• Desde la despensa hasta los servicios y el mantenimiento del hogar, la organización y responsabilidad familiar ayudan a cuidar el presupuesto
  • Para varios jóvenes profesionistas de Mérida, salir de la casa de sus padres implica enfrentar ingresos limitados y falta de prestaciones

“Sueño con el día en que pueda independizarme, salir de casa de mis papás y hacer mi vida”, comenta Armando, de 26 años de edad y vecino de Mérida.

“No me malinterpretes, amo a mis padres, quiero a mi hermano y me gusta la vida en familia; disfruto cuando juntos salimos a pasear, al cine, a la playa, los domingos de juegos y pizzas hechas en casa, y aunque también me agrada salir con mis amigos a divertirnos, siempre caigo en la dolorosa realidad: no puedo dejar el hogar familiar si no tengo un lugar para vivir dignamente y dinero para mantenerme”, cuenta.

Nacido en los albores del siglo XXI, hace casi cuatro años Armando terminó la carrera de Diseño Gráfico y animación 3D.

La pandemia del Covid-19 se atravesó durante el proceso, dos años estuvo cursando en línea y desde entonces la relación con sus compañeros se tornó un tanto distante.

Son pocos los integrantes de su generación con los que guarda una relación estrecha, pero las escasas ocasiones en que pueden reunirse la gran mayoría lo llaman afortunado y le envidian.

Primero, por la relación que guarda con su familia, y segundo, principalmente, porque es el único de la generación que labora en una empresa afín a su campo: desde hace tres años es diseñador de producción gráfica de materiales físicos, digitales y audiovisuales en un brocker inmobiliario de la capital yucateca.

El resto de compañeros de Armando, los que forman parte de la fuerza laboral activa de la entidad, trabaja en ventas, plataformas digitales y servicios de toda índole, sin relación con su campo de especialización; muchos otros no tienen tanta suerte y continúan desempleados.

No han sido pocos los que le han pedido a Armando que les ayude a colocarse en el mismo sitio donde labora y haciendo lo que él hace, pero nuevamente la realidad es aplastante: no hay suficientes plazas para otros profesionales de su campo, y aun para él, que posee un título universitario y a lo largo de tres años ha depurado sus destrezas y habilidades en el uso de herramientas digitales, lo cierto es que su salario no ha tenido grandes modificaciones en todo ese tiempo; gana menos de $10,000 mensuales trabajando jornadas de nueve horas cinco días por semana.

Cuando mejor le va, se reparten comisiones por ventas, pero cada vez son menos las ocasiones y los montos.

Mayo y diciembre son los mejores meses para Armando, en el primer mes le pagan utilidades y en el segundo el aguinaldo.

Sin afore

La seguridad social no es una prestación en su caso, él debe cubrir eso por su cuenta; en consecuencia, no tiene Infonavit ni una afore, ahorra lo que puede, pero aún está muy lejos de consolidar un capital suficiente para acceder a un instrumento de inversión mínimamente rentable.

Lo poco que logra ahorrar le sirve para renovar sus herramientas de trabajo, acceder a una laptop de última generación o a un teléfono de gama alta para estar al día, en su campo laboral no es un lujo, sino una necesidad.

A veces lo que ahorra solo sirve para dar un corto enganche, el resto lo tiene que cubrir a crédito y para eso suele buscar promociones en tiendas departamentales donde pueda pagar a meses sin intereses.

Armando no tiene un vehículo propio, se desplaza de un lugar a otro en autobús como la gran mayoría de las personas.

“Mi historia no es tan diferente a la de mi hermano mayor, Samuel, de 30 años de edad; él es ingeniero en sistemas, estudió becado la carrera y se graduó a mediados de 2019”.

“Desde los 18 años trabaja para obtener un ingreso propio, primero como barista en una franquicia de café y luego como mesero los fines de semana en una banquetera local, donde una buena noche era la que se recompensaba con una generosa propina”.

“De hecho, ambos trabajábamos juntos para la banquetera aunque en mi caso, por mi edad, me destinaban a apoyar tareas en la barra de bebidas, ahí casi no se gana propinas”.

Samuel sigue viviendo en casa de sus padres, por casi siete años ha trabajado en una firma que brinda soporte técnico a varios clientes.

Su salario mensual ronda los $12,000, tiene seguridad social, afore e Infonavit, pero su puntaje aún es muy bajo para aspirar a un crédito que le provea de una vivienda atractiva: las opciones que le ofrecen suelen ubicarse en la periferia sur de la urbe.

Es soltero, no tiene vehículo propio, con cierta frecuencia adquiere en línea muebles y electrodomésticos que tiene en su habitación, pero que están al servicio de todos los habitantes de la casa, productos que suele adquirir en ofertas de tiendas digitales y que espera llevarse algún día cuando se haga de una casa propia.

