Cada 10 de septiembre, Yucatán conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio.
Este año no fue la excepción: caminatas, murales, encuentros estudiantiles y llamados a la sensibilización marcaron la fecha. La sociedad civil salió a las calles, las instituciones lanzaron programas, y las autoridades tomaron el micrófono.
Y, sin embargo, septiembre termina sin que se haya anunciado una sola medida concreta orientada a coordinar los esfuerzos de quienes trabajan el tema todos los días del año.
Lo que ocurrió en septiembre tiene valor. Colectivos, asociaciones y familias organizaron marchas, eventos públicos y actividades comunitarias para visibilizar el problema y exigir respuestas institucionales. El gobierno estatal desplegó acciones a lo largo del mes, incluyendo un encuentro estudiantil con alcance a 27 mil jóvenes.
Son esfuerzos reales, protagonizados por personas reales. El problema no es lo que ocurrió, sino lo que no ocurrió: ninguno de estos actores anunció un mecanismo para trabajar juntos de manera sistemática.
Yucatán tiene organizaciones de la sociedad civil con años de experiencia acumulada en el tema, equipos clínicos, investigadores, comunidades y familias que conocen el fenómeno desde adentro. Lo que no tiene es una arquitectura que articule todo eso. Sin gobernanza compartida, cada septiembre se parecerá al anterior, mucha visibilidad, poca trazabilidad.
La conmemoración es necesaria. La coordinación es urgente. Y la diferencia entre una y otra se mide en lo que ocurre los otros once meses del año.
Programa de Becas Posdoctorales en la UNAM. Becario del Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales (Cephcis).
