Hay recuerdos que el tiempo no borra —Cassandra Clare, escritora estadounidense

Recuerdo, hace algunos años, que tuve el honor de haber asistido a una misa en Belén, que como todos sabemos, se encuentra en Cisjordania. Un sacerdote me invitó a ese privilegio en la gruta donde la tradición dice que nació el niño Jesús.

Una servidora había estado anteriormente en el desfile de peregrinos y turistas que se forman para entrar a esa gruta, teniendo desde luego un minuto para estar en ella. O sea, en el mismo lugar, pero en diferentes circunstancias. Nosotros que solo éramos cinco personas en esa misa tratamos de estar con recogimiento, algo que no se puede hacer más que con esa coyuntura, a pesar de la infinidad de personas que pasaban a 4 metros de distancia, en una fila interminable.

Y ¿saben qué hacía la mayoría? Tomar una foto y seguir su camino con cara de satisfacción por haber logrado tener ese recuerdo.

Me impresionó mucho y sentí que ellos no estaban conectados con el intenso momento que vivían y al que les dio trabajo llegar. Y lo más importante de todo era llevarse la foto como un trofeo en vez de llevarse el recuerdo imperecedero e íntimo de un instante —aunque eso fuese— de un momento inolvidable. Una servidora no tiene ninguna foto de la gruta pero sí un Cristo comprado en la ciudad de Belén.

Siento que hay una actitud compulsiva hacia los vídeos y las fotografías y en mis recuerdos de ese viaje está un guía en Israel que al bajar del camión al lugar que nos quería enseñar decía de manera sarcástica: “Foto foto…”.

Considero que nos desconectamos emocionalmente de nuestras experiencias dejándonos llevar por esa, podríamos decir, moda que nos impide guardar un recuerdo vivo en nuestra mente y en nuestra memoria. Se podría decir que es signo de los tiempos.

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