En semanas recientes, la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado de Yucatán activó protocolos y llamó a la calma ante la circulación del reto viral “mañana tiroteo”, entre estudiantes de escuelas nacionales, y previniendo a la comunidad estudiantil de la región.
El fenómeno no es aislado ni nuevo, la escuela, ese territorio de formación, también se ha vuelto un campo de eco para dinámicas digitales que mezclan broma, pertenencia y riesgo.
En el país, otros desafíos han seguido una lógica similar de contagio social.
Impacto de los retos virales en la mente de los jóvenes
Casos como el llamado “desafío de la asfixia” o el internacionalmente conocido Momo Challenge evidenciaron cómo contenidos peligrosos pueden viajar entre grupos de adolescentes, amplificados por plataformas como TikTok, donde la recompensa se mide en vistas, “likes” y aceptación grupal.
Desde la perspectiva cognitivo-conductual, la psicóloga Aurora Vergara Rojas explica que estas conductas no surgen en el vacío.
“Se explican por la interacción entre refuerzo social inmediato, impulsividad y distorsiones cognitivas”, señala la profesional.
En las primeras etapas escolares, el cerebro aún afina sus mecanismos de control de impulsos y evaluación de riesgos, lo que vuelve a los jóvenes más propensos a privilegiar la aprobación social sobre las consecuencias.
Pensamientos como “no va a pasar nada” o “solo es una broma” funcionan como atajos mentales que minimizan el peligro real.
Factores que influyen
A ese entramado se suman factores sociales como la necesidad de pertenecer, la presión del grupo y la normalización de conductas riesgosas en entornos digitales. El resultado es un escenario donde lo peligroso puede percibirse como aceptable, incluso deseable.
Para docentes y padres, hay señales que no deben ignorarse. Cambios abruptos de conducta, aislamiento, irritabilidad, interés inusual por temas violentos o el uso excesivo y secreto de redes sociales pueden ser indicadores de alerta.
También lo son comentarios aparentemente “en broma” relacionados con daño o amenazas, así como el descenso en el rendimiento escolar.
“Las amenazas, aunque se presenten como juego, nunca deben minimizarse”, advierte la especialista.
En el ámbito escolar, el problema no responde a una sola falla, sino a una suma de carencias estructurales como la falta de educación socioemocional sistemática, limitada alfabetización digital crítica y protocolos que suelen ser reactivos más que preventivos. La comunicación fragmentada entre escuela, familia y alumnado termina por abrir grietas donde estos contenidos se filtran y crecen.
Alcance
Las campañas de “uso responsable de redes” han tenido un alcance limitado.
De acuerdo con Aurora Vergara, muchas se quedan en lo informativo sin generar cambios reales. “Decir ‘no lo hagas’ no basta. El cambio ocurre cuando se trabajan pensamientos, emociones y conductas”, apunta.
Para ser efectivas, estas estrategias deben incluir entrenamiento en toma de decisiones, manejo de presión social y desarrollo de pensamiento crítico digital.
La especialista subraya que el abordaje no debe centrarse únicamente en el castigo o el miedo.
“Muchos adolescentes no buscan hacer daño, sino pertenecer o llamar atención. Sin embargo, el impacto puede ser grave”, indica.
Por ello, propone una fórmula más sólida, supervisión activa sin invasión, comunicación abierta e intervención temprana.
Riesgos
Ante los riesgosos retos virales entre jóvenes, un punto clave es la atención a la diversidad en el aula.
Condiciones
Estudiantes con condiciones como TDAH, espectro autista u otras formas de neurodivergencia, así como aquellos con contextos familiares complejos, pueden manifestar conductas de riesgo que requieren comprensión y acompañamiento especializado.
“No todos los comportamientos disruptivos tienen un origen malintencionado”, señala la psicóloga Aurora Vergara Rojas.
Presencia
En ese sentido, fortalecer la presencia de profesionales de salud mental en las escuelas, establecer protocolos claros y apostar por la prevención son pasos urgentes. Ya que detrás los retos virales hay más una necesidad, una emoción no procesada o un intento de pertenecer, que una tendencia. Y ahí, antes de que la idea se vuelva viral, la intervención hace la diferencia.
