La verdad del matrimonio y de la familia, con sus raíces en la verdad del hombre, ha encontrado aplicación en la historia de la salvación, en cuyo centro está la palabra: “Dios ama a su pueblo”.
La revelación bíblica, de hecho, es ante todo expresión de una historia de amor, la historia de la alianza de Dios con los hombres: por este motivo, la historia del amor y de la unión de un hombre y de una mujer en la alianza del matrimonio ha podido ser asumida por Dios como símbolo de la historia de la salvación.
En el Nuevo Testamento, Dios radicaliza su amor hasta convertirse Él mismo, por su Hijo, en carne de nuestra carne, auténtico hombre. De este modo, la unión de Dios con el hombre ha asumido su forma suprema, irreversible y definitiva. Y de este modo se traza también para el amor humano su forma definitiva, ese “sí” recíproco que no se puede revocar: no enajena al hombre, sino que lo libera de las alienaciones de la historia para volverle a colocar en la verdad de la creación. El carácter sacramental que el matrimonio asume en Cristo significa, por tanto, que el don de la creación ha sido elevado a gracia de redención.
Ahora bien, ningún hombre y ninguna mujer, por sí solos y solo con sus propias fuerzas, pueden dar adecuadamente a los hijos el amor y el sentido de la vida.
Para poder decir a alguien: “Tu vida es buena, aunque no conozca tu futuro”, se necesitan una autoridad y una credibilidad superiores, que el individuo no puede darse por sí solo. El cristiano sabe que esta autoridad es conferida a esa familia más amplia que Dios, a través de su Hijo, Jesucristo, y del don del Espíritu Santo, ha creado en la historia de los hombres, es decir, a la Iglesia.
Reconoce la acción de ese amor eterno e indestructible que asegura a la vida de cada uno de nosotros un sentido permanente, aunque no conozcamos el futuro. Por este motivo, la edificación de cada una de las familias cristianas se enmarca en el contexto de la gran familia de la Iglesia, que la apoya y la acompaña, y garantiza que hay un sentido y que en su futuro se dará el “sí” del Creador.
Recíprocamente la Iglesia es edificada por las familias, “pequeñas Iglesias domésticas”, como las ha llamado el Concilio Vaticano II (“Lumen gentium”, 11; “Apostolicam actuositatem”, 11), redescubriendo una antigua expresión patrística (san Juan Crisóstomo, “In Genesim serm.” VI,2; VII,1).
En este sentido, la “Familiaris consortio” afirma que “el matrimonio cristiano… constituye el lugar natural dentro del cual se lleva al cabo la inserción de la persona humana en la gran familia de la Iglesia” (n. 15).— Coordinador diocesano para la Pastoral de la Salud y de la Vida
