Algo profundamente doloroso es decir adiós a alguien que sigue respirando pero que ha decidido seguir su vida sin ti en ella. No es que no sea válido o siquiera respetable, las direcciones de nuestra existencia cambian a diario, y quienes caminan junto a ella, también.
A veces siento que eliminar amistades de tu vida al final termina pagándote con soledad. Y me ha costado entender lo difícil que es mantener de cerca a quien simplemente ya no quiere caminar junto a ti. Perder amigos es parte del ciclo vital, una situación tremendamente humana (y común) pero eso no necesariamente lo hace más simple y fácil de transitar.
Los porqués nos acompañan por doquier y a veces no nos permiten dormir por las noches, buscando respuestas que probablemente jamás encontraremos.
Algo que creo importante mencionar es que el valor para hacer las cosas se genera de manera individual, pero el apoyo es colectivo. ¡Qué dicha es tener gente a tu lado que quiera compartir sus logros contigo! Al final, para llegar más lejos debemos ir acompañados.
El amor que nos regala una amistad, aquel que usualmente infravaloramos, es el más importante de todos: ¿quién está ahí cuando terminamos una relación de pareja?, ¿o cuando queremos gritar de ira?, ¿cuando nuestra vida se cae a pedazos? o, simplemente, ¿quién está ahí para hacer que nos duelan los pulmones de tanto reír?
Y aunque digan que los verdaderos amigos los encuentras en quienes aparecen cuando tu mundo se desmorona, yo creo que es todo lo contrario: los reales aparecen cuando tienes todo que celebrar y deciden vivirlo contigo.
