Qué manía la de la mañana de despertar antes que yo.
Los álamos extienden sus raíces en busca del agua mientras el dejo de brisa se convierte en bendición.
Me encuentro lejos de casa, a veces hay que ir donde el corazón nos lleve para intentar reiniciar los sentidos.
Junto con algunos tiliches al azar he empacado mi mochila de supervivencia básica: mi corazón y mis recuerdos, lo demás será para cobijar mi cuerpo pero no mi alma. ésta se arropa con la palabra dulce, la imagen de mis personas queridas, la lealtad en las adversidades, el beso robado en un momento de risas, el amor en tiempos convulsos.
A ello me acojo para poder partir y tener la certeza de que al volver, lo que se haya movido es que ha encontrado mejor lugar fuera de mí.
Siempre nos han dicho que vivamos el día como si fuera el último en este plano. Hoy pretendo hacer las cosas de otra manera: vivir como si fuera el primer día de mi vida. Con esa avidez de conocer y reconocer cada sonido, cada aroma, cada textura, cada canto, cada presencia.
Como si recién saliera del vientre de mi madre, a un mundo desconocido donde se ve la luz después de la oscuridad y en el cual vale la pena incomodarse un poco para experimentar qué hay más allá.
Y así con la existencia desmañanada recorro el camino con el asombro de quien recién acaba de abrir los ojos y me voy sorprendiendo de lo que soy capaz de percibir, alimentando mi espíritu con los destellos de cada amanecer y atardecer estival, principio y fin de nuestro andar, que se convierte en maravilla al ritmo de cada latido que nos regala la esperanza.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
