(Primera Columna publicada el 31 de mayo de 2009)
De rigurosa etiqueta. Así llegó anoche César Pompeyo a la Plaza Grande. El reportero llegó con un sobre, con una copia de la “Nota del día” que publicamos hoy en la primera plana. Llevó también un bote con uno de los cinco sabores de los 600 helados que los Polito trajeron al “Diario” el viernes con motivo de nuestro aniversario.
Es una tradición que inauguró hace 70 años don Vicente Mena, el primer “Polito”, que no fue el introductor, el pionero del sorbete en Yucatán, pero que tenía méritos suficientes para serlo.
Una tradición que se refrenda de generación en generación. El hijo, el nieto y el bisnieto vinieron juntos anteayer a repartirnos los helados.
—Como en tu periódico, reportero —comentó don César, después de leer la “Nota del día”—. El abuelo Carlos R., primer director. El hijo Abel, segundo. El nieto Carlos R., tercero. El bisnieto Carlos R., cuarto director. ¿Por qué el segundo no fue Carlos también?
—El primer hijo de nuestro fundador, también Carlos de nombre, falleció muy joven.
En la banca de costumbre, en compañía del helado de mango, Pompeyo y el reportero repasaron la historia del “Diario”. Evocaciones entreveradas de anécdotas. Por ejemplo:
En 1931, el gobernador García Correa fue a la ciudad de México a informar a Plutarco Elías Calles, jefe máximo de la revolución: “General, cerré el ‘Diario de Yucatán’”. Calles le preguntó: “Y Menéndez, ¿sigue vivo?”. Respuesta afirmativa. “Pues no has hecho nada”, concluyó el dictador.
Don Carlos, el fundador, falleció el 12 de diciembre de 1961. Ya habían muerto todos los que quisieron matarlo. Su periódico sigue vivo. Hoy, al comenzar el año 85 de su existencia, la cuarta generación asume el mando. No es por herencia: es por méritos.
Otra anécdota. El punto final de una polémica entre el jefe de la 32a. Zona Militar, con sede en esta plaza, y el “Diario”. Un editorial de don Carlos en primera plana. Quizá el último que escribió. Terminaba así: “General, se rajó usted como tabla vieja”. La pluma fue y sigue siendo más poderosa que la espada.
—Y usted, don César, ¿por qué está de negro?
—Cuando don Juan Montalvo, ilustre político y escritor ecuatoriano, autor de “Los capítulos que se le olvidaron a Cervantes”, se sintió morir (1889), pidió que lo vistieran de etiqueta y lo sentaran en la sala, a esperar a la muerte. Cuentan, reportero, que así murió.
—¿A dónde va usted? ¿Al entierro de quién?
—No voy: vengo al sepelio, por así decirlo, de la banca de costumbre. Vengo a jubilarla, reportero. Hoy es mi último día. Mi despedida. Ya le devolví la banca al Ayuntamiento. En una carta al Cabildo.
Recordaron algunos episodios de la trayectoria pompeyana en la Plaza Grande. Cuando se proclamó candidato a la gubernatura en 1969. Cuando presidió en 1973 la fundación del cerverismo, como doctrina, no como sistema de gobierno, entre las llamas de los locales asaltados por la multitud que pedía la cabeza del gobernador.
—Sí, reportero: no regresaré a la banca habitual. Pero sólo me voy con mi música a otra parte. No pienso dejar de tocar. Ya te mandaré al periódico lo que se me ocurra escribir. A ver si tu nuevo jefe lo deja pasar.
—Te han pasado, te han permitido demasiado, reportero. Te propongo que en un responso a la banca demos gracias a Dios por la benevolencia gratuita, la tolerancia republicana, la paciencia infinita que los lectores del “Diario” han tenido con tu columna.
—Vamos a rogarle al Señor que te perdone tus pecados personales de omisión, que son muchos, y tus pecados exclusivos de comisión, que son más. A suplicarle, sobre todo, que se acuerde de alguna de tus virtudes. Tal vez el Altísimo, porque es todopoderoso, te pueda buscar y encontrar alguna virtud. Yo, la verdad, no te veo ninguna.
De regreso a casa, bien entrada ya la noche, el reportero reflexionó sobre los 31 años de la columna, nacida, con la Sección Local, el 12 de diciembre de 1978. ¿Llegó la hora de jubilarla también como a la banca de costumbre? ¿O de acomodarla a los tiempos nuevos que comienzan hoy?
Al concluir su examen de conciencia, se detuvo en la tesis del príncipe Fabrizio en “El gatopardo”, la novela italiana de José Tomás di Lampedusa: “Algo debe cambiar para que todo siga igual”. Al apagar la luz pensaba en el “Diario” y lo vio cambiado. Siguió pensando y lo encontró igual: el año 85 amanecía con los mismos ideales con los que anocheció ayer el 84. Los mismos que su fundador enarboló el 31 de mayo de 1925: la búsqueda y defensa de la verdad, la justicia y las libertades públicas en la primera plana, en toda la edición.
