En Mérida la brecha salarial entre hombres y mujeres alcanza un 5.6 % a favor de los varones, según datos del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS).
Mientras ellos perciben un salario promedio diario de $507.79, las trabajadoras reciben $480.98.
Aunque esta diferencia es menor a la media nacional, calculada en 12 %, la situación se agudiza en las zonas rurales, donde cifras de los institutos Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y Mexicano para la Competitividad (IMCO) señalan desigualdades entre 14.5 % y 21.9 %, reflejo de la precariedad laboral en el campo.
De acuerdo con Javier Becerril García, profesor investigador de la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de Yucatán (Uady), la raíz del problema es cultural.
“Venimos de una sociedad con un machismo muy arraigado; aunque ya se han dado pasos importantes, reducir esta brecha tardará al menos 10 años… y eso si hacemos bien las cosas”, afirmó.
El académico expuso que la desigualdad salarial en Yucatán puede alcanzar hasta un 20 % en el empleo formal, incluso cuando hombres y mujeres tienen las mismas condiciones.
En comunidades rurales la diferencia llega hasta el 50 %, derivada de los roles tradicionales asignados a las mujeres.
“La precariedad en el empleo femenino, junto con la discriminación y la falta de políticas efectivas, perpetúa la desigualdad salarial”, advirtió.
A ello se suman factores como la falta de servicios de cuidado infantil, que limita la inserción laboral de las mujeres, y la alta informalidad, que afecta a más de la mitad de la población económicamente activa en el estado.
Aunque el gobierno presume avances en la inclusión de mujeres en cargos públicos y empresariales, Becerril García cuestionó el verdadero alcance de esas designaciones.
“Podemos tener mujeres en posiciones visibles, pero es esencial saber qué tanto pueden influir en las decisiones y cambios dentro de sus respectivas áreas”, señaló.
Como ejemplo mencionó la llegada de Claudia González Góngora a la presidencia del Consejo Coordinador Empresarial de Yucatán, lo que consideró un avance simbólico, pero insuficiente frente a los prejuicios y la desconfianza que persisten hacia la capacidad de liderazgo femenina.
En el ámbito académico, celebró que la Facultad de Economía de la Uady tenga por primera vez en más de 50 años a una mujer como directora.
Sin embargo, subrayó que la presión social es clave para romper con el “techo de cristal” en todos los sectores.
Cerrar la brecha salarial no solo representa un acto de justicia, sino también un motor de desarrollo.
Diversos estudios señalan que la equidad salarial podría incrementar el Producto Interno Bruto (PIB), al aprovechar plenamente el talento femenino y fomentar un ambiente laboral más inclusivo y productivo.
“La igualdad salarial no es solo un tema de mujeres, es un tema de toda la sociedad. Al mejorar la calidad de vida de las mujeres y sus familias, se impulsa también el crecimiento económico y se reducen conflictos y reclamaciones legales”.
Pese a los desafíos, Becerril García se mostró moderadamente optimista:
“No quiero ser apocalíptico. Creo que desde las universidades se avanza bastante; tenemos muy claros los Objetivos de Desarrollo Sostenible, entre ellos la igualdad de género. Pero no será de un día para otro. Estamos hablando de al menos una década para ver resultados reales”, concluyó.
