El alcohol se relaciona con unas 200 enfermedades, ya sea como causa de origen o porque agrava el padecimiento. Éstas van desde úlceras gástricas y afecciones digestivas y hepáticas hasta la disminución de la capacidad de absorción del calcio, lo que en las mujeres genera osteoporosis y osteopenia.
A pesar de ello, las personas siguen bebiendo porque, como cualquier otra droga, el alcohol actúa sobre el circuito de recompensa del cerebro.
Édgar Angulo Rosas, integrante del Comité Técnico Interinstitucional sobre Alcohol, explica que toda droga, incluido el alcohol, tiene como objetivo llegar al cerebro, donde se encuentra ese circuito y donde produce su mayor efecto.
Al liberar dopamina genera una falsa sensación de tranquilidad, por lo que puede propiciar una adicción.
Ansiolítico peligroso
Por ello se le considera un ansiolítico peligroso: quienes beben sienten, a través del sistema prefrontal que adormece las neuronas, una especie de tranquilidad o de liberación.
Y eso es solo lo que ocurre en el cerebro. Como el alcohol se metaboliza en el hígado, este es uno de los órganos blanco.
Además, al ser una droga de absorción oral, afecta los sistemas digestivo, circulatorio y muscular.
“Hoy sabemos que el alcohol se correlaciona o afecta alrededor de 200 enfermedades, ya sea por causa de origen o porque complican la enfermedad; son etiológica o patogénicamente importantes”, asevera el experto.
Daños en el cuerpo
El consumo de bebidas alcohólicas, puntualiza, genera úlceras gástricas y afecciones digestivas y hepáticas, entre las que destacan la cirrosis y el hígado graso. También disminuye la capacidad de absorción del calcio, que en las mujeres ocasiona osteoporosis y osteopenia, y provoca un deterioro cognitivo y neuronal que puede afectar al sistema nervioso central.
“No estamos alejados incluso de cardiopatías, de afecciones pancreáticas y de una gama muy amplia de órganos en los que el alcohol está causando daño”, señala.
Para que estos daños se presenten, afirma, importan menos las primeras veces que se consume que la persona que lo recibe: en niños y adolescentes el daño es mayor, mientras que en un adulto el riesgo baja, pero no desaparece.
“En Estados Unidos se permite beber a partir de los 21 años porque hay una mayor madurez no solo cerebral, sino fisiológica, aunque idealmente no es recomendable para nada el consumo de alcohol”, apunta.
Cantidad y tipo
Los efectos del alcohol en el organismo, explica el entrevistado, dependen no solo de la edad, sino también de la cantidad y el tipo de bebida; o sea, de la circunstancia, la persona y las condiciones preexistentes.
Sobre si algún tipo de alcohol daña más que otro, indica que en muchos lugares aún se elabora alcohol artesanal y que en algunos se utiliza alcohol adulterado: destilado de madera; es decir, metanol y no etanol, que puede dejar ciegas a las personas y causar muertes tempranas.
Peligro de muerte
Sin embargo, advierte, el alcohol convencional también puede alcanzar una dosis mortal.
“Muchas veces, en las primeras exposiciones al alcohol, la ingesta de los jóvenes es tan voraz, tan fuerte, que pueden poner en peligro la vida. El alcohol es una droga depresora que va durmiendo el cerebro y puede dormir zonas que controlan la respiración o el sistema cardiaco”.
“El hecho de que las bebidas alcohólicas sean legales normaliza los riesgos y los invisibiliza”, subraya.
Juventud en riesgo
La sustancia que más discapacidad genera es el alcohol, afirma, y prueba de ello es que cuatro de las principales razones por las que muere la población joven —la violencia, el suicidio, los accidentes de tráfico y los ahogamientos— se correlacionan altamente con su consumo.
Quien bebe, manifiesta, tiene mayor incidencia de suicidio, accidentes de tránsito y ahogamiento, así como de violencia, pues al dormir el cerebro se toman decisiones bajo los efectos de la intoxicación.
Más del 50% de los accidentes de tránsito se relaciona con la ingesta alcohólica, precisa.
Además, el alcohol es una de las principales causas de discapacidad adquirida: “Hay personas que nacen con una discapacidad, eso es entendible, pero en la discapacidad adquirida, el alcohol es de los que más puntea como causa”.
Inicio temprano
El consumo inicial ocurre a edades alarmantemente tempranas, resalta: los adolescentes empiezan a beber a los 12, 13 o 14 años, pero eso se debe a que las encuestas comienzan a preguntar desde los 12. Hay registros clínicos de niños que empezaron a los 8, 9 o 10 años, algo que se ve muy normalizado cuando se trata de bebidas dulces que en algunas regiones del país se dan a los menores.
“Cuando empieza el contacto inicial con el alcohol, empieza luego el consumo habitual, y eso ya se considera abuso por ser menores de edad. El abuso puede ser leve, moderado o severo, y eso nos lleva a la dependencia leve, moderada o severa, y al daño orgánico.”
El problema, destaca, es que el concepto de alcoholismo se asocia siempre con la persona tirada en la calle, sin posibilidades de recuperación, cuando en realidad tiene muchas etapas de desarrollo.
Normalización social
Por ello no hay que normalizar el consumo en menores, ni tendrían que ser estas bebidas parte cotidiana de los rituales de las fiestas.
“El lugar social del alcohol es un lugar que no le corresponde, pues lo primero que hace una persona que es buena anfitriona es invitar a beber”.
Además, enfatiza la necesidad de plantear de forma distinta la política pública sobre el tema, por ejemplo, replantear si de verdad se quiere que los deportes sean patrocinados por empresas que venden bebidas alcohólicas: “Por un lado le decimos al joven ‘no bebas y haz deporte’, pero por otro vemos que el fútbol, el béisbol y todos los deportes están patrocinados por las alcoholeras”.
Mito del vino
Édgar Angulo desmiente el mito de que una copa de vino al día es buena para la salud: “Antes se decía eso, hoy se sabe que no es así”.
El alcohol no es bueno para la salud, asegura, y hace tiempo se descartó que sea cardioprotector. “Hoy se sabe que no es el alcohol, sino el estilo de vida y la alimentación lo que protege.”
En Europa, detalla, se consumen aceite de oliva, grandes cantidades de pescado y ensaladas, una alimentación distinta a la del país, y además se bebe moderadamente, por lo que hoy se sabe que lo que protegía no era el alcohol, sino el estilo de vida.





