Con el afán bautizador de los periodistas deportivos, el cronista nombraba, por allá de los noventa, a los jugadores de un equipo de fútbol de la liga de El Porvenir, en Mérida, como “los discípulos del obispo de Hipona”.
Imposible prever que más de un cuarto de siglo después, la cabeza de la Iglesia católica fuera, no uno de aquellos jugadores; sí un discípulo de San Agustín. El primero en la historia en ocupar el trono de Pedro.
El equipo de fútbol en cuestión era de una escuela con el nombre de aquel africano, causa del mote que encasquetó el cronista.
Fue hacia allá, Hipona (hoy Annaba), a donde el papa León XIV se encaminó para seguir los pasos del doctor gratiae de la Iglesia, al empezar la gira que aún realiza por África. Un periplo que ha resultado significativo, no únicamente por el mensaje cristiano y el acercamiento evangélico que representa cada viaje papal, sino especialmente, en este caso, por el contexto sociopolítico de un mundo en guerra.
Mucho hay que aprender de León XIV por su valentía y claridad para denunciar a los autoritarios, impermeables a la crítica y con repugnancia a los contrapesos. Confrontó al bravucón del barrio, a quien, más que rebajarse como él respondiéndole en forma directa, dirigió durísimos mensajes desde África, palabras que lo mismo acomodan a su paisano que a cualquier dirigente (en funciones o dirigiendo desde su rancho) con afanes mesiánicos.
“El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos”, asestó en Camerún, segundo punto de su viaje africano. El mensaje lo mismo se amoldó a su compatriota que a su anfitrión, Paul Biya, un presidente autoritario que, a sus 93 años, es el mandatario más viejo del mundo, cuestionable mérito que adereza con la aún menos loable friolera de más de cuatro décadas en el poder.
Según Trump, el Papa “es terrible en política exterior”. Cualquiera lo es si no se suma en forma genuflexa a sus intereses.
En Argelia, tierra de nacimiento, predicación y muerte de San Agustín, León XIV sostuvo ante estudiantes que “hoy se tiende a aprobar superficialmente prácticas que antes se consideraban inaceptables. Esta dinámica se explica en parte por los cambios sociales, las limitaciones económicas y las dinámicas políticas que influyen en los comportamientos individuales y colectivos”.
También les dijo, como si de México hablara: “Cuando la simulación se vuelve norma, la capacidad humana de discernimiento se atrofia”. Tal cual se hace en forma deliberada desde el púlpito mañanero y los medios pagados.
El miércoles y el jueves subió de tono. Su escala en Camerún fue ocasión para enviar mensaje a todo el planeta contra los opresores, los gobiernos autoritarios, los que impiden la coexistencia de contrapesos. Otro saco que a México le acomoda.
A “las autoridades públicas” les dijo que “están llamadas a servir de puente, nunca como fuentes de división”.
Y agregó, providencialmente para quienes lo leemos desde nuestra latitud, que “la auténtica paz surge cuando todos se sienten protegidos, escuchados y respetados, cuando la ley sirve de salvaguarda segura contra los caprichos de los ricos y poderosos”. Hay que subrayar “todo”, “ley”, “salvaguarda” y “caprichos”. Mucho de eso hemos visto en estos años.
Son aquellos ricos y poderosos los que “fingen no saber que basta un instante para destruir, pero que a menudo no basta una vida para reconstruir”. Aplícase tal sentencia a las instituciones y contrapesos mutilados y/o desaparecidos desde los cuartos de operación de la 4T.
Los valientes discursos de León XIV se ajustan como guante a Trump, a Biya, a la 4T y a cualquier mesías de pacotilla. Son líderes en los que se encarna en toda su aberración la llamada paradoja populista, uno de cuyos estandartes, Víktor Orbán, fue desplazado esta semana después de dieciséis años aferrado al poder.
En México hemos visto la paradoja populista en toda su crudeza desde 2018. Líderes que llegan al poder prometiendo acabar con la corrupción y gracias a los medios que les ofrece una democracia sólida o en vías de serlo. Una vez en el gobierno, socavan las instituciones democráticas y los contrapesos, en favor de sus intereses particulares.
No es propio de alguna ideología. Líderes de izquierda y derecha incurren por igual en la paradoja. Las instituciones están por debajo de ellos. Hay quienes las mandan al diablo.
Orbán dejará Hungría como el país más corrupto de la Unión Europea, en tanto que, en México, el principal problema es la corrupción, según la agrupación México elige (Diario de Yucatán, 16 de abril de 2026), a siete años de que asumieron el poder quienes prometieron acabar con ella. Por el contrario, contribuyen en forma directa e indirecta convirtiéndola en galopante.
Bajo la firma de Katrin Bennhold, esta semana “The New York Times” publica interesante columna sobre las razones de la caída de Orbán en Hungría. “Durante su gobierno —escribe—, se convirtió en el gurú mundial de la ‘democracia iliberal’ (no perder de vista la i), un sistema de amplio control político sobre las instituciones húngaras, incluidos el poder judicial y los medios de comunicación”. ¿Suena conocido?
Un modelo con “un poder ejecutivo sin restricciones y desmantelamiento sistemático del Estado de derecho”. En el que, por añadidura, “los contratos públicos se adjudicaban a empresas en función de su lealtad política, no de sus capacidades o eficacia económica. En otras palabras, la corrupción y el amiguismo eran parte esencial del orbanismo”. ¿Qué tal?
No es un asunto de izquierdas o derechas. Tan corruptos pueden ser unos como otros.
Es una cuestión de decencia y valores en el ejercicio gubernamental. De que las autoridades sirvan “de puente, nunca como fuentes de división”. Es un asunto de sumarse, desde el poder, a esa “inmensidad de hermanas y hermanos solidarios” que mantienen el mundo en pie.
Habrá que seguir atentos a los mensajes del papa agustino, leídos desde nuestra realidad mexicana y yucateca.— Mérida, Yucatán
olegario.moguel@megamedia. com.mx
@olegariomoguel
Politólogo
