“Hay un consuelo extraño, pero también maravilloso en la soledad. Me ha enseñado a no prometer. A no suplicar. A no conformarme con nadie. Mucha gente le teme a la soledad como si matara. Pero son las malas compañías las que te entierran en vida.” Gian F. Huacache en “El diario de Layla.”
Su figura escurridiza atravesó el pasillo apenas iluminado desapareciendo tras un portazo después de lanzar una advertencia: “Si sigues con esos estándares tan altos te vas a quedar sola.”
Permanecí ahí, sonriendo. Porque sabía que sus palabras me llevaban al comienzo de una nueva libertad.
Sola, en casa rodeada de plantas que le dan vida a mi espacio invadiéndolo con sus formas caprichosas y regalándome sonrisas en forma de nuevos brotes.
Sola, respirando el aroma de inciensos y velas, mientras la televisión obedece el mando, perdiéndome en historias que me emocionan hasta que el sueño gana la batalla.
Sola, con los arrumacos de mi gato y reuniones con esos amigos que me hacen reír hasta que duele el estómago.
Sola, conociendo el mundo y disfrutando los lugares a mi ritmo.
Sola, después del trabajo que me genera la estabilidad suficiente para darme un buen gusto cuando me apetece.
Sola, para excluir a quien no sume a mi existencia y recibir con cariño a quien aporte reciprocidad.
Y es que a veces huimos de la soledad como si fuera castigo. Pero hay días en que se vuelve cómplice.
No hace ruido, no exige, no interrumpe. Solo se sienta contigo y te deja escucharte. En ese silencio aparecen las respuestas que el bullicio tapaba: lo que realmente quieres, lo que ya no duele, lo que por fin puedes soltar.
La soledad aliada no es ausencia de otros. Es presencia de ti. Es el espacio donde te reconcilias contigo, donde escribes sin filtro, donde lloras sin prisa y donde descubres que tu propia compañía también abraza.
No siempre la necesitamos, pero cuando llega, conviene recibirla.
De hecho estoy aprendiendo a no tomar nada personal, a que las cosas fluyan, a no enfrascarme en discusiones sin sentido, a no defender ninguna ideología si no a vivir de la manera que creo que sea mejor para mí.
Al final del día estaré sola conmigo mismo y poco importará si de mi vida hacen un homenaje o un escándalo. Yo ya decidí no vivir ni para el aplauso ni para la condena.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación
