“¿POR QUÉ VES LA BASURA EN EL OJO AJENO…”?
En el marco del llamado “Sermón de la llanura”, Jesús va enunciando las consecuencias que se derivan del señorío de Dios que Él proclama, al afirmar que la lógica de Dios no corresponde a la de las personas. Lo que hoy nos propone el evangelio según san Lucas afecta a dos actitudes radicales: la ceguera y la hipocresía. Ambas se esconden en el corazón.
Que un ciego guíe a otro ciego es una alusión clara y un aviso para los falsos “maestros” de la comunidad cristiana. Y que pretendamos quitar la paja del ojo ajeno sin ver la viga en el propio ojo, esconde algo que Jesús no soportó, habiendo soportado y sobrellevado nuestros pecados, pues éstos pusieron en marcha el misterio redentor. Lo que Jesús no soporta es la mentira, la inautenticidad pues sobre ella ni Dios puede construir una relación como la que Él quiere establecer con nosotros, fundamentada en la confianza.
Ahora bien, el pecado, en la comunidad cristiana, no solo es comprendido, sino perdonado. Pero la falsedad y la mentira destruyen la confianza y la credibilidad de quien vive en la mentira, sea ésta consciente o inconsciente. Sin un espíritu radical de vivir en la verdad, el mensaje de Jesús se presta a las peores manipulaciones.
Así pues, la lección que Jesús nos ofrece es muy clara: continúa y desarrolla el llamado que escuchamos el domingo pasado: “No juzguen… no condenen…”. Es necesario mirar en profundidad el propio corazón para poder descubrir el nudo de serpientes que anidan en él. Para poder quitar la basura del ojo del hermano es necesario tener el propio ojo limpio y libre. Solamente una severa autocrítica y una rigurosa humildad pueden habilitarnos para ayudar al hermano a borrar su mal moral. André Gide, escritor ateo francés, pronunció esta invocación dramática: “¡No permitas que el maligno ocupe tu lugar en mi corazón! ¡No te dejes destronar, Señor! Si te retiras completamente, él se instalará”.
