La espera terminó y Mérida lo sabía. Bastaba mirar las filas, escuchar las conversaciones en los accesos del Foro GNP Seguros y ver llegar a parejas tomándose de la mano mientras caía el sol para entender que la noche no era cualquier concierto. Tres años después de su última visita, Ricardo Montaner regresó a la ciudad con su tour “El Último Regreso”, dispuesto a reencontrarse con un público que no solo fue a revivir instantes románticos y divertidos.

Desde que el sol rayaba el ocaso, comenzaron a llegar parejas de todas las edades, madres e hijas, matrimonios de décadas y amigas listas para cantar a todo pulmón. También hubo quienes llegaron armados de nostalgia, pues inevitablemente se despiertan recuerdos con canciones que han acompañado enamoramientos, bodas, despedidas y uno que otro corazón roto. Aunque el tráfico rumbo al recinto hizo renegar a más de uno, el ánimo no decayó. La sensación era de emoción por disfrutar a Montaner.

Cuando finalmente las luces se apagaron, el murmullo en el recinto se transformó en euforia. Un enorme paisaje iluminó las pantallas del escenario y, entre luces, apareció el venezolano vestido con traje gris y camisa blanca. Los gritos no tardaron en hacerse presentes, acompañados por los aplausos de un público listo para entregarse al repertorio.

Sin demasiadas ceremonias, Montaner decidió ir directo al corazón de la memoria colectiva. Yo que te amé, Será, A dónde va el amor, Castillo Azul, El poder de tu amor y La cima del cielo llegaron una tras otra, como si alguien hubiera abierto de golpe un viejo álbum sentimental. “Será” y “Castillo Azul” se convirtieron rápidamente en un karaoke masivo, con miles de voces disputándole el protagonismo al cantante.

Pero Ricardo Montaner no venía únicamente a cantar. También vino a conversar. Sentado frente al público, con ese tono cercano que suele convertir arenas y auditorios en algo parecido a una sobremesa familiar, confesó: “Tengo muchas cosas que decirle a Mérida”. Y empezó por donde sabía que iba a tocar fibras: recordó con cariño a Armando Manzanero, habló de su amor por la comida yucateca, los cenotes y la calidez de la gente.

“Tenía muchas ganas de cantarles”, dijo, recordando que habían pasado tres años desde su última visita. Luego compartió algo más íntimo: contó que antes de salir al escenario pidió a Dios llegar primero al corazón de los asistentes y sembrar una semilla a través de su música. Entonces llegó El Último Regreso, tema que da nombre a la gira y que funcionó como una declaración emocional de la noche.

Aunque, si alguien pensaba que el concierto seguiría únicamente por la ruta de la nostalgia, Montaner tenía otros planes. “Hay que subir el ánimo”, soltó antes de regalar una de las anécdotas más divertidas del concierto. Contó que, tras su presentación de hace tres años en Mérida, mientras se retiraba en camioneta, vio a una mujer sosteniendo un cartel que decía: “Fraude, me robaron”. Intrigado, le preguntó qué había ocurrido. La respuesta fue inesperada: no había cantado las canciones que ella quería escuchar.

La historia tuvo final feliz. Montaner reveló que decidió invitarla esta vez y preguntarle qué temas quería oír. “Este chorizo de canciones va para la señora… y para ustedes”, dijo entre risas, antes de lanzarse a un popurrí tan largo como disfrutado.

Así llegaron Solo con un beso, La mujer de mi vida, Ojos negros, Yo sin ti, Resumiendo y Quisiera, para después cambiar radicalmente el pulso de la noche con canciones más movidas como No me entregues tu amor, Corazón fracturado, Necesito de ti y La chica del ascensor.

Y entonces, Mérida dejó de ser romántica para convertirse en una fiesta. Los músicos y coristas se adueñaron del escenario, hubo pasos de baile, complicidad y un despliegue de talento que terminó de encender el ambiente. Con Cachita y Conga, el foro entero pareció ponerse de acuerdo: era imposible quedarse sentado. Hubo quienes improvisaron pasos entre butacas, otros hicieron pequeñas filas danzantes y algunos simplemente se dejaron llevar por la alegría de una noche que parecía no querer terminar.

Después de la fiesta, volvió el territorio donde Montaner domina: el romance. Entonces, sin remedio, llegaron Bésame y Me va a extrañar, que hicieron que el recinto bajara revoluciones para entregarse por completo a los abrazos, celulares iluminando el ambiente, miradas cerradas y hasta lágrimas furtivas entre algunos asistentes.

Parecía el cierre perfecto. Montaner se despidió y salió del escenario. Pero Mérida quería más. Entre gritos, aplausos y peticiones insistentes, el cantante regresó vestido de negro, taza en mano, para presentar Para que seas feliz, su nuevo sencillo junto a Edén Muñoz.

“Puede gustar o no gustar, es un arma de doble filo”, admitió, antes de bromear sobre la enorme cantidad de despechados que, según él, existen en México. “Y ahí está el tequila, que ayuda”, soltó, provocando carcajadas. Lo inesperado fue que la canción sonó cualquier cosa menos nueva. Buena parte del público ya la cantaba con fuerza, como si llevara meses instalada en el repertorio sentimental de sus vidas, aunque apenas salió a la luz hace un par de semanas. El estreno en Mérida terminó sintiéndose más como una celebración que como una apuesta. Luego, Déjame llorar hizo lo propio, poniendo a cantar al unísono a uno de sus más grandes e infaltables temas.

La recta final trajo un momento de introspección. Antes de interpretar La gloria de Dios, Montaner habló sobre los pendientes emocionales que todos cargamos y sobre la importancia de pedir perdón, reconciliarse, decir un “te quiero” y dejar atrás el orgullo. Su mensaje cayó en un foro que, por unos minutos, pasó de la euforia a la reflexión. Y para cerrar, porque algunas historias merecen terminar exactamente donde el corazón lo pide, llegó Tan enamorados. El himno bastó para sellar una velada donde hubo romance, recuerdos, risas, fiesta, despecho y hasta consejos de vida.

Y así, Ricardo Montaner regresó a Mérida. Regresó también a los recuerdos de miles de personas que, por unas horas, volvieron a cantarle a lo que aman.