“ESTE ES MI HIJO MUY AMADO”

Para san Mateo el Bautismo de Jesús fue el momento clave de su manifestación como Hijo de Dios. Ante la objeción de Juan el Bautista, Jesús constató el sentido que tiene ese momento: su adhesión a Dios Padre. Una adhesión que Jesús la llevará al cabo en obediencia de fe y, por eso, la justicia de Dios apareció como el Plan de Salvación de Dios Padre.

El Bautismo de Jesús apareció como el inicio de un itinerario que llevará a Jesús a la cruz y a la resurrección. Por otra parte, Jesús es el que trajo el verdadero bautismo, no el del agua del Jordán que limpia exteriormente, sino el Bautismo del Espíritu Santo que vivifica y consagra.

Además, Jesús fue presentado por medio de dos signos reveladores, proféticos y mesiánicos: se abrieron los cielos (Is 64, 1) rompiendo el muro separador entre Dios y las personas y descendió sobre Él el Espíritu Santo (Is 11, 1). La voz del cielo pronunció el veredicto definitivo sobre la persona de Jesús: es mucho más que un rey (Sal 2, 7), mucho más que el siervo (Is 42, 1): es el Hijo muy amado.

El encuentro con Juan el Bautista fue para Jesús una experiencia que dio un giro a su vida. Después del bautismo en el Jordán, Jesús no volvió ya a su trabajo de Nazaret; tampoco se adhirió al grupo del Bautista. Su vida se centró en un único objetivo: gritar a todos la Buena Noticia de un Dios que quiere salvar al ser humano.

Pero lo que transformó la trayectoria de Jesús no fueron las palabras que escuchó de labios del Bautista ni el rito purificador de su bautismo. Jesús vivió algo más profundo. Se sintió inundado por el Espíritu Santo y se reconoció a sí mismo como Hijo de Dios. Su vida consistió en adelante en irradiar y contagiar ese amor insondable de Dios Padre.

El Bautismo, pues, es un abrazo con el infinito, es comunión con Dios, es nuestra adopción. Adopción a hijos obtenidos por el Hijo por excelencia, según lo afirmó san Pablo. La unión que ahora hay entre Dios y el ser humano ya no es aquella entre el Creador y la creatura (frágil realidad mortal). Ahora la unión se colorea de intimidad y de amor, de paternidad y filiación. Como afirma el profeta Oseas: “Dios se inclina y nos eleva a su mejilla”. ¿Recuerdas la fecha en que recibiste el Sacramento del Bautismo?

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