(Primera Columna publicada el 30 de junio de 2011)
Antes que una medida para resolver un problema de tránsito en una glorieta, el túnel de Montejo se perfila como un capricho insostenible de la alcaldesa Angélica Araujo a la luz de la filosofía moderna del tránsito, que da preferencia al peatón sobre el automóvil.
Concebido, según dicen, para facilitar el tránsito en la confluencia de dos grandes avenidas, con un paso subterráneo debajo de una fuente, el túnel colisiona de frente con las tendencias de las comunicaciones urbanas en Europa, según información recabada por don Vittorio Zerbbera en su reciente viaje.
En su reunión habitual, celebrada ayer al amparo del techo de la sacristía de la iglesia de San Juan Bautista, debido a la lluvia ocasionada por la tormenta Arlene, y a solicitud de César Pompeyo, el doctor Zerbbera dio lectura pública, ante la gente refugiada en el recinto, a un compendio de las observaciones que hizo y los datos que recolectó en su gira europea, con el complemento de un reportaje de la periodista Elisabeth Rosenthal en “The New York Times”.
El documento llega a la conclusión de que el túnel podría duplicar el flujo de vehículos hacia el mencionado cruzamiento de avenidas. Además de los daños irreparables que se cause al paisaje urbano, en arboledas y camellones, la andanada de automóviles atraída por el túnel y las congestiones consiguientes tendrían efectos tóxicos en la salud pública y pondrían en peligro de extinción la presencia del caminante y en jaque perpetuo a los vecinos y comercios del rumbo.
Transcribiremos algunos párrafos del trabajo de don Vittorio, titulado “La máquina contra el hombre”:
“Grandes urbes, desde Copenhague hasta Munich, han cerrado al tránsito vehicular sus centros históricos. En otras, como Londres y Estocolmo, la capital sueca, el automovilista que quiera entrar en el corazón de la ciudad tiene que pagar una cuota de entrada, otra de salida y elevadas tarifas de estacionamiento.
“A propósito, los ayuntamientos hacen cada día más difícil y costoso el estacionamiento. Se está generalizando por doquier la prohibición de parquear en la calle.
“En la Lowenplatz, la plaza principal de Zurich, la mayor ciudad de Suiza, se han suprimido los pasos peatonales y las señales de ‘alto’: los carros circulan a vuelta de rueda, porque el viandante tiene el derecho de cruzar el arroyo en el momento que quiera y por el lugar que elija.
“En otras calles se ha rebajado por la mitad la duración de la luz verde en los semáforos y doblado el tiempo de la luz roja, a fin de que las personas no esperen más de 20 segundos para cruzar.
“Aumentan las poblaciones donde las arterias que conducen al centro se llenan de semáforos, uno muy cerca del otro, para detener y desanimar a los presuntos guiadores, como crece también el número de comunidades donde los choferes del transporte público pueden manejar los semáforos para tener vía libre siempre.
“Michael Blomberg, primer regidor de Nueva York, ha convertido en exclusiva para peatones la Times Square, ombligo de Broadway, que tenía fama de ser en el mundo la plaza con mayor invasión de vehículos.
“El 91 por ciento de los diputados del Parlamento suizo, con sede en la capital, Berna, utiliza autobuses o tranvías para ir al trabajo.
“En el edificio de la Agencia Europea del Medio Ambiente, en Copenhague, hay 150 casilleros para bicicletas y uno solo para automóviles: el que lleve a un discapacitado”.
—La tendencia europea es convertir las ciudades en “paraísos para el caminante” en vez de feudos de los automóviles —resume Lee Schipper, ingeniero de la Universidad de Stanford y especialista en transporte sustentable.
Pío Marzolini, concejal de Zurich, subraya: “Con nuestra filosofía nunca vamos a sincronizar los semáforos para favorecer a los motoristas. Yo no puedo estar de acuerdo con que un automóvil sea más valioso que yo”.
—Comprendo, César, que por ahora no son convenientes en Mérida esas medidas europeas para quitar al motor el dominio de las ciudades y devolvérselas a los seres humanos —aclaró don Vittorio—, entre otras razones porque esas urbes tienen modernos, rápidos y eficientes sistemas de transporte público y un clima que favorece caminar o ir en bicicleta. Quizá si los yucatecos invirtieran los 50 millones del paso deprimido en mejorar los autobuses, o camiones como les dicen ustedes, quizá, entonces, a nadie se le ocurriría en Mérida recurrir a la vacilada de los túneles.
—Tanto la gobernadora Ivonne como la alcaldesa Angélica han prometido que la actualización del sistema de transporte urbano, para satisfacer las necesidades de Mérida, sería uno de los ejes de sus gobiernos —señaló Pompeyo—. Pero de la promesa no ha pasado ninguna, a pesar de que el Congreso les regala el dinero a manos llenas con permisos en blanco para que ellas lo gasten como quieran, sin que tengan que informarnos nada. Por eso es más fuerte que Arlene el disgusto tempestuoso que el túnel ha levantado entre la gente.— Mérida, 29 de junio de 2011.
