Manolo Montoliú sufre la mortal cornada en la Maestranza de Sevilla

Leía  ayer un opinión de José Luis Benlloch en “Aplausos”. Monumental homenaje a José Manuel Calvo Bonichón, Manolo Montoliú para los toros.

Manuel tiñó al toreo de luto hace veintiocho años cuando murió al banderillear al toro “Cabatisto” en la Maestranza de Sevilla y conmocionó a toda España en una cornada espeluznante que, por primera vez, fue vista en directo por TVE, dice la reseña de la agencia EFE de esa trágica noticia.

Despacioso, elegante, sobrado de facultades en el ruedo, Montoliú fue uno de los más genuinos representantes de la gran escuela valenciana de banderilleros y ese día, 1 de mayo de 1992, de verde oliva y azabache, pareció ignorar los avisos y querencias del toro de Atanasio que lo prendió por el tórax y lo mató casi en el acto: faltaba poco para las siete de la tarde.

Entró en la enfermería de la plaza con el “corazón abierto en dos como un libro”, en expresión del cirujano Ramón Vila, y la plaza intuyó inmediatamente lo que había pasado, tal fue el silencio y la expectación por lo que estaba pasando en la enfermería de la plaza, en la que el equipo médico poco pudo hacer, más que certificar su muerte.

El parte médico era desolador, catastrófico e incompatible con la vida y dio paso a la certeza que corrió como la pólvora por los tendidos repletos de una plaza que había ido ese día de feria a ver a tres figuras, José María Manzanares, Pedro Gutiérrez Moya “Niño de la Capea” y José Ortega Cano.

Manzanares pasaportó a ese toro y “Capea” al suyo cuando por los movimientos entrebarreras y los llantos y abrazos de los banderilleros se supo que Manolo Montoliú había muerto.

La plaza se puso en pie y tras el grito de un aficionado pidiéndolo, un clarinazo anunció la suspensión de la corrida.

Mientras la capilla ardiente del torero se instalaba en la sala de prensa de La Maestranza, en las gradas altas se sentaba, fumaba y lloraba la terna junto a toreros de plata como Federico Navalón “El Jaro”, Luis González y José Rodríguez “El Pío” en una escena casi solanesca que no se repetía en el toreo desde las muertes de Francisco Rivera “Paquirri” en 1984 y José Cubero “Yiyo” un año más tarde.

Manolo Montoliú, nacido en Valencia en 1954, dejó el legado de su recuerdo. Tomó los palos tras intentar la gloria de la alternativa (se hizo matador en 1986) y brillar a las órdenes de su paisano Vicente Ruiz “El Soro”, Paco Ojeda y Antoñete.

Apunta Benlloch en su homenaje de ayer, “Manolo lo resumió todo, la colocación, el poderío, la prestancia en la plaza, era de los que llenaba el escenario, tenía las maneras artísticas de su amigo Honrubia y una empatía que le convertía en un líder. Y por si acaso había dudas de por qué fue el mejor o tanto como el mejor, llegó la tarde infausta de Sevilla, de eso hace hoy 28 años, la tarde en la que les ganó la mano a todos. Nadie hubiese querido que pasase pero si tenía que pasar… siempre pensé que debía ser allí y así. No hubo escenario, ni momento, ni entorno más gloriosamente torero: la Maestranza, la Feria, la tele, un maestro de referencia, un par de banderillas en la mano, el corazón partido… Yo no sé si los nietos —se los perdió— llegarán a entender quién fue su abuelo más allá de la estatua de la plaza de Valencia, pero por si acaso un día leen este escrito que sepan que fue el más grande en lo suyo, un torerazo imposible de olvidar para quienes le disfrutamos, y más que un amigo para mí y para muchos”.— Gaspar Silveira Malaver

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán