(Primera Columna publicada el 6 de abril de 2009)
No se debe sólo a causas materiales, como instalaciones y equipo inoperantes, la indignación pública por las anomalías, tan graves, en que ha caído la atención a los enfermos en el Hospital O’Horán, tema de la columna de ayer. Hay peores.
Peores porque tienden a revelar una falta de profesionalismo y responsabilidad en un sector del personal médico asignado al nosocomio.
En plática con un redactor de este periódico, un ex director del O’Horán asegura que la inasistencia de médicos, que cobran sueldo sin trabajar, o sólo cubren una parte de sus turnos, es uno de los principales, si no el primero, de los detonantes de las denuncias y las escenas de horror que están acaparando titulares en la prensa.
El rezago en los quirófanos, por ausencia o retardo de cirujanos, suele ocasionar una reducción importante en el plan diario de intervenciones. A guisa de ejemplo, digamos que un programa de doce operaciones se reduce a la mitad o a la tercera parte.
Multiplique el lector por los días del año y entenderá por qué se prolonga la ocupación entera de los pabellones de enfermos que pasan días o semanas en la angustia de una espera inesperada o un olvido criminal.
Entenderá también por qué los pasillos se atiborran de una población doliente frente a consultorios que están vacíos, que funcionan a medios turnos o, si el médico no llegó tarde, ni se va temprano, son insuficientes para atender en el horario de reglamento a una multitud que rebasa con creces la capacidad para servirla.
Una multitud de pacientes que, si les va bien, reciben la migaja de unos cuantos minutos a cuenta de una atención que nunca será saldada. Pacientes que no pueden regresar a ver cuándo les toca, porque viven lejos, o no tienen dinero para ir, volver y regresar.
Pacientes que rodeados de sus familiares desbordan el hospital y se derraman sobre las escalinatas, por los alrededores, en un espectáculo cotidiano que mueve a la compasión, la incredulidad o la ira del visitante abofeteado por los tufos concentrados de la ignorancia, la falta de higiene y las hedores de la miseria.
Síntesis de este panorama denigrante ha sido la sala de urgencias. Están hacinados los protagonistas de las emergencias, regados por el suelo, regañados además. Hay que brincar a uno para llegar a otro y pasar sobre éste para conseguir un lugar ante la recepción.
¿Qué verá hoy el secretario federal de Salud, si viene, a inaugurar unas mejoras que, según se nos informa, incluye unas puertas de cristal que encapsulan en la sala de urgencias los malos humores de una pestilencia generalizada, mientras guardias armados impiden o restringen el tránsito en una imagen más propia de un presidio?
En una visita del presidente Miguel Alemán a Mérida fue comprobada la farsa de instalar cristales en el edificio que inauguraría primero y quitarlos enseguida para colocarlos en la siguiente inauguración del recorrido. ¿Qué recorrido se ha dispuesto hoy para el jefe nacional de la salud?
Sobran motivos para pensar que obra de última hora, maquillajes o manos de gato se confabulen para convencer al secretario de que la rehabilitación de los 200 millones de pesos al O’Horán es el remedio eficaz para problemas que ameritaron, para resolverlos, la construcción de un Hospital Regional de Alta Hospitalidad de 900 millones boicoteado, como señalamos ayer, por el cambio político del PAN al PRI en el timón de mando de la administración pública estatal.
¿Se exagera al describir aquí los achaques del O’Horán? ¿Se ha dibujado nada más una caricatura que tiende a destacar en desmedida los rasgos repulsivos de la realidad? Valen la pena estos riesgos que la columna corre, consciente de que hay estimable personal médico y de enfermería que se esfuerzan para superar o aliviar las deficiencias con abnegada entrega al cumplimiento del deber.
Pero consciente también la columna de que a punta de millones de pesos no se podrá poner fin al caos de un hospital si no se encuentra la forma de garantizar la atención oportuna y responsable que le niegan los médicos que por razones pecuniarias distraigan hacia otros destinos, incluso de cátedras universitarias, los conocimientos y la experiencia que son el alma de una institución para la salud. A ver quién les pone el cascabel a los gatos.
