La semana pasada me atreví a hablar de política y de las expectativas que tenemos, como
ciudadanos, de nuestros gobernantes. Me clavé en el papel que le damos a “la silla”: lo que
exigimos de quien se sienta ahí, lo que promete para llegar y lo que debe cumplir. Y cuando
no sucede, nos decepcionamos. ¿Es culpa de ellos… o nuestra por creer sin hacernos
cargo?
Hace años alguien me dijo, sobre una maestra: “La tenía en otra idea, pero en el velorio de
un familiar me contestó mal; me decepcionó y ya no la vi igual”. Le pregunté si alguien le
pidió ponerla en un pedestal. Dijo que no. ¿Le pasaba en otras relaciones? Se quedó
pensando, rió y aceptó que sí. Muchas veces compramos nuestras propias respuestas para
sostener historias que, tarde o temprano, nos decepcionan.
Dejamos de ver lo humano cuando elevamos a alguien para que se haga responsable de
nuestra seguridad, de nuestro futuro o de lo que no queremos trabajar en nosotros. ¿Cómo
exigimos excelencia sin practicarla? ¿Por qué esperamos excelencia ajena cuando no la
entrenamos en lo propio? Tal vez nos marcaron los cuentos de princesas o superhéroes:
alguien “llegará” a arreglarlo, mientras nosotros seguimos cómodos.
Un país cambia según la mentalidad de sus ciudadanos. El producto político que vemos en
la calle es, en gran medida, lo que nos merecemos: un espejo de identidad. El ciclo es
conocido: idealizamos, delegamos, nos decepcionamos, criticamos… y repetimos. Nos
conviene seguir esperando; es más barato que cambiar.
La pregunta incómoda es esta: si yo no me trabajo, ¿con qué cara espero que los demás sí
lo hagan? Si yo no sostengo mis hábitos, mis límites y mi servicio, ¿por qué exijo a otros lo
que no me exijo?
Hasta aquí mi reporte. Yo sí espero que los demás se trabajen en la medida en que yo me
trabajo. Cuando no doy la talla, recuerdo que soy humano; y cuando otro no la da, procuro
recordar que él también lo es. Ahí empieza la responsabilidad compartida.
Soy Alejandro Granja Peniche. Mi intención es trabajar la excelencia cada día para poder
exigirla con coherencia; y cuando no pueda ofrecerla, entenderlo y recibir lo mismo de los
demás. Nos leemos la próxima semana.