Armando y Samuel tienen empleos diferentes con salarios diferentes y siguen viviendo en casa de sus padres. Su madre, de 54 años, es auxiliar administrativa en una oficina; su padre, de 56, es empleado en una firma editorial, ella tiene un ingreso de casi $10,000 al mes y él, de alrededor de $15,000. La casa es propia desde hace algunos años.

La dinámica familiar y la economía del hogar son una serie de acuerdos y compromisos mutuos, basados en la responsabilidad y el deber: todos trabajan, todos aportan.

Los montos son proporcionales a los ingresos, nadie se queda con los bolsillos vacíos, pero es menester que periódicamente se haga la despensa en el supermercado, se colabore con las cuentas de luz, agua, telefonía e internet, gas, predial, basura, gasolina y mantenimiento para el vehículo familiar, cambio de placas, seguro, renovación de licencias (todos conducen), diversiones, paseos, ropa, calzado…

La limpieza del hogar se divide entre todos: barren, trapean, sacuden, cocinan, lavan la ropa, colaboran en el planchado de la misma y hasta en el riego del jardín.

Cualquier gasto imprevisto se afronta entre todos, al hacerlo la situación financiera se torna más desahogada, se fomenta el ahorro y se evitan los gastos innecesarios.

La cultura del reciclaje en el hogar se sustenta en la venta de pet, latas de aluminio y periódicos, principalmente.

Todos aportan para la manutención de las mascotas del hogar, dos perras que consumen alimento, atención veterinaria, accesorios, vacunas, etcétera. Bañarlas es tarea de todos.

Los trabajos elementales de electricidad, plomería, albañilería, jardinería, carpintería, pintura, impermeabilización, los realiza la propia familia. Cualquier forma de ahorro con garantía de seguridad y eficiencia es bienvenida.

Eventualmente se pagan servicios como gimnasio, odontología y nutrición.

Todos poseen tarjetas de crédito o departamentales, aprender a usarlas les ha permitido mantener cierto control en las mismas. El secreto es no sobregirarse, realizar compras importantes inmediatamente después de las fechas de corte para ampliar los plazos de pago, no pagar solo el mínimo, de preferencia la mensualidad completa.

Por consenso de todos, se utiliza la tarjeta de crédito que resulte más ventajosa al momento de comprar; si se trata de una compra por arriba de $10,000 se utiliza la que ofrezca de 9 a 12 meses sin intereses, compras menores se hace uso de las que ofrecen de tres a seis meses sin intereses.

Se va al cine, es los lunes o martes, nunca de jueves a domingo, pues los dos primeros días de la semana hay atractivas promociones en dulcería y 2×1 en admisión.

Se cuenta con tarjetas de usuario frecuente que permite generar puntos que equivalen a dinero en efectivo, mismo que se utiliza para pagar entradas o más productos de dulcería. Todos los de la familia cuentan con la suya.

En el restaurante cada quien paga lo que consume y la parte proporcional de la propina. Cuando el pago total se hace con tarjeta de crédito, se elige una y al final todos abonan antes de la fecha límite de pago.

Ahorro

El ahorro tiene tres canales: la alcancía, la cuenta de ahorro y la inversión a plazo fijo. En las primeras suelen depositarse las monedas sueltas, el cambio que se queda en las bolsas.

En las segundas se deja una cantidad equivalente al 10% del salario para cualquier emergencia.

La tercera opción, la que ofrece rendimientos, es una cuenta conjunta donde cada mes se destina una cantidad con miras a algún proyecto relevante para la casa.

La ropa y calzado se adquieren de promoción, dos o tres veces al año; las prendas de marca están permitidas, pero quien las adquiere debe pagar la diferencia del precio respecto a lo presupuestado.

Lo que ya no se usa pero está en buen estado se vende en un bazar cada cuatro meses y la ganancia se utiliza en la compra de gasolina, un almuerzo familiar o una salida al cine.

“Algo que hemos aprendido de vivir en familia es que nos tenemos unos a otros para apoyarnos, cuando vivimos de esta manera compartiendo gastos no por obligación, sino por convicción, la economía familiar funciona”, dice Armando.

“Sin grandes lujos, sin ostentación, en forma moderada, austera, ligeros de equipaje para que las cosas no se vuelvan lastres de nuestra existencia o nos roben la libertad y la felicidad”.

“No sé cuánto más tiempo Dios nos concederá seguir viviendo así, pero soy consciente de que algún día habré de marcharme. ¿Cuándo? No lo sé; hoy día no podría hacerlo por mi salario bajo y no poder pagar una renta”.

Emanuel Rincón Becerra, reportero de la Agencia Informativa Megamedia (AIM). Es licenciado en Ciencias de la Comunicación con 32 años de trayectoria en periodismo; ingresó a Grupo Megamedia en 1994. Se especializa en turismo, arqueología, vida empresarial, historia, arte, cultura y fotografía.