En noviembre, en un cobertizo bajo un cielo despejado en Texas, Robin Grob sometió a una mariposa monarca a una operación a cerebro abierto.

Unas tiras de cinta adhesiva mantenían abiertas las alas negras y naranjas de la mariposa y sujetaban su cuerpo peludo y manchado de blanco bajo un microscopio. A través del lente, el cerebro aparecía como una masa diminuta y amarillenta, en la que se había insertado un tetrodo —cuatro electrodos, cada uno más fino que un cabello humano. Mirando hacia abajo, Grob, neurobiólogo de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, selló cuidadosamente la cabeza de la mariposa con silicona, para evitar que los electrodos se movieran.

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