(Primera Columna publicada el 31 de mayo de 2005)
Si: recordar es vivir. El primero que lo dijo se apuntó un 10. Casi terminaba el siglo XIX cuando el mayor poeta mexicano, Amado Nervo, opinó en una de sus atildadas “Crónicas” (mayo de 1898) que recordar es rebelarse contra una ley de la vida: la ley del olvido. Otro de los grandes de las letras hispanoamericanas, Eugenio María de Hostos, puertorriqueño internacional, periodista de fuste, escribió en un estudio sobre Hamlet (“Meditando”, París, 1909), que hay una religión que tiene devotos tanto entre los pueblos como entre los individuos: la religión del recuerdo.
La columna se propone en estas líneas rendir culto al recuerdo porque Diario de Yucatán cumple hoy 80 años. Empezaremos con una nota que este periódico publicó en la primera página de su edición del domingo 29 de noviembre de 1936, con el título de “Personal”, con letra negra, en un cuadro: “Por prescripción de sus médicos de cabecera, los distinguidos doctores don Romualdo Manjarrez López, y don Federico Sauri, y para consagrarse exclusivamente a la atención de su muy delicada salud, el Sr. don Carlos R. Menéndez se retira por tiempo de la Dirección del Diario de Yucatán y de la gerencia de la Compañía Tipográfica Yucateca, SA, editora de éste, sustituyendolo, respectivamente, en dichos cargos, el Subdirector Lic. don Abel Menéndez Romero y el Subgerente don Rubén Menéndez Romero”.
Don Abel, que tiene 31 años de edad, estaba en los periódicos desde antes de los 10, cuando iba ya a la rotativa a intercalar los suplementos del segundo diario de su padre: “La Revista de Yucatán”.
Cuando don Abel nace, el primer periódico de don Carlos, “La Revista de Mérida”, fundado en 1869, tiene 37 años y es, como lo proclama en sus páginas, “El diario más antiguo de la Península y de la República”.
“La Revista de Mérida”, mártir de la libertad de expresión, sucumbe materialmente en 1911, pero regresa a la vida en 1912, cuando don Carlos inicia desde la cárcel la publicación de “La Revista de Yucatán”, otro mártir en el santoral de la prensa libre: fue destruida e incendiado en 1924 por sicarios del gobierno.
Como ave fénix, entre las cenizas de los talleres saqueados, las dos “Revistas” resucitan el 25 de mayo de 1925, al salir a la luz el tercer periódico de don Carlos: Diario de Yucatán.
Fueron, hijo, en verdad, un solo periódico, porque su espíritu es el mismo. Si ha tenido tres nombres es sólo porque el gobierno despojó a don Carlos del título de los dos primeros. En realidad, hoy cumplimos 136 años. En México somos por derecho, si no de hecho, los más antiguos en el gremio. A los 20 años de edad, como linotipista -noble antecesor de la computadora-, reportero y redactor, trabajos que terciaba con sus estudios de jurisprudencia, don Abel es testigo de nuestra tercera fundación. En 1928 se gradúa de abogado y en 1929 lanza, bajo su dirección, el “Diario de la Tarde”. A los 24 años es el director de periódicos más joven de México.
En el editorial de apertura del “Diario de la Tarde” hace público las que eran ya y serían hasta su muerte las reglas de su existencia: “Al amparo del trabajo -nervio de vida- , queremos hacer un periódico eminentemente libre, honrado, digno, veraz. dentro del criterio ampliamente conocido del Diario de Yucatán …Todo por Yucatán y para Yucatán y por la augusta Patria mexicana”.
Así como las dos Revistas y el Diario son un periódico en solitario, don Abel llegó a identificarse a tal grado con don Carlos, que en el fondo era un periodista en solitario. El hijo era el “alter ego”, el otro yo del padre. El mismo Director.
