(Artículo publicado el 23 de febrero de 2010)
La trayectoria de Ivonne Ortega Pacheco y su gobierno se ha alejado tanto del pueblo, y de manera tan apresurada y evidente, que era bola cantada la rechifla del sábado por la noche a la gobernadora antes de la pelea de boxeo en el poliforo Zamná.
No por esperada deja de sorprender. Sorprende por esa intensidad unánime y prolongada de los silbidos de 8,000 espectadores. Nada parecido en los últimos 60 años por lo menos. Ha sido la madre de todas las rechiflas a gobernantes yucatecos.
Alguien ha recordado los silbidos al gobernador Graciliano Alpuche en la inauguración de una temporada de béisbol. Peccata minuta. Silbidos que pasaron pronto por la prudencia, humildad y comprensión de que hizo gala el general.
A raíz del megafraude electoral que lo llevó a Palacio en 1969, Carlos Loret de Mola, consciente de su impopularidad, entendió el peligro que corría si se presentaba al parque Carta Clara en marzo de 1970 a inaugurar la temporada de pelota profesional. Hábil y astuto, invitó a Joe DiMaggio a que lo acompañara.
Debió dolerle, sí, la ovación de la noche, imponente, que recibió, de pie en su palco, el alcalde meridano Víctor Manuel Correa Rachó, su adversario en las elecciones; pero cuando Loret de Mola izó la bandera en el fondo del jardín central y caminó despacio, sin prisa, hasta la loma, para que Joe tirara la primera bola, el público, que colmaba el estadio, se olvidó del gobernador y aclamó al superastro de los Yanquis de Nueva York.
La señora Ortega Pacheco no tuvo ni la humildad, ni la prudencia, ni la comprensión, ni la astucia, ni la habilidad de sus dos predecesores en situaciones semejantes. Por el contrario, optó por la réplica desafiante. Un desafío arrogante que un enemigo suyo no hubiera planeado mejor. Mientras ella más gritaba, y más alto, la palabra “Yucatán”, en un sonsonete a media calle entre el fanatismo y la histeria, el público la silbaba y abucheaba cada vez con mayor clamor, y lo que es peor, entre silbido y abucheo le gritaba: “Fuera, fuera”. Unas filas atrás, Angélica Araujo no sabía dónde meterse.
Destilaba pena ese “Fuera de Yucatán”. Pena ajena. Esa pena que nos encoge, esa pena que sentimos cuando nos lastima ver u oír el ridículo, el mal paso o el trance amargo por el que está atravesando una persona que se ve zarandeada en una situación tanto más escandalosa cuanto más elevada es su investidura. Lástima que es la impresión más triste que puede inspirar un político.
Con ese aparente “qué me importa”, con esa actitud de “me vale” con los que pretende zafarse de las críticas a su persona y a su forma de gobernar, Ivonne Ortega ha sembrado de vientos su camino y no ha sabido advertir las señales de tempestad. No oyó o no le contaron la serenata de “traicionera, farsante, mentirosa”, que los estudiantes le llevaron a Palacio, ni los gritos y cartelones de “Ivonne se embellece, el pueblo se empobrece” en parques y calles. Ve y oye lo que quiere. Una fórmula infalible para ver y oír lo que no quieres.
En las crónicas dominicales de la pelea del sábado, sólo el “Diario” informó de la rechifla a la señora Ortega. Un síntoma del control que su gobierno ejerce sobre la gran mayoría de los medios de comunicación. Costoso control que es una coraza de adulación y servilismo que aísla al gobernante de la realidad, fomentando las distracciones que le gustan —la pachanga, la televisión, la imagen—, para que sus subalternos puedan hacer de las suyas con el poder y el dinero.
En vez de Joe DiMaggio, la gobernadora se presentó al boxeo en compañía desaconsejable: gente de su gabinete y señorones del PRI. La provocación a los ocho mil espectadores fue doble. Una provocación al escándalo que la señora Ivonne reiteró con la actitud, incongruente con su cargo, que asumió desde el principio hasta el fin de la pelea entre Guty Espadas y Elio Rojas.
Ocupó un lugar de primera fila que estuvo constantemente en la pantalla de la televisión. Era difícil admitir que esa mujer desmedida que prorrumpía en grito tras grito, que gesticulaba, que agitaba los brazos y sacudía los puños, que llamaba además la atención porque estuvo de pie todo el combate, mientras los demás se quedaban sentados, costaba trabajo creer, repetimos que esa mujer —“¡Cállate ya!” “¡Siéntate!”— fuera la gobernadora. No, no puede ser. El locutor que narraba el encuentro, que la había confundido con ardorosa fanática de Guty, anunció al fin que se trataba de la señora Ortega. ¿No habrá un alma piadosa y leal, un caballero que le diga que esas erupciones de adrenalina no se llevan con la compostura que debe guardar un jefe de estado?
Como hemos señalado aquí, lo que ella y su administración hagan o dejen de hacer ha de tener un eco inevitable en las aspiraciones de sus candidatos en las elecciones de mayo. Es una sombra que los cubre a todos. Es una verdad irrebatible que en todas las elecciones los candidatos oficiales cargan las cruces del gobierno. Sobre todo en este caso, en que no es un secreto que la capitana de la ola roja es el paradigma, la imagen y el corazón del partido. Alguien puede caer en la tentación explicable de decir: “Pobre PRI, tan cerca de Ivonne y tan lejos del pueblo”. —Mérida, Yucatán, 22 de febrero de 2010.
