En la dinámica actual de Yucatán, la mujer ha asumido un rol que, aunque admirable, pocas veces se cuestiona. Es frecuente verla liderando instituciones, coordinando proyectos, resolviendo pendientes y, al mismo tiempo, sosteniendo la vida familiar y el hogar.

Esta capacidad de respuesta ante múltiples demandas se ha normalizado bajo una etiqueta que incluso podría sonar poderosa: la “mujer multitask” (multitarea).

Sin embargo, desde la perspectiva médica, es importante decirlo con claridad: intentar cumplir con todo al mismo tiempo no es una superpotencia. Es un hábito que, sostenido en el tiempo, tiene un impacto directo en la salud física, mental y hormonal de la mujer.

El cerebro humano no está diseñado para realizar tareas complejas de manera simultánea. Lo que realmente ocurre es un proceso conocido como cambio de tarea o de objetivo cognitivo.

La atención no se divide; se desplaza. Saltamos de una actividad a otra a una velocidad tal que da la ilusión de simultaneidad, pero ese cambio constante tiene un costo. Diversos estudios, entre ellos investigaciones de la Universidad de Stanford, han demostrado que este tipo de dinámica puede reducir la productividad de manera significativa y aumentar la probabilidad de errores.

Pero más allá del rendimiento, lo relevante es lo que ocurre a nivel fisiológico: la corteza prefrontal, encargada de la toma de decisiones y la concentración, entra en un estado de sobre exigencia constante.

Este proceso consume más energía, más oxígeno y más recursos metabólicos de lo que el cuerpo puede sostener de forma prolongada.

Al final del día, lo que queda no es eficiencia, sino agotamiento. Un cansancio que no siempre se resuelve con descanso físico, porque es, en gran medida; un desgaste mental acumulado.

Cuando esta forma de funcionamiento se vuelve crónica, el impacto deja de ser solo cognitivo y se traslada al cuerpo. Vivir en un estado permanente de urgencia activa de manera sostenida los sistemas de estrés.

El organismo responde elevando cortisol y adrenalina, hormonas diseñadas para momentos puntuales de alerta, no para sostenerse durante toda la jornada —y mucho menos durante años—.

Organismos como la Asociación Americana del Corazón han señalado que el estrés crónico, particularmente en mujeres con múltiples cargas de responsabilidad, se asocia con un mayor riesgo cardiovascular a mediano plazo. A esto se suman alteraciones metabólicas, mayor predisposición a resistencia a la insulina y desregulación del sistema endocrino.

En la práctica clínica, esto se traduce en algo que vemos con frecuencia: ciclos menstruales irregulares, mayor intensidad de síntomas en perimenopausia, fatiga persistente, insomnio y una sensación constante de estar “al límite”. El cuerpo empieza a enviar señales. No de debilidad, sino de saturación.

Hay otro fenómeno silencioso que acompaña este estilo de vida: el descuido preventivo. Paradójicamente, muchas mujeres son excelentes administradoras de la salud de su familia, pero postergan la propia. Las revisiones médicas se dejan para después, el ejercicio se vuelve opcional y el descanso se negocia.

Datos de la Organización Mundial de la Salud han señalado que la falta de tiempo derivada de múltiples jornadas es una de las principales razones por las que las mujeres retrasan estudios básicos como mastografías, papanicolaou o evaluaciones metabólicas. No es desinterés. Es saturación.

En consulta, no es raro encontrar cuadros de fatiga crónica, trastornos del sueño o ansiedad donde el origen no es una enfermedad específica, sino la ausencia prolongada de espacios reales de recuperación. El compromiso con el entorno es tan alto que el autocuidado se percibe, de manera equivocada, como un lujo o incluso como motivo de culpa.

En el marco del Día de la Salud de la Mujer, que mañana se conmemora, vale la pena replantear esta narrativa. Cuidarse no es un acto de egoísmo ni una pausa innecesaria en la productividad. Es una necesidad clínica. Es la base sobre la cual se sostiene todo lo demás. No se trata de hacer menos, sino de hacer mejor.

De transitar de la simultaneidad forzada a una atención más consciente. Resolver una tarea a la vez no solo mejora el enfoque, también reduce la carga mental. Incorporar pausas breves durante el día permite regular los niveles de estrés. Y, sobre todo, reconocer que la salud propia merece un espacio fijo en la agenda, al mismo nivel que cualquier compromiso profesional.

Pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo tienen un impacto profundo. Dormir mejor, respetar tiempos de comida, moverse con regularidad, acudir a revisión médica y permitirse momentos de desconexión no son detalles menores; son intervenciones preventivas reales.

Ningún sistema ni familiar, ni profesional, es sostenible si se construye sobre el desgaste constante de quienes lo sostienen. La exigencia de “poder con todo” ha sido una narrativa ampliamente aplaudida, pero pocas veces cuestionada desde la salud. Desmitificarla no implica renunciar a la capacidad, ni al liderazgo, ni al compromiso. Implica entender que, para sostenerlos en el tiempo, es indispensable cuidar la base: la salud. Porque para poder cuidar, liderar, transformar y acompañar a otros, la primera salud que debe estar en equilibrio es la propia.

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