(Primera Columna publicada el 20 de marzo de 2011)
—César, no sé si felicitaros a vosotros, los meridanos, o extenderles mi muy sentido pésame por el rumbo que ha tomado la administración de la ciudad en manos de Angélica Araujo Lara.
En el parque de San Juan, don Vittorio Zerbbera comenzó su plática habitual con César Pompeyo rogándole que le explicara cómo conciliar los buenos propósitos iniciales del gobierno de la alcaldesa con la megamillonada de pesos que le va a pagar a Shakira para que venga a cantar dos horas.
Don Vittorio, en un alarde de memoria, comparó los “juramentos” y los “diez mandatos” del discurso de toma de posesión de doña Angélica con el comportamiento que ha tenido su administración.
—Me inclino a felicitaros, César, porque hay motivos para pensar que madame Araujo ha realizado la hazaña de encontrarle la cuadratura al círculo. ¿Cómo una alcaldesa que no tiene el dinero que le hace falta, porque ha pedido que le presten 100 millones de pesos, resulta ahora que le sobra, pues le obsequia 10 millones de pesos al gobierno del estado, para que ferie en las olimpíadas, y luego invierte 18 millones de pesos para traer los trinos del jilguero colombiano? ¿Se saca los millones de la manga como un mago saca un conejo del sombrero? ¿Magia o mafia?
—No son sólo 18 millones —corrigió Pompeyo—. Angélica se ha comprometido a pagar todo, desde los guardaespaldas y carros blindados hasta las letrinas y los camerinos, pasando por los alimentos de la comitiva y los espectaculares de la propaganda. Todo eso nos va a costar unos 22 millones de pesos, a razón de 184,000 pesos por cada minuto de show.
El doctor Zerbbera recordó entonces la política de pan y circo practicada por los césares en el Coliseo, antecedente romano de “La Plancha”, terreno lóbrego donde antes dormían los trenes, terreno donde ahora va Shakira a cantar después que el ayuntamiento angelical lo ponga en condiciones de convertirlo en el Coliseo de Mérida, aunque tenga que aumentar el circo y disminuir el pan.
—Entonces, César, creo que debo daros el pésame, porque esa política colosal que ejecuta madame Araujo no coincide con uno de los juramentos que pronunció en su discurso inaugural. Trataré de citar de memoria una de aquellas promesas solemnes que la alcaldesa distribuyó a granel al asumir el poder.
“Soy profesionista, soy empresaria y he sido funcionaria pública; créanme que soy organizada y sé organizar. Ésa es la principal garantía que ofrezco para encabezar un gobierno que sí funcione como debe funcionar. Y un gobierno profesional sólo podrá ser un gobierno ejemplar si asume la promesa de austeridad”.
—Una promesa —siguió Vittorio— que la presidenta municipal cumple a medias. Ya vemos que se ha metido a empresaria y sabe organizar lo que llamáis con ese curioso nombre de pachanga. Debéis proponer que junto con madame Ivonne, empresaria magna, organizadora empedernida de espectáculos, vuestra Angélica se afilie al sindicato patronal Coparmex. Además se acabarían los pleitos. Pero, ilústrame: ¿cómo conciliar el juramento de austeridad con el préstamo de 100 millones, con el donativo de otros 10 al gobierno del estado, con la fortuna que os costará la colombiana? ¿Estáis vosotros a gusto con esa interpretación sui géneris de la austeridad?
—Bueno, Vittorio, es que la austeridad que Angélica ofreció es para nosotros, no para ella. Una austeridad que estamos practicando desde que la señora Ortega llegó a palacio y puso de moda la política plebeya, concebida para halagar a la plebe, tan fácil de comprar como de embaucar. Y plebe hay en todas partes: hasta en nuestras instituciones cupulares. Por eso el circo, la maroma y el teatro son el pan nuestro de cada día.
—Una pregunta final, César. Si Mérida es la ciudad de la paz, ¿por qué vais a gastar en autos blindados y guardaespaldas para Shakira?
—No es que Mérida sea la ciudad de la paz, Vittorio: los pacíficos somos los yucatecos. Hay quien dice —yo no— que en vez de sangre, horchata nos circula por las venas, porque se necesita tener sangre de horchata para aguantar que nos explote un pelotón de botarates y embusteros —con las honorables excepciones de estilo— que recuerdan los tiempos de la Conquista, cuando los españoles engañaban a los indios ofreciéndoles cuentas de vidrio a cambio de oro y piedras preciosas.
—Más de cuatro consideran —concluyó don César— que somos un pueblo de horchateros lamidos, bebidos y demás “idos” por gobiernos de oropel, bisutería y lentejuela que nos toman el pelo con chaquiras que luego nos cobran como si fueran las perlas de la virgen.— Mérida, 19 de marzo de 2011.
