(Primera Columna publicada el 23 de enero de 2011)

Al retornar de su viaje a Nueva York, donde colaboró con el FBI en la captura de los 125 capos y sicarios de la “cosa nostra”, el mafiólogo italiano Vittorio Zerbbera reanudó con César Pompeyo, en la sacristía de la iglesia de San Juan, el análisis de los sucesos de carácter religioso, político, económico y social que han convertido este enero en un polvorín que puede estallar en cualquier momento de 2011.
En la revisión de los conflictos, se detuvieron en la polémica que parece dirigirse, si no toma otro rumbo, a la impresión de que la alcaldesa meridana no dice la verdad o no sabe lo que dice.
—Fue una sorpresa, Vittorio, la vehemencia con la que Angélica Araujo rechaza las revelaciones de Claudia Canto: es falso que la Comuna invierta indebidamente los fondos públicos al encargar a empresas o personas particulares ciertos trabajos y gestiones que deben realizar la presidenta y sus colaboradores con cargo a los sueldos que devengan, esto es, sin cargárselos al pueblo.
—¿Cuáles empresas, César? ¿Qué personas?
—No lo sé. Mira: es un hecho que la alcaldesa se quedó con la cara rayada cuando Claudia le demostró, papelito en mano, que las acusaciones son ciertas. El papelito, o los papelitos, son precisamente los propios informes financieros que proporciona la tesorería municipal. Pero lo peor es que son informes a medias: dicen la mitad de la verdad y callan la otra.
—¿Quieres decir, César, que no indican quiénes son los que cobran los cheques expedidos por la tesorería?
—Exacto: muestran el pecado, pero ocultan al pecador. Es el tipo de informes que suele caracterizar a las autoridades que quieren aparentar la honradez que les falta. Informes, Vittorio, que conducen a la sospecha. La sospecha de que se quiere tapar una tuchada. Una tuchada como ésa de encargar a otros los trabajos que se deben de hacer en la Comuna, v. gr., la agenda de actividades de la alcaldesa, si es que leí bien la denuncia.
—¿Quiénes pueden ser esos “otros”, César?
—Amistades, acreedores políticos o correligionarios de la presidenta municipal. Les paga así favores o contribuciones a su pasada campaña electoral. O premia el apoyo que ella recibe de gente de su partido o sometida a éste. O cumple la orden de aportar fondos para la próxima campaña. Es una de las sospechas Vittorio.
—¿Cuántas sospechas más, César?
—Las verificadas verdades de Claudia nos llevan a sospechar que la alcaldesa miente a propósito. O, si no miente, que no sabe lo que pasa en el Ayuntamiento. Que la procesión le pasa por delante y no la ve. Que no está pendiente de cuidar el dinero del pueblo. En fin, que la están llevando al baile y de paso a nosotros los meridanos, que a la larga somos los que recibimos los pisotones.
—¿Alguna sospecha más, César?
—Yo diría que sí. La alcaldesa no les paga a sus proveedores. No a todos al menos. Nos está saliendo igual que su tutora Ivonne: hija de tigresa, pintita.
—De modo, Cesar, que la tal Angélica ¿no es ningún angelito?
—Yo no llegaría tan pronto a una deducción radical como ésa, Vittorio. La señora Araujo tiene tiempo aún de despejar su gobierno de las sospecha que hoy lo ensombrecen. ¿Qué le sugerirías tú?
—Si estuviéramos en Sicilia y se presentara la misma situación, el alcalde o alcaldesa pediría, exigiría a los ediles y los partidos de la oposición que se pusieran al frente de la investigación oficial de las acusaciones. Les abriría todas las puertas de su administración. Les daría toda clase de facilidades para revisar aquí y meterse allá. Así quedaría a salvo la buena fe de la señora Araujo y le brindaría, además, la oportunidad de corregir, si tal es el caso, una actitud inmoral o cuando menos fuera de lugar.
—Pero no estamos en Sicilia, Vittorio, sino en Yucatán, donde el gobierno le lleva la contraria hasta a Dios Padre. Sería otra sorpresa, una sorpresa muy grata, si con tu sugerencia, o de cualquiera otra manera rectilínea, Angélica rompe con las tradiciones de su partido y nos dice la verdad monda y lironda. La verdad entera, a satisfacción de Claudia, la concejala que con su vigilancia atenta y responsable demuestra que es auténtica representante del pueblo.
—Una pregunta más, César. ¿Qué es una tuchada?
—Así les dicen en los antros a las vaciladas que Ivonne Ortega inventa en Palacio, como eso de las tenencias que tú no pagas y yo sí, pero luego las pagamos todos al doblete con los nuevos impuestos. Tuchada, en el argot de la mafia, puede ser una puñalada por la espalda. O un beso de Judas en el léxico de la “cosa nostra”. Viene de tucho: localismo para designar una aparición siniestra que asusta y, por cierto, explica la situación en que estamos hoy los yucatecos que no somos del PRI: entuchados, asustados.— Mérida, 22 de enero de 2011.

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