean un desafío para la ciencia, el de desvelar cómo se volvieron los primeros agujeros negros tan masivos y de una forma tan acelerada, ya que los que se conocen en los centros de las galaxias tienen unas masas sorprendentemente grandes.

Las estrellas y las galaxias han cambiado de una forma enorme después y durante los últimos 13,800 millones de años, el tiempo de vida del Universo, las galaxias han crecido y adquirido más masa, ya sea porque han consumido el gas circundante o, de forma ocasional, porque se han fusionado entre sí.

Por esa razón los astrónomos se habían sorprendido cuando, durante los últimos veinte años, las observaciones de cuásares (galaxias muy luminosas y distantes del Sistema Solar) habían revelado algunos agujeros negros muy jóvenes y que, sin embargo, habían alcanzado enormes masas, de hasta 10,000 millones de masas solares.

El Centro de Astrobiología explicó que la luz necesita tiempo para viajar desde un objeto distante, por lo que “mirar” hacia objetos lejanos significa mirar hacia el pasado distante y ver los cuásares conocidos más distantes tal como eran durante el “amanecer cósmico”, que se sitúa unos mil millones de años después del Big Bang, cuando se formaron las primeras estrellas y galaxias.

Son muchas las explicaciones que los investigadores han dado hasta ahora para tratar de explicar cómo se volvieron los primeros agujeros negros tan masivos de una forma tan rápida, aunque ningún razonamiento científico está completamente aceptado, pero los instrumentos que incorpora el James Webb, entre ellos el instrumento de infrarrojo medio MIRI, han permitido dar “un salto gigantesco” en los estudios en ese sentido.

Grupo internacional

Ese instrumento fue construido por un consorcio internacional con la participación de científicos e ingenieros del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial. A cambio de fabricarlo, el consorcio recibió cierta cantidad de tiempo de observación con el instrumento.

En 2019, años antes del lanzamiento del James Webb —una colaboración entre la ESA, NASA y la Agencia Espacial Canadiense—, ese consorcio internacional ya había decidido utilizar parte del tiempo para observar el que entonces era el cuásar más distante conocido, un objeto que lleva la designación J1120+0641.

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