• A la izquierda, la gente toma fotografías y graba vídeos de Nuestra Señora de Yucatán; arriba, los asistentes a la misa
  • A la izquierda, la sagrada imagen de Nuestra Señora de Yucatán al salir del templo catedralicio; debajo, un momento de la consagración a cargo de monseñor Gustavo Rodríguez Vega, auxiliado por el diácono permanente Fernando Bermejo Salmerón; a los costados del altar, mons. Pedro Mena Díaz y presbítero Pablo Moo Garrido; al fondo, el canónigo Ignacio Kemp Lozano

Entre cantos y alabanzas, Nuestra Señora de Yucatán celebró ayer por la mañana el 27 aniversario de su proclamación como santa patrona de la Catedral. La conmemoración incluyó una misa y una procesión que reunió a cientos de personas.

Desde antes de las 8 a.m., los fieles comenzaron a llenar el recinto para asistir a la misa presidida por el arzobispo de Yucatán, monseñor Gustavo Rodríguez Vega, quien también acompañó a los asistentes durante esta fiesta patronal.

Previo al inicio de la celebración, el canónigo Ignacio Kemp Lozano, junto con el presbítero Pablo Moo Garrido, rector de la Catedral, leyó unas palabras mientras se escuchaban los cantos de entrada.

Entre los banderines azules distribuidos entre los asistentes destacó la presencia de miembros del Cottolengo, quienes se encuentran en rehabilitación y que, como cada año, acudieron a esta celebración.

También estuvieron presentes representantes del gobierno estatal, entre ellos Mirna Manzanilla Romero y Christian Maldonado Lizárraga, este último en representación del gobernador. Por parte del Ayuntamiento asistieron Carmen González Martín y Francisco Javier González Torres.

La misa comenzó a las 8:45 a.m. y fue celebrada por el Arzobispo, acompañado por el presbítero Moo Garrido así como los obispos auxiliares, monseñores Mario Medina Balam y Pedro Mena Díaz.

Durante la homilía, el prelado señaló que la coronación de Nuestra Señora de Yucatán representa “el reconocimiento del pueblo” a su participación en el Reino de Cristo. Recordó que no podría coronarse a María sin la coronación previa de su hijo, quien recibió “la más horrible de todas las coronas en la tierra, la de espinas; pero la más valiosa ante Dios Padre, porque expresa obediencia y amor”.

Asimismo, habló de María como partícipe de la sabiduría de Dios y como “madre de la dulce esperanza”, virtud que, afirmó, hace falta particularmente en México.

Al escuchar la entrada de la banda de guerra durante la llegada de la sagrada imagen, el Arzobispo compartió que ese momento le evocó un recuerdo de su juventud en Monterrey, donde vivía la presencia de estas agrupaciones como “una expresión extraordinaria de amor”. Expresó también su deseo de que algún día las bandas de guerra puedan llamarse “bandas de paz”.

En otro momento de la celebración, reflexionó sobre el pasaje del Evangelio según San Juan centrado en las bodas de Caná. Subrayó la atención e intercesión de María al advertir: “ya no tienen vino”. Destacó además que su exhortación “hagan lo que él les diga” constituye su gran testamento como madre, enmarcando el primer milagro que fortaleció la fe de los discípulos y anticipó la Eucaristía.

“La sangre de Cristo será el último milagro en la última cena. Pero este milagro, convertir el agua en vino, es un signo del último milagro, la sagrada Eucaristía”, expuso en la homilía.

Al concluir la misa, la imagen fue bajada y comenzó la procesión solemne. Entre gritos de “¡Viva la Virgen María!”, los fieles acompañaron el recorrido al ritmo de la banda de guerra.— Karla Cecilia Acosta Castillo

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