La antropóloga Elisa Chavarrea Chim, narradora y poeta en maya y español y maestra en Gestión en Desarrollo Rural, señala que la tradición del Día de Muertos ha experimentado cambios estructurales desde la visión maya, tanto en sus prácticas como en la incorporación de elementos ajenos a las costumbres de la región.

Entre esas transformaciones menciona la manera de escribir el nombre de la conmemoración, la presencia del pan de muerto en las ofrendas, las celebraciones en las que las personas se pintan el rostro para representar ánimas y los concursos de altares.

Chavarrea Chim, titular de la Dirección de Patrimonio de la Secretaría de la Cultura y las Artes, explica que el nombre correcto de la tradición es Janal Pixán, con letra “j”, cuya traducción del maya al español es “comida de ánimas”.

La escritura con esta letra responde a una decisión adoptada por autoridades educativas de los estados peninsulares durante los primeros años de la segunda década de este siglo.

“Cuando ya se acerca esta fecha, los escritores y los lingüistas empiezan a hacer este debate: si debe escribirse con j o con h”.

La experta señala que detrás de esta conmemoración, que está reconocida como patrimonio cultural intangible en Yucatán, existen manifestaciones llenas de simbolismo que muchas veces pasan inadvertidas.

Desde hace generaciones, las comunidades mayas mantienen una manera particular y respetuosa de relacionarse con sus difuntos. “Incluso en las comunidades no hablamos de un Janal Pixán; hablamos de los finados, que justamente es el fin de un ciclo”.

Explica que, cuando alguien fallece, es común referirse a esa persona como el finado don Juan o la finada doña Concha, una expresión relacionada con la creencia de que ha pasado a una mejor vida.

La conmemoración representa, por tanto, el recibimiento de quienes ya no están físicamente entre sus familiares, pero que regresan simbólicamente para convivir con ellos..

La antropóloga indica que en las comunidades los preparativos comienzan en octubre, cuando se perciben cambios en el ambiente y la vegetación, con la aparición de flores silvestres.

Algunas familias empiezan a preparar sus altares y otras elaboran los textiles que utilizarán para recibir a los finados.

Chavarrea Chim dice que, mediante conversaciones con artesanas, ha conocido detalles sobre los manteles que tradicionalmente se colocan en las mesas. Estos suelen tener motivos florales y tonalidades relacionadas con la naturaleza, como rosas y morados.

También existen restricciones sobre determinadas puntadas. Por ejemplo, se prefieren las sencillas y se evita el punto de cruz, debido a antiguas creencias transmitidas entre generaciones.

Los manteles se elaboraban especialmente para recibir a los difuntos y servían tanto para cubrir las mesas como para envolver las tortillas que se colocarían junto con el chocolate y otros alimentos.

Antiguamente los productos ofrecidos provenían de la naturaleza y correspondían a las temporadas de cosecha, como el maíz y la calabaza.

“Colocamos el pibinal, el atole nuevo, tablillas de chocolate. Todo esto era lo que la propia naturaleza nos proveía”.

De igual manera, los ingredientes para preparar los pibes se obtenían del entorno familiar y comunitario. El maíz provenía de las cosechas de los campesinos, se utilizaba espelón y las gallinas se criaban en los patios de las viviendas.

Aunque actualmente el pib puede consumirse durante todo el año, antes su elaboración estaba estrechamente relacionada con la temporada y los productos disponibles.

Todos estos alimentos se preparaban para recibir a quienes, de acuerdo con la tradición, regresan una vez al año para convivir con sus seres queridos.

La preparación también constituía una oportunidad para fortalecer los vínculos familiares.

“Los que estamos vivos recibimos y convivimos con los finados y recordamos su memoria. Presentamos, a través de una ofrenda, un alimento caliente en la mesa y algunos rezos que se hacen en las comunidades”, precisa.

En las poblaciones del interior del Estado, algunas personas mayores aún acostumbran limpiar sus patios desde octubre y, en determinadas comunidades, encalar las albarradas en la última semana de ese mes. “Se limpian los patios porque hay la creencia de que vienen a visitarnos y es una fiesta de recibimiento. Algunos aún colocan los cabos de vela en las albarradas para iluminar el paso de las personas que vienen”, indica.

También comienzan a reunir calabazas para preparar dulces, y elotes para elaborar el atole nuevo.

La conmemoración del 31 de octubre está dedicada a los niños, mientras que el 1 de noviembre es para los adultos.

El 2 de noviembre se presenta un sincretismo religioso, cuando la Iglesia conmemora a todos los fieles difuntos.

Chavarrea Chim señala que, mientras en Mérida las celebraciones suelen concentrarse en esos días, en algunas comunidades se prolongan hasta finales de noviembre.

En determinadas familias se realiza entonces una despedida y se preparan nuevamente pibes para colocarlos en los altares.

