¿QUIÉN DICEN QUE SOY YO?
Jesús tiene conciencia de su dignidad y su misión, sabe quién es. Pero la gente estaba despistada y rondando el Misterio, sin entrar en él. Unos decían que era Juan el Bautista, otros que el profeta Elías, y otros que uno de los profetas antiguos que habría resucitado. Jesús quiso saber qué pensaban aquéllos que eran sus amigos, sus discípulos, a los que les había abierto el corazón y los había reunido en torno suyo.
Entonces san Pedro respondió en nombre de los Doce. Lo que dijo de Jesús fue la expresión de un conocimiento que le había sido dado, que no procedía “de la carne y de la sangre”, es decir, de ninguna persona, sino de Dios Padre. Nadie puede entrar en el misterio de Jesús si Jesús no se manifiesta, se le abre, y si Dios Padre no lo introduce en Jesús.
Sin embargo, Jesús prohibió a los suyos que fueran diciendo a la gente que él era el Mesías de Dios. Recuérdese cómo los contemporáneos de Jesús pensaban en un Mesías que restableciera el reino nacional y librara a Israel de la presión extranjera. El significado de la persona, de las palabras y obras del Maestro, de la misión y del mensaje del Mesías de Dios, lo descubrirán los discípulos tan solo a la luz de los acontecimientos de su pasión, muerte y resurrección.
Así pues, para “la gente” Jesús no era una novedad absoluta porque estaba en la fila de los hombres excepcionales que habían llevado al mundo una palabra capaz de sacudir los corazones y las conciencias; pero san Pedro señaló que Jesús era el consagrado en el Espíritu divino que ofrece a la humanidad la Palabra y la presencia perfecta y definitiva de Dios dentro de la historia, el poder liberador de Dios que penetra como la levadura en la masa fría de nuestra humanidad.
