Alexander Ovcharov interpreta el Concierto para oboe de Frigyes Hidas, en el séptimo programa de la actual temporada de la OSY, anteanoche
Alexander Ovcharov interpreta el Concierto para oboe de Frigyes Hidas, en el séptimo programa de la actual temporada de la OSY, anteanoche
  • Alexander Ovcharov interpreta el Concierto para oboe de Frigyes Hidas, en el séptimo programa de la actual temporada de la OSY, anteanoche
  • El director huésped Alejandro Basulto Martínez guía a la Sinfónica

Ante un clima expectante en la Sala de Conciertos del Palacio de la Música, el séptimo programa de la temporada enero-junio 2026 de la Orquesta Sinfónica de Yucatán se desplegó como travesía sonora entre raíces, virtuosismo y evocaciones europeas. Bajo la batuta del director huésped Alejandro Basulto y con la participación del oboísta Alexander Ovcharov, la velada se inscribió en los festejos por el 120o. aniversario de nacimiento de Daniel Ayala, figura esencial del nacionalismo musical mexicano y promotor incansable de la vida musical en Yucatán.

Antes de la tercera llamada, el murmullo del público y el ritual de afinación tejían una tensión delicada, un telón invisible a punto de elevarse. Al ingreso, el director fue recibido con aplausos. Antes de elevar la batuta, el director señaló la partitura con una mezcla de orgullo y felicidad, luego subió al podio para dar paso a “La gruta diabólica”, pequeña suite fantasía-ballet compuesta por Ayala en 1940.

Inspirada en una leyenda indígena, la obra desplegó un lenguaje moderno que combinó la claridad neorromántica con pinceladas impresionistas, breves motivos melódicos que emergen y se desvanecen como figuras en penumbra, juegos de timbres que evocan lo ritual y lo mítico. La orquesta transitó con precisión entre episodios de ligereza casi danzante y otros de gravedad contenida, en que las cuerdas sostuvieron un pulso solemne mientras las maderas delineaban atmósferas de misterio. En diferentes intervenciones, el piano aportaba densidad sin romper el equilibrio, logrando una lectura que honró el carácter coreográfico de la pieza.

Al concluir, el eco de la leyenda parecía seguir vibrando en la sala; el público respondió con vítores, como si la música hubiera dejado una estela en la memoria de la sala entera.

El segundo momento marcó un contraste en lenguaje pero no en intensidad, se trató del anunciado estreno en Yucatán del Concierto para oboe de Frigyes Hidas, una obra de escritura exigente que pone a prueba tanto la técnica como la resistencia del solista. Desde su entrada, Ovcharov delineó la sonoridad clara y flexible, capaz de pasar de líneas ágiles y ornamentadas a frases largas de gran aliento.

El primer movimiento mostró un carácter brillante, con pasajes de articulación rápida y saltos interválicos que exigieron precisión extrema; en el movimiento lento, el oboe se volvió introspectivo, cercano, sostenido por un acompañamiento orquestal que respiraba con el solista. El cierre recuperó el impulso rítmico con secciones de virtuosismo sostenido, donde la digitación veloz y el control del aire resultaron determinantes.

Durante los cerca de veinte minutos de ejecución, el silencio del público fue absoluto, una complicidad tangible con el esfuerzo físico del músico. Con el rostro encendido y sudoroso por la intensidad que su arte exige, Ovcharov cerró la interpretación entre aplausos prolongados. Tras estrechar la mano del director y salir juntos de la escena, el oboísta volvió ante la insistencia de las palmas del público de pie y recibió un ramo de flores en reconocimiento a una ejecución que conjugó rigor y expresividad.

Después del intermedio, la orquesta abordó la Sinfonía número 3 en La menor, Op. 56, “Escocesa” de Felix Mendelssohn, obra concebida a partir de la impresión que causaron en el compositor las ruinas de una capilla en Edimburgo en 1829. Desde la introducción, de atmósfera sombría y casi narrativa, la interpretación destacó por la cohesión entre secciones y el cuidado en las transiciones, fundamentales en una obra que debe ejecutarse sin interrupciones. El segundo movimiento, con su carácter de scherzo, evocó las melodías de los gaiteros mediante figuras rítmicas ágiles y un diálogo vivo entre cuerdas y maderas, aportando un respiro luminoso tras la densidad inicial.

El tercer movimiento profundizó en un lirismo contenido, donde las cuerdas construyeron amplias frases de gran elegancia, mientras los vientos añadían matices de melancolía. El final emergió con fuerza, transformando la tensión acumulada en un himno majestuoso que, sin perder su raíz sombría, se resolvió en una afirmación sonora de carácter ceremonial.

De pie, el público aplaudió largamente, en una ovación que cerró el arco emocional de la noche. El director presentó a la orquesta intensificando la reacción de los presentes, luego recibió flores mientras las luces se encendían y la sala comenzaba a vaciarse con lentitud, como si la vibración de cada aplauso se resistiera a disiparse.

Así concluyó el séptimo encuentro de la temporada. Noche en que la memoria de Daniel Ayala Pérez, el desafío contemporáneo del repertorio para oboe y la arquitectura sinfónica de Mendelssohn dialogaron con naturalidad fascinante.— Darinka Ruiz Morimoto

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