(Primera Columna publicada el 9 de noviembre de 2010)
En el parque de San Juan, frente a la sacristía de la iglesia, cuna de la libertad en Yucatán, el doctor Vittorio Zerbbera (con zeta y doble be) analiza con César Pompeyo las noticias publicadas hoy sobre la asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa en Mérida.
—Me han llamado la atención, César, dos noticias. Una es que se considera al “Diario de Yucatán” un “solitario” entre los medios locales de comunicación, porque es el único que se enfrenta al gobierno y a su partido en la lucha por la libertad de expresión. ¿Correcto?
—Esa es, doctor, la idea detrás de la definición de “solitario”. Pero no es nada nuevo: la soledad del “Diario” en la defensa de los valores democráticos y cívicos, soledad que arranca desde su fundación en 1925, soledad acribillada de ataques, es uno de los motivos de la compañía perseverante de sus lectores y la influencia que le atribuyen. ¿Qué otra noticia te ha llamado la atención?
—Que los demás medios de comunicación yucatecos están “subordinados” a la gobernadora. ¿Es propietaria de todos, César?
—De todos no, pero como si lo fuera. Lo que les paga por su comprada lealtad nos cuesta a los yucatecos un ojo de la cara. Con algunas excepciones que se pierden en el pasado remoto, o han muerto recién nacidas, no se tiene noticias, que yo sepa, doctor, de que hayan hablado mal de la gobernadora. Es cierto que Ivonne Ortega los ha colonizado y dominado como Francisco de Montejo a los decadentes mayas, pero eso tiene un precedente: siempre han estado al servicio obsequioso de los gobernantes emanados del PRI y de su partido. Si no es así, han tenido éxito en ocultarlo. ¿Por qué te llama la atención? Todo el mundo lo sabe. Todos los días lo puedes comprobar.
—Me llama la atención, César, porque confirma una de mis impresiones de nuestra visita a Hispanoamérica durante nuestra gira mundial en 2009. En vuestra América Latina, en vuestro México, los mayores enemigos de la libertad de expresión no son ni los gobiernos ni el crimen organizado ni el narcotráfico. Los verdaderos verdugos de la libertad de expresión, de la libertad de prensa, son los propios periódicos.
—Una impresión muy particular tuya, Vittorio. Me parece un contrasentido. ¿En qué te basas?
—Son investigaciones que ya están en poder del cuartel general contra la mafia que tiene su sede, como bien sabe usted, en Palermo. Os voy a poner las cartas sobre la mesa. Cuando la gobernadora, o la alcaldesa, o la presidenta, viola la ley, abusa de su cargo, persigue a los disidentes y despilfarra el presupuesto, el silencio de la radio, la prensa y la televisión es elocuente. Yo diría que es un silencio conventual. Como el que priva en los monasterios de los capuchinos y los trapenses.
—Eso sí, César, se porte bien o se porte mal la gobernante, esa prensa se desborda en aclamaciones, elogios, caravanas. Se consagra a la defensa a ultranza de las tonterías y porquerías del gobierno. Algunos lo hacen por gusto: los reptiles se arrastran. Otros por miedo, como el gato le huye al agua. Lo peor, amigo Pompeyo, lo peor que pasa por debajo de la mesa es que el gobierno ni siquiera tiene que hacerles una oferta o ejercer presión. No hace falta que el gobierno los tiente o los amenace. Lo grave, gravísimo, es que el propio periódico, radio o televisión toma la iniciativa y exige, incluso en forma muchas veces agresiva, siempre voraz, el “embuste”, “mordida”, soborno o subsidio que les da el gobierno.
—Han puesto la libertad de expresión, la libertad de prensa, en el escaparate, en el mostrador —continuó el signore Zerbbera—, como se pone el saldo de una mercancía. En la costumbre vuestra de corromper a los gobernantes, que es entre vosotros una tarea cotidiana, la prensa vendida tiene un primerísimo lugar. Es el problema que la SIP no ha podido, no ha querido o no se le ha ocurrido investigar. Tal vez porque en Hispanoamérica hemos visto que los corsarios del periodismo, los mercaderes de la noticia, sean dirigentes de la SIP o incluso anfitriones de sus asambleas. Es una deuda pendiente.
—Naturalmente, César, en este comercio de la información el enemigo común son los “solitarios” como el “Diario”, donde buscan abrigo y tribuna los ciudadanos que logran escapar de ese muro de Berlín de servilismo que rodea a los gobernantes, los aísla del pueblo, les hace perder el piso y les permite delinquir a su antojo y con impunidad infranqueable —concluyó el especialista italiano en las actividades de la mafia.
—Creo que exageras, Vittorio —rubricó don César—. Me parece que estás rompiendo lanzas contra molinos de viento, como Don Quijote. No comparto tus impresiones: algo hay de cierto, pero no todo. Sin embargo, como devoto que soy de la libertad de expresión, aunque no esté de acuerdo con tus opiniones, estoy dispuesto a morir por el derecho que tienes a manifestarlas. Y te aclaro que no he recibido ningún mucbilpollo.— Mérida, 8 de noviembre de 2010.