Según algunas creencias, los difuntos que visitaron a sus familiares regresan al lugar al que pertenecen y llevan consigo la gracia de los alimentos recibidos, que deberá alcanzarles hasta el año siguiente.

También existe la creencia de que quienes fallecieron durante el año no participan en esta visita, sino que ayudan a transportar los alimentos de los demás difuntos.

La antropóloga añade que en varias comunidades no se acostumbra colocar pibes en los altares del 31 de octubre, pues la celebración está dedicada a los niños. En su lugar se ofrecen alimentos blandos o tamales.

Tradicionalmente, el pib se prepara ocho días después, durante el ochavario, conocido como “bix”.

Esta práctica contrasta con la costumbre de la ciudad, donde el alimento suele consumirse el 1 y 2 de noviembre.

Estas tradiciones presentan variaciones según la región y algunas son menos frecuentes que en el pasado.

Por ejemplo, en el poniente del Estado ha observado que el pib se prepara al atardecer. “Reitero que sí ha habido cambios en esas costumbres, ya que en la ciudad se conmemora de un modo y en el interior del Estado, de otro”.

Transformaciones

Entre los cambios más evidentes menciona que actualmente los pibes se llevan a hornear a panaderías y pueden comprarse prácticamente durante todo el año.

Los cambios de los espacios urbanos también han reducido la posibilidad de preparar este alimento de manera tradicional, pues muchas viviendas no cuentan con terreno suficiente para hacer el hoyo donde se cocina bajo tierra.

Chavarrea Chim considera que estas modificaciones han afectado el carácter familiar y comunitario de la conmemoración.

“Un poco de lo que se ha perdido es esa parte de lo comunitario, cómo se organizaban para recibir a los fieles difuntos como una tradición muy familiar, muy privada. Ahora es una actividad que se puede decir que es pública”.

Esta transformación se observa en las plazas, donde se llevan al cabo muestras y concursos de altares.

La antropóloga considera que no debería promoverse la competencia entre estas expresiones culturales, pues cada comunidad tiene sus propias costumbres y razones para conmemorar.

“Como si la tradición pudiera tener una competencia”, expresa.

A su juicio, resulta más adecuado organizar muestras que permitan conocer las distintas manifestaciones, sin establecer comparaciones para determinar cuál es mejor.

Estas prácticas, subraya, forman parte de aquello que identifica a las personas con su comunidad y su cultura.

Otro aspecto que le preocupa es la influencia de las tecnologías en la transmisión de los conocimientos tradicionales. Algunos jóvenes prefieren consultar libros, páginas de internet o redes sociales para conocer qué elementos deben colocar en el altar, en lugar de preguntar a padres o abuelos.

“Es más fácil ir a la computadora, al celular y preguntar qué colocar en las mesas, en lugar de acercarse con los abuelos, con las personas adultas, para conocer el porqué se hacían estas conmemoraciones”.

Esta situación puede ocasionar que se pierda el significado de determinadas prácticas, como las razones para preparar el pib en fechas específicas o colocar ciertos alimentos.

Aclara que no es negativo el uso de internet como herramienta de consulta, pero destaca la importancia de revisar las fuentes y complementar la información con los conocimientos familiares. Como ejemplo menciona la costumbre de colocar en el altar el primer pib que se retira del horno, antes de que cualquier integrante de la familia lo pruebe.

“No sé si los jóvenes saben que el primer pib que se saca se tiene que colocar en la mesa antes que cualquiera que lo pruebe, porque el alimento lo estás preparando para tu visita. ¿Quién es el que come primero? La visita”.

También advierte que algunas explicaciones difundidas en internet corresponden a tradiciones de otras regiones del país y no necesariamente a las prácticas yucatecas.

Nuevos elementos

La convivencia con personas procedentes de otros lugares, especialmente en Mérida, también ha propiciado la incorporación de elementos culturales diferentes.

Uno de ellos es el pan de muerto, que actualmente puede encontrarse incluso en algunas comunidades del interior del Estado. “Son parte de estos cambios culturales, de la interculturalidad que estamos adoptando”.

La conmemoración de los difuntos forma parte de la cosmovisión maya y se ha manifestado de distintas maneras por generaciones. Con el paso del tiempo se han incorporado expresiones que no formaban parte.

Entre ellas menciona las caminatas desde los cementerios hacia los centros de las poblaciones y la costumbre de pintarse el rostro para representar a las ánimas. “Yo respeto también otras manifestaciones que se hacen y que muchas comunidades están adoptando”, admite.

Chavarrea Chim concluye que, aunque numerosas prácticas del Janal Pixán permanecen vigentes, otras se han transformado y algunas más se han adaptado a las nuevas circunstancias culturales y sociales.— CLAUDIA SIERRA MEDINA

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