• A la derecha, María de Lourdes Casares Espinosa con su esposo Ricardo Félix Camba y, debajo, con su hijo Ricardo Javier
  • A la izquierda, María de Lourdes Casares Espinosa (al centro) después de ser electa Señorita Yucatán, el 10 de mayo de 1975. Con ella, María Eugenia Narváez Ramírez (izquierda), tercer lugar, y, a la derecha, Reina Peraza Ramírez, segundo. Arriba, María de Lourdes recibe la banda de manos de Rosa Gloria Vázquez Chagoyán
  • María de Lourdes Casares Espinosa con su hijo Ricardo Javier Félix Casares
  • María de Lourdes Casares Espinosa con su esposo, Ricardo  Félix Camba
  • La Señorita Yucatán 1975 en la celebración de su cumpleaños, con sus hijas Andrea y Luisa

El 10 de mayo de hace 50 años María de Lourdes Casares Espinosa obtuvo el título de Señorita Yucatán, que le dio el derecho de representar a la entidad en la fase nacional del certamen.

La yucateca, actualmente de 68 años, radica en Guanajuato junto con su esposo Ricardo Félix Camba, con quien tuvo a Andrea, Luisa y Ricardo Javier.

El concurso estatal y el nacional ofrecieron a María de Lourdes momentos inolvidables y enseñanzas de vida que aplica incluso ahora, según confiesa al Diario.

El certamen local, una de cuyas juezas fue Miss Caribe 1973, Rosa Gloria Vázquez, después conocida como Rosa Gloria Chagoyán, se celebró en el local del Club de Leones, en la avenida Colón.

Una decena de señoritas participó en el evento, al que María de Lourdes se inscribió animada por unos amigos, que le dijeron que tenía las cualidades para ganar: cultura general, dominio de idiomas (inglés y francés), buen desempeño académico y experiencia viajando, algo que en ese entonces no era tan común.

“Querían que la representante pudiera contestar las preguntas que se hacían en ese entonces… y yo veía que mis compañeras no respondían”, reconoce.

Subraya que ella siempre ha actuado con libertad y superado obstáculos para desarrollarse. Cita como ejemplo que tuvo el apoyo de su padre, señor Eduardo Casares G. Cantón, para estudiar la carrera de Ciencias y Técnicas de la Información en la Universidad Iberoamericana en Ciudad de México, un camino diferente al acostumbrado para las mujeres de la época: contraer nupcias y tener hijos. Ella aspiraba a lograr la autonomía.

Asegura que no se arrepiente de participar en el certamen porque obtuvo más seguridad en sí misma al hablar en público, algo que le ha servido a lo largo de su vida, como se demuestra que ofrezca ofrece talleres y conferencias hasta con dos mil personas frente a ella.

Estas pláticas las brinda en la ciudad de León como parte de su labor en una asociación civil que promueve el desarrollo humano y los derechos de las mujeres.

“Mis primeros pasos de hablar en público los obtuve ahí; cómo caminar, cómo manejarte en un escenario, vencer esos temores cuando tienes un público”, relata.

“Uno podría pensar que son muy frívolas las pasarelas de belleza, pero en el fondo ofrecen mucho desarrollo personal”, subraya.

Al abundar sobre el certamen de 1975, dice que las candidatas tuvieron oportunidad de convivir mucho durante una semana porque participaron en varios eventos, incluso una de ellas les ofreció un baño de piscina. “El ambiente era agradable, de camaradería”.

“Era una buena época, era otro México, prevalecía la educación, el respeto, la gente eras más humana en comparación de ahora”.

“En Facebook se escriben cosas tremendas que destruyen a las personas y eso no existía en mi época. Era un ambiente muy sano”.

A la semana siguiente de la final estatal se llevó al cabo el certamen nacional en Ciudad de México, donde “sentía un ambiente cuidado; claro que desde que llegamos sabíamos quién iba a ganar” el título de Señorita México (lo conquistó la sinaloense Delia Servín Nieto).

“El gobernador era Carlos Loret de Mola y me dio una escultura para entregarle al presidente del país (Luis Echeverría Álvarez), ya que, como parte del certamen, las representantes de belleza visitaban al presidente”.

Sin embargo, el primer mandatario no pudo recibirlas “y yo dije: ‘No le voy a entregar la escultura al asistente’ y la traje de vuelta; años después se la devolví a Carlos Loret de Mola”.

La figura, de bronce y tema indigenista, era una obra de Enrique Gottdiener.

En la capital del país permaneció una semana, en la que participó en varios recorridos. “Nos llevaron a Televisa, nos recibió Raúl Velazco”, evoca. Asimismo, hicieron una visita a Jacobo Zabludovsky.

“Éramos la sensación donde fuéramos. Eran fotos y fotos, y todo eso te va templando como persona. Me volví una persona más segura, con más capacidad de decidir sobre mis sueños y defender mis ideas”.

“Aunque no estuvieses preparada, de repente decían: ‘Ahora toca que suba Miss Yucatán a hablar…’. Y me acuerdo clarito que dije: ‘Yo les voy a decir una bomba’. Siempre me ha gustado escribir, he tenido muchas colaboraciones en el Diario con la columna ‘Acento de mujer’”, explica.

María de Lourdes aplaude que los concursos apuesten por la preparación de las aspirantes, que invierten un año en formarse antes de participar en la final.

Admite que el movimiento de liberación femenina llevó a criticar a las candidatas a títulos de belleza y llamarlas “floreros”. “La mujeres estaban luchando por sus derechos. Para ganar un derecho primero tienes que ir al extremo y luego la situación se va normalizando, tomando su nivel hasta obtener el respeto a ese derecho”.

“Hoy en día podemos volver a valorar esos concursos porque las personas no solo somos intelecto, habilidades y talento, sino que también cuenta el físico, que debe ser mantenido sanamente. Es importante fomentar el ejercicio, el arreglo personal”.

“Si quieres participar en esa experiencia, es válido. La idea es que uno tenga la libertad de participar en lo que quiera y crea conveniente”.— CLAUDIA SIERRA MEDINA

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