(Primera Columna publicada el 1 de septiembre de 2007)
La decisión de la mayoría suele dirimir las discrepancias en un país o una sociedad que no está sometida a un poder autocrático en cualquiera de sus versiones, como lo es una dictadura de partido.
Si en el Reino Unido o España hubiera un desacuerdo sobre una intervención del monarca o el primer ministro ante el parlamento, una votación en la Cámara de los Comunes, en el caso de Londres, o en las Cortes, en Madrid, zanjaría la cuestión.
Nosotros los mexicanos tendemos a ser distintos. Se sabe que hay legisladores a favor de que el señor Calderón pronuncie el discurso habitual ante el pleno de las cámaras cuando hoy cumple el precepto de rendir el informe anual sobre su administración. Otros se oponen.
Debe extrañar a los extranjeros que nadie pida una votación para conocer qué opina la mayoría. El PAN, como partido en el gobierno, desea que el señor Calderón diga el discurso, pero no solicita la consulta.
El PRI tampoco. Parece que sigue jugando a “la antigüita”. No está con Dios ni con el diablo. Hace lo que al partido le aproveche, le conveniente a México o no. ¿Gallina que bebe huevo?
El PRD continúa en su papel de chico malcriado. Grito, pataleo y trompada si no se hace lo que quiere. Lo que no quiere es que Calderón pronuncie el discurso.
El PAN no se atreve a exigir que se imponga la voluntad de la mayoría. Al PRD le vale un cacahuate lo que piensen los demás. El PRI se pega a la pared a ver qué saca. Mientras tanto…
Encuestas van y vienen. Los editoriales invitan a la sensatez ya la cordura, como se denomina hoy a las componendas. Las entrevistas llenan los espacios más cotizados de la televisión con sermones edificantes. Las sacrosantas instituciones y sus voces suplican y ruegan a los legisladores que no se peleen en abundantes exhortaciones a que, por favor, se porten bien. Todos tienen algo qué decir, opinar, pontificar, pero…
¿A quién se le ocurre recordarles a los diputados y senadores cómo la gente civilizada resuelve sus diferencias en las naciones que viven, o dicen que viven, en una democracia?
En esta polémica sobre el informe del Presidente algo está muy claro: el temor a la violencia y el lucro con ésta impiden que se manifieste y cumpla la voluntad de la mayoría de los representantes del pueblo. El escándalo eclipsa la verdad en el gobierno.
La verdad saldría a la luz si en un acto público se vota a favor o en contra del discurso de Calderón. Si la mayoría se opone, que el Presidente se limite a llamar a las puertas de San Lázaro y entregar el documento a quien las abra. Si sólo una minoría se opone, que no asiste a la sesión, que se va con su hígado a otra parte, sin alterar el orden público.
Creemos que el Congreso tiene a su disposición una fuerza pública para impedir que la arbitrariedad llevada al extremo de la grosería agreda a un invitado o impida por la fuerza que en México funcione la democracia. La libertad de expresión no es válida cuando atropella derechos ajenos o procedimientos tutelados por la ley.
Un acuerdo de última hora, por bienvenido que pueda ser, pocos lunares le quitarán a este comportamiento que por su déficit de civismo ha causado la pérdida de tiempo valioso y extendida la erosión que carcome a los partidos, la distancia del sentimiento popular y complica cuando no frustra la tarea de gobernar según las necesidades y las aspiraciones de los mexicanos.