Es natural, por lo tanto, que el 29 de noviembre de 1936, al salir a la Habana para atender al restablecimiento de su quebrantada salud, don Carlos, en su nota titulada “Personal”, anuncia que la Dirección queda a cargo de don Abel.
Así se quedó. En la década de los 40, pasada ya la mitad, recluido de nuevo en un hospital de La Habana por otra crisis en su salud -la Clínica de la Merced-, don Carlos confía en uno de sus nietos: “Yo firmo con los ojos cerrados lo que escriba mi hijo Abel”. En su testamento protocoliza la herencia.
Don Carlos ocupó 36 años la Dirección: desde el 25 de mayo de 1925 hasta su desaparición física el 12 de diciembre de 1961. Es el gran fundador en la historia de la prensa nacional. El patriarca del periodismo mexicano. El guerrero por excelencia de la prensa libre. El yucateco del siglo XX.
Don Abel fue subdirector 25 años: desde 1936 hasta 1961; director otros 25: desde 1961 hasta su muerte corporal el lunes 3 de febrero de 1986. 50 años al frente del periódico. 60 a su servicio: desde que lo vio y ayudó a nacer en 1925. Si: su padre es el fundador, el patriarca, el guerrero. Don Abel es el Diario de Yucatán.
Cumplió con rigor en sí mismas las reglas que anunciaron para el periódico en 1929: fue una persona eminentemente libre, honrada, digna, veraz. En el culto al trabajo fue un modelo de entrega: completa, discreta, sin ruido. Ni firmaba sus editoriales ni publicaba sus fotografías. No buscó reconocimientos familiares, renombre social, recompensa económica o ventaja política. Enemigo del exhibicionismo, austero en la línea franciscana, era insobornable por los cuatro puntos cardinales. Vertical sin aspavientos, pero sin concesiones a la presión que compra o intimida.
Esta independencia de las pasiones ajenas a la verdad ya la justicia contribuyó a formar y fortalecer una de sus aportaciones fundamentales a las causas nobles de Yucatán: un criterio sereno, prudente, equilibrado, que penetraba con limpieza y profundidad de espada, espada de inflexible acero toledano, hasta el centro de los asuntos públicos para escarbar con puntería el enfoque certero. Un criterio que a la luz de sus éxitos parecía clarividencia.
El periódico fue su bufete de abogado del pueblo, su atalaya de vigilante asiduo de la autoridad para orientar sus pasos hacia la ley, su ariete para combatir los vicios que debilitan a la sociedad, su apostolado para difundir y exaltar las virtudes cristianas que la fortalecen, su cátedra de maestro munificente del arte de conseguir una fuerza de oficio el bien común. Lo hizo en el señor callado de la modestia. Don Abel era la raíz invisible. El tronco de la copa frondosa era el Diario. Siempre el Diario en primero, en único lugar.
El lector sabe que procuramos no hablar de lo nuestro. Pero hay un motivo singular para unir las efemérides de hoy al recuerdo de Abel Menéndez Romero: nació el 12 de febrero de 1905. Hace un siglo. 2005 es el año de su centenario.
Para concluir esta evocación entrañable, regresamos a su principio. Recordar a don Abel es volver a vivirlo. Volverlo a vivir en público, porque cada día sigue con nosotros en la intimidad del trabajo. Cada día en este periódico es una rebelión contra el olvido. El olvido de que por las venas y arterias de Diario de Yucatán corre la savia fecunda de su mente y su corazón. Recordamos hoy su obra y su persona como los devotos llegan, con sus pecados a cuestas, a buscar, en su religión, la guía luminosa de la doctrina y el apoyo redentor de su santoral.
A todos los que hicieron los tres diarios fundidos en uno, a todos los que nos han favorecido con su respaldo y simpatía desde 1869, 1912 y 1925, nuestra emocionada gratitud. Gratitud que empieza con la Divina Providencia e implora su bendición para Yucatán y la Patria mexicana. Amén.
