“YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA”
Martha y María anunciaron a Jesús que su amigo Lázaro, su hermano, estaba enfermo.
Jesús respondió que esa enfermedad no era para la muerte, sino para que en ella se manifieste la gloria de Dios. Jesús retrasó el viaje intencionalmente, no por falta de amor a sus amigos, sino para dar lugar a la demostración que deseaba.
Marta creía que Jesús podía curar a los enfermos sólo con su presencia; que, en general, Dios escucha siempre la oración de Jesús y que Dios puede resucitar a los muertos. Con todo, la respuesta de Jesús fue tan sorprendente que Marta pensó que Jesús se refería a la resurrección de los muertos al final de los tiempos.
Jesús dijo que él mismo es “la resurrección y la vida”, es decir, que tiene el poder para resucitar y dar la vida a cuantos crean en él. Los que creen en Jesús viven ya ahora la “vida eterna”, y no morirán para siempre. Esta vida es un don que no puede arrebatar al creyente la muerte corporal, por lo que la muerte, toda muerte, ya ha sido vencida y ha perdido su poder. La muerte de los que creen en Jesús es el paso necesario para que se manifieste plenamente en ellos la vida que ya han recibido. Marta no pudo comprender todo lo que escuchó, pero creyó que Jesús es el Mesías. Y eso le bastó para aceptar cuanto le dijo.
Jesucristo, pues, atravesó la muerte —como nosotros—, murió, pero la muerte fue transformada: ahora ya no es navegar en el mar de la nada y del silencio porque ha sido abierta al infinito y a lo eterno. Jesucristo resucitó. Ya no hay por qué temer. Viviendo ya en comunión con Dios durante nuestra existencia terrena, el eterno y el infinito nos envuelve. Jesús, pasando por nuestra carne mortal, la fecundó con una semilla de infinito y la abrió al horizonte de lo eterno.
