A aceptar la voluntad de Dios sin reservas, sin temor al qué dirán, tal como lo hizo la Virgen María, fue la exhortación que hizo el arzobispo de Yucatán, monseñor Gustavo Rodríguez Vega, en la celebración del aniversario de la coronación de Nuestra Señora de Yucatán.
Ayer por la mañana se ofició la Eucaristía para conmemorar 27 años del acontecimiento que convirtió a la Virgen en patrona de la S.I Catedral, en 1998.
La festividad estuvo acompañada de una procesión con la imagen de la Virgen alrededor de la Plaza Grande cuando la misa concluyó.
En la Eucaristía, monseñor Gustavo Rodríguez estuvo acompañado de los obispos auxiliares Pedro Mena Díaz y Mario Medina Balam, así como del presbítero Juan Pablo Moo Garrido, rector de la Catedral, y el diácono Fernando Bermejo Salmerón.
La coronación de Nuestra Señora de Yucatán se realizó en el marco de los 400 años del aniversario de la terminación de la Catedral, y fue cuando comenzó a promoverse esta devoción.
En la homilía de la misa, monseñor Gustavo Rodríguez recordó que se trata de una fiesta particular de Yucatán en honor a “la coronación de nuestra patrona como Reina y Señora del universo entero y Yucatán”.
Además, dijo que la Iglesia católica celebró ayer a la Medalla Milagrosa, lo que pone a los yucatecos en armonía con todos.
Recordó que el 8 de diciembre se celebra la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, muy venerada.
Y con este motivo es que el 24 de diciembre en el mundo, con el papa Francisco, y el 29 de diciembre en la Arquidiócesis de Yucatán comenzará la celebración de la Encarnación, al cumplirse 2025 años de que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.
Explicó que para hacer que el Verbo se encarnara hacía falta el templo adecuado, que se encontró en la Virgen María, quien dijo sí a Dios y así fue como el Verbo habitó entre la humanidad.
Cuando el ángel Gabriel anunció esto a María, ella estuvo resuelta a aceptar la voluntad del Señor, únicamente preguntó cómo sería si ella permanecía virgen.
—El espíritu del Señor descenderá sobre ti y te cubrirá con su manto.
—Soy la esclava del Señor, hágase en mí tu voluntad —fue el diálogo que sostuvieron.
La Virgen aceptó sin reservas, sin temor al qué dirán, sin pensar en qué pasaría o cómo tomarían su embarazo José o su familia.
Sin embargo, San José aceptó la revelación que se le hizo en sueños.
Resaltó que la fiesta de la Encarnación se celebrará de una manera extraordinaria, con un año jubilar para el que hay que irse preparando.
Dijo que hay que imitar a María, contemplar en ella lo que se ha realizado, “la obra más perfecta del universo”.
—María está dispuesta a interceder por nosotros, y nosotros debemos estar dispuestos a imitarla en su obediencia al Padre.
Luego de la misa se realizó la peregrinación con la imagen de Nuestra Señora de Yucatán en los alrededores de la Plaza Grande.
La actividad religiosa llamó la atención de quienes circulaban por el centro de la ciudad, por lo que locales, así como visitantes nacionales y extranjeros, comenzaron a tomar fotografías y vídeos de la peregrinación.
Campanas al vuelo y el estallido de petardos resonaron en algunos momentos de la peregrinación.
Con esta actividad concluyó la fiesta de Nuestra Señora de Yucatán, una devoción que promueve la Archicofradía del Escapulario Azul.— IRIS CEBALLOS ALVARADO
De un vistazo
Procesión
Una banda de guerra encabezó la peregrinación, y detrás de ellos estuvo el presbítero Juan Pablo Moo y el diácono Fernando Bermejo Salmerón. Un grupo de hombres, beneficiarios de Cottolengo, se encargaron de cargar la imagen de la Nuestra Señora de Yucatán. Sus rostros y el sudor en sus frentes delataban el peso de la imagen. Tan solo la base de la figura pesa media tonelada.
Veneración
Con esfuerzo y fe cargaron la imagen alrededor de la Plaza Grande a paso lento, para luego retornar a la Catedral, sitio en el que se colocó la imagen al frente del altar para la veneración. Una larga fila de feligreses se formó para acercarse a la Virgen, pasar bajo su manto, como es la tradición, y tocar levemente la imagen con la medalla o el rosario que se les fue entregando a su paso.


