Yucatán está pasando por una tergiversación cultural generada por políticas públicas culturales mal entendidas, aplicadas como una forma imaginaria de identidad con el slogan: El Renacimiento de la Cultura Maya, que, en lugar de sumar y entender la diversidad cultural, excluye.

La folklorización es el proceso mediante el cual se transforman y trivializan las prácticas culturales de su significado original para convertirlas en un espectáculo o producto comercializable, lo cual implica desconectar estas expresiones de sus historias y contextos locales, presentándolas de forma desvinculada, a menudo bajo el prisma del colonialismo simbólico del turismo y el espectáculo, despojándolas de su sentido profundo y su conexión con la comunidad que las creó.

Moda de sexenio que ha permeado a la política pública en los tres niveles de gobierno, y que va desde la entrega de “bastones de mando”, rituales pseudo indígenas para purificar a los “impurificables” políticos, hasta el empleo de vestimentas “típicas” por los funcionarios públicos para simular su cercanía con el pueblo.

Esta folklorización resalta estereotipos de una otredad idealizada o “estetizada” para el consumo turístico, mediante la realización de eventos que transforman las tradiciones, y que parecieran evocar de forma imprecisa y hasta peligrosa la memoria histórica, como las puestas en escena de supuestos rituales sagrados, celebraciones o prácticas ancestrales que no reconstruyen una verdad histórica, y que apoyan a que éstas (tradiciones) pierdan su propósito original al ser presentados como mero espectáculo, en un negacionismo histórico(falsificación o trivialización deliberada del registro fidedigno), convirtiendo un legado en mercancía; por lo cual es urgente realizar investigaciones académicas rigorosas que los apoyen o sustenten.

En ese sentido viene al caso lo dicho por el Doctor Eduardo Matos Moctezuma, quien opinó acertadamente en una entrevista que existe una manipulación y folklorización de la cosmovisión indígena en favor de la política.

Esa folklorización de la cosmovisión indígena en el campo cultural (independientemente de los derechos culturales) en nuestro Estado, parece permear u homogenizar desde una política “etnificada”, a pesar de contar con una diversidad de formas de manifestaciones artísticas; mismo que se percibe como una imposición de lo “tradicional” o la reproducción de estereotipos que excluyen en ocasiones otras formas contemporáneas del arte; no se trata de decantar lo tradicional-histórico en pro de una actualidad, sino de considerar al arte como una multiplicidad de formas, para lo cual cito a Guillermo Bonfil Batalla (1935-1991) “la civilización mesoamericana no es un vestigio del pasado, toda vez que persiste y se adapta, constituyendo una continuidad histórica que sostiene la verdadera identidad del país”; idea que busca reivindicar la historicidad y vigencia de las culturas originarias frente a narrativas reductoras y folcloristas. El Estado juega un papel en la folklorización al utilizar expresiones como símbolos de identidad local, controlando su narrativa con fines turísticos o propagandísticos (políticos).

Algunas manifestaciones artísticas han podido desasociarse de esta política cultural, como la música (Orquesta Sinfónica de Yucatán); no obstante, en otras disciplinas como las artes visuales se está haciendo evidente una visión excesivamente tradicionalista impuesta por el discurso político. El impulso cultural de una sociedad que busca la contemporaneidad sólo puede concretarse si los creadores se sienten libres de conservar sus propias visiones y conceptos, es decir, que el Gobierno no sacrifique la diversidad y los derechos culturales frente al desarrollo económico y su discurso político de seudo reivindicación de los pueblos originarios. Una política de adopción formal (la política adquiere un carácter oficial y su nombre se formaliza cuando es adoptada mediante un acto administrativo).

Contradictoriamente en otro campo existe una política con relación a la población oriunda y frente a la gentrificación, donde la vivienda y el suelo son objeto de especulación, mediante la proliferación de hoteles, resorts y urbanizaciones orientadas al visitante extranjero y nacional, alimentado por el mercado inmobiliario y el alquiler vacacional, y desplazando a la sociedad oriunda yucateca que no puede permitirse vivir donde nació.

Por otra parte existe una gentrificación cultural, que es la transformación de nuestros espacios simbólicos por la llegada de clases con mayor poder adquisitivo, donde en ocasiones el arte local se vuelve mercancía para el consumo de turistas y contradictoriamente las propuestas planteadas por “extraños” si cuentan con apoyo gubernamental para su creación o difusión, provocando el desplazamiento de la mayoría de los creadores locales como un fenómeno que contrapone lo simbólico con lo económico; ejemplo de ello lo son: el Week of Art Yucatán (Semana del Arte Yucatán “WAY” (a finales de enero) y la Bienal de Yucatán (noviembre del presente año), que buscan la “modificación” del ámbito cultural” dadas las enormes asimetrías económicas que imperan en el mercado artístico regional; por lo que vale decir que, la diversidad de prácticas culturales debe primar frente a las tendencias homogeneizantes, colonialistas y elitistas (bastaría con ver el precio del acceso a la “WAY”), la cual busca legitimación pretextando “visibilizar la escena del arte contemporáneo local e impulsar la profesionalización, el intercambio y la difusión del trabajo de artistas y espacios culturales de Mérida y la región”, excluyendo a una gran mayoría de artistas relevantes de Yucatán y espacios expositivos (galerías); por lo que la comunidad artística yucateca debe entender que, la defensa de las prácticas culturales locales constituye un acto de resistencia colectiva frente a la “colonización estética-artística”.

Sin caer en prácticas chauvinistas, hay que señalar que esos eventos son impulsados por extranjeros radicados en Mérida o foráneos nacionales, lo cual nos hacen vernos como “una tierra de conquista” y dominación; premisas que va en varias direcciones, desde la destrucción cultural y epistémica, mediante una visión que resulta del menosprecio y estigmatización de las manifestaciones artísticas locales, así como la exclusión de sus sistemas de conocimiento (creadores, gestores, curadores, académicos, críticos, instituciones culturales, etc.) y que, en todo caso son simples “invitados” y no son responsables, organizadores participantes activos o gestores de los mismos.

No obstante, debe de reconocerse este esfuerzo “privado” ante la falta de iniciativa de la comunidad artística yucateca y la incapacidad de la administración pública (Sedeculta).

Finalmente me permito opinar que para que Yucatán pueda ser un verdadero centro de la cultura, es necesario conectar el pasado con el presente de forma dinámica, donde se entienda la pluriculturalidad y se logre la descolonización cultural, es decir, recuperar, dignificar y reafirmar nuestra cultura, conocimientos e identidad propia; considerando la capacidad de decisión de los creadores locales y las Dependencias Culturales sobre la de los externos que están controlando la escena artística (Teoría del Control Cultural); así como fomentar una verdadera política incluyente y plural desde nuestras instituciones que beneficie tanto al arte yucateco como al desarrollo cultural, a través de la confrontación pacífica del arte local con el foráneo. ¿Será que la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán (Sedeculta) no pueda, como en las administraciones anteriores, organizar la Bienal con autonomía y liderazgo por falta de capacidad o de presupuesto? ¿Debemos los yucatecos seguir dejando que “foráneos” rijan en ámbito cultural de nuestra Entidad?

Crítico y Curador

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