(Primera Columna publicada el 14 de noviembre de 2010)

—Undécimo aumento de la gasolina este año —leyó en voz alta, admirado, don Vittorio Zerbbera, mientras hojeaba el Diario a la sombra de un almendro del parque de San Juan—. Creo que es un récord.

—Mundial, Vittorio, mundial e imbatible. Desde hace 70 años el precio de la gasolina siempre sube. Sólo lo supera el bicentenario. Es una tradición nuestra, como el sombrero de charro, el tequila reposado y el casi ganamos en el fútbol.

—¿Qué sucedió hace 70 años?
—Un presidente, Lázaro Cárdenas, nacionalizó el petróleo. Expropió las refinerías de los holandeses y los ingleses. Los gringos se hicieron de la vista gorda porque se debilitaban sus competidores europeos. Somos un país rico, riquísimo en oro negro, más negro que oro, pero acabamos comprando gasolina a los Estados Unidos. Ellos ya lo sabían. No estoy muy seguro, pero creo que les seguimos comprando combustible para abastecer el mercado nacional.

—En Sicilia, si el precio mundial del petróleo baja, el precio de la gasolina baja también. Es natural.

—En México, Vittorio, lo natural es lo raro. Aquí, suba o baje el precio del petróleo, nuestra gasolina siempre se va para arriba. Es una constante histórica. Ya estamos acostumbrados. Así somos de especiales. Diferentes.

—¿Cómo explican este aumento constante? ¿No que el petróleo es propiedad del pueblo mexicano?
—En primer lugar, Vittorio, en México no hay precedente de que se explique algo al pueblo. En política la voluntad popular es un membrete fantasma que adorna la propaganda de los candidatos. La opinión del pueblo no es materia de consulta. Es otra costumbre que el uso y el tiempo han convertido en ley. Es una conquista de la revolución centenaria y la llamada izquierda mexicana.

—Por otra parte —no cabe decir segundo lugar—, la gasolina tiene triple objetivo: surtir el mercado, financiar a los gobiernos derrochadores, que son la mayoría, e hinchar de plata al sindicato. El gobierno y el sindicato son los verdaderos dueños del petróleo mexicano.

—Pregunta en cualquier país petrolero cuánto le cuesta extraer y refinar el petróleo. Verás que es un costo razonable. En México, a ese costo hay que agregarle los impuestos para financiar la corrupción oficial, las fugas para que los líderes petroleros se hagan multimillonarios. No tengo a mano las estadísticas oficiales, pero cuando en otros países se necesita de una hora-hombre para fabricar un litro de gasolina, aquí necesitamos un “moloch” para producir medio litro en el doble de tiempo. No es una comparación exacta, pero te da una buena idea.

—¿Qué es “moloch”?
—Una táctica nacional infalible. Lo que puede hacer un hombre en Estados Unidos, por ejemplo, en México lo hacen diez. Como tapar un bache: hay que cerrar la calle. “Moloch” es una expresión maya que significa montón, mucho. Es la sagrada ley de la muchedumbre, aplicada con rigor por los gobiernos estatales o municipales. El bache, Vittorio, es una industria. 100 baches hacen millonario a un alcalde. Cuidarlos, reponer los reparados, es un objetivo prioritario de la administración pública.

—Volviendo a la gasolina, César, ¿habría una manera de que el precio de la gasolina deje de subir sin ton ni son?
—Cambiando de propietario. Hoy, como te dije, el petróleo es propiedad del gobierno y el sindicato. Cuando el pueblo sea el auténtico dueño cambiarán las cosas.

—¿Cómo se haría el cambio? ¿Cómo le pondrían el cascabel a esos dos gatos?
—Privatizando la industria, Vittorio. Que empresas privadas, nacionales o extranjeras, que no ponen sino pagan impuestos, se encarguen de la extracción y la refinación del petróleo. En las manos largas del gobierno y rapaces del sindicato es una barbaridad el precio de la gasolina. ¿Quién los vigila hoy? Nadie. Si viene la privatización, el gobierno sería el vigilante en vez del explotador.

—¿La mayoría de los mexicanos piensa como usted, César?
—No lo sé, Vittorio. En México no se habla en voz alta de estas cosas. Te acusarían de blasfemo. Serías culpable de subvertir el orden establecido, de alterar las costumbres, de violar las tradiciones que integran nuestra nacionalidad. Un traidor a los 100 años de revolución. ¡Cómo pesan, Vittorio, cómo pesan!— Mérida, 13 de noviembre de 2010.

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