Con su padre

Conceptos medulares de la Primera Columna del 31 de mayo de 2012, en homenaje a don Abel Menéndez Romero, segundo director del “Diario”

El periodismo es la historia en movimiento perpetuo, con principio y con fin, pero sin final. El periodista es el historiador de cada día. A partir de la experiencia, que es la presencia asesora del pasado, reseña los sucesos de hoy y los interpreta para alumbrar la andadura hacia el porvenir.

El alfabeto del periodista modélico se compone de siete letras: cuatro son “H” y tres son “P”. Las siete son vasos comunicantes que no funcionan en la ausencia de una:

1) “H” de honestidad, entendida como la credencial que identifica al hombre decente que de palabra y de hecho observa los principios dictados por la moral social.

2) “H” de honradez, que es la franqueza en la expresión frontal del pensamiento y la rectitud escrupulosa, insobornable, en lo tocante a la procedencia y el uso del dinero propio y ajeno. Es un antídoto de la corrupción.

3) “Honor”: la cualidad que nos impulsa al cumplimiento de nuestros deberes con nosotros mismos y con los demás.

4) “Honorabilidad”: digno de honra, que es la buena opinión y fama que se consiguen con la práctica comprobada de la virtud y su resultado, que es el mérito.

Estas cuatro manifestaciones de la “H” se reúnen en la aplicación de las tres letras “P”:

1) “Pudor”: la exigencia íntima, irresistible, de ajustar nuestra conducta a las creencias que profesamos. Obrar de otra manera nos causaría una vergüenza insoportable.

2) “Pundonor”, que es, en nosotros, el sentimiento de la dignidad personal y, en los demás, el reconocimiento a nuestro pudor.

3) “Pericia ”: el dominio de las vertientes y los entresijos de la profesión, puesto al día en un afán constante de superación.

La satisfacción de las siete conduce a las dos cumbres del periodismo: una, el criterio, que es la única vía accesible a la segunda, que es el crédito.

El criterio es la facultad adquirida de distinguir entre la verdad y la falsedad, entre la sinceridad y la apariencia. Esta capacidad nos autoriza a tener y formar opinión sobre un asunto. Mediante el raciocinio, protegido por la prudencia y vigorizado por la reflexión, arribamos al juicio certero.

La expresión continuada de un criterio que muestra y defiende los intereses legítimos de una comunidad desemboca en el crédito, que es la opinión favorable que se tiene de nosotros, la buena fama que extiende una invitación clara a decir y hacer lo que nosotros decimos o hacemos.

Viene al caso citar aquí un párrafo del poeta y novelista clásico español Vicente Espinel: “… con esto y otras cosas estoy tan acreditado, que toda la gente ordinaria de esta corte acude a mí”.

El crédito es un río con dos afluentes. Uno es la “lealtad”. La fidelidad a toda costa a nuestras convicciones, de modo que se nos considera incapaces de mentir, engañar o traicionar. Tiene un sinónimo: la congruencia que nos hace dignos de respeto y de confianza.

El otro es el “desinterés”: el convencimiento general de que nunca buscamos el beneficio nuestro sino el provecho social. Es el “yo” subordinado al “nosotros ” y al “ustedes”. Es vecino de la generosidad y la humildad, distante del egoísmo y la vanidad.

Llego ya a nuestro concepto sobre el periodismo ideal: el que informa y orienta con la misión de fortalecer y defender las tradiciones, las costumbres, los comportamientos y las reglas morales que son los valores que nutren el bien común, primero en la familia y enseguida en la escuela, la sociedad y el país. El periodismo que puede perder batallas, pero nunca la guerra. Que, nunca despistado, sabe siempre a dónde va: en pos de la verdad, la justicia y la libertad. El periodismo que es la conciencia pública.

¿Podemos mencionar a un periodista frondoso, con la personalidad y la ejecutoria descrita?

Don Abel Menéndez Romero, segundo director (1961-1986) del “Diario de Yucatán”. A su muerte física, el Diario lo calificó de “periodista total”. Totalidad ejercida detrás de los reflectores, a la sombra fecunda del culto al trabajo, la austeridad y la modestia.

Más información sobre don Carlos R. Menéndez Navarrete

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