Antes de comenzar este artículo, te tengo una propuesta: acude a cualquier evento cultural sin pretensiones, te puedes llevar una grata sorpresa.
En el tablero económico de México, las fichas han dejado de ser exclusivamente petroleras o manufactureras. Para este 2026, el PIB nacional ha encontrado una oportunidad, lamentablemente siempre relegada, en la economía naranja.
Sin embargo, lo que antes solo sucedía en las grandes ciudades hoy se ha convertido en la chance del Sureste, que ha decidido dejar de ser solo una “postal” para convertirse en un “set”.
La capital del país, Ciudad de México, sigue siendo la que todo lo atrae. Con un aporte que roza los 120,000 millones de pesos anuales solo en el sector audiovisual, Ciudad de México no solo filma películas; produce realidades financieras. Representar el 2.5% del PIB local a través ello no es poca cosa. Es una industria madura, tecnificada y con una infraestructura que difícilmente alguien podrá replicar en el corto plazo.
Pero la madurez tiene un precio: la saturación. Filmar en la capital del país es una carrera de obstáculos burocráticos y costos logísticos que solo las grandes plataformas pueden costear sin pestañear.
Aquí es donde Yucatán entra en escena con una audacia envidiable. Mientras la capital apuesta por la escala, el Sureste apuesta por la estrategia. Con un modesto pero creciente 0.8% de su PIB estatal dedicado al cine, Yucatán ha entendido algo que los economistas suelen olvidar: la seguridad es el mejor incentivo fiscal.
La estrategia yucateca debe ser quirúrgica. No intentar ganarle a los Estudios Churubusco, sino atraer a las productoras mediante estímulos. Al final del día, para un productor de Netflix o Disney la paz de saber que su equipo de millones de dólares está seguro en un cenote de Homún vale más que cualquier incentivo como “cash rebate” en una zona de alto conflicto.
Descentralización
Lo que estamos presenciando en 2026 es una maduración del sector creativo.
Ciudad de México sigue siendo el cerebro de la posproducción y el talento masivo, pero Yucatán se ha convertido en el pulmón de la producción de campo.
Ciudad de México pone la infraestructura; Yucatán pone la certidumbre. Juntos, están reescribiendo el guion de cómo se genera riqueza a través de la cultura.
Sin embargo, para que Yucatán logre cerrar la brecha necesita consolidar su talento local. No basta con prestar el paisaje; hay que exportar el conocimiento técnico. Por otro lado, Ciudad de México debe urgir una simplificación de trámites si no quiere que el “costo de ciudad” termine por asfixiar a las producciones independientes que le dieron su identidad.
La industria audiovisual ya no es un accesorio del PIB, es un motor de desarrollo que emplea a más de 65,000 personas en la capital y miles más en el Sureste. En esta película económica, el final aún no está escrito, pero una cosa es segura: el futuro de México se está filmando en alta definición. A filmar se ha dicho, ¡acción!
Delegado de la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica (Canacine) en Yucatán.
