Anécdotas de mi andar beisbolero
Arturo Millet Molina (*)
Saliéndome del tenor de nuestros artículos anteriores, hoy quiero relatarles una serie de anécdotas que viven en los recuerdos de mi vida beisbolística y que creo que muchos de mis contemporáneos que aún damos guerra en este mundo las van a disfrutar.
Siendo estudiante de la Escuela Modelo, una Navidad cumple Santa Claus mi sueño de tener un guante de béisbol profesional, que orgullosamente estreno en uno de los partidos que celebrábamos por las tardes, en los que me desempeñaba como pítcher. Al terminar, acudimos al vestidor y en un abrir y cerrar de ojos la mascota se esfuma. En vano fueron mis ruegos y súplicas para que alguien me dijera que era el causante de la broma. A los pocos días alguien se compadeció de mi pena y me dijo que el “Meco” Sosa era el que lo había tomado. Al fin me lo devolvió, no sin antes tener un conato de pleito que eran comunes en mi querida escuela.
En un juego en el campo de la colonia Esperanza, jugando contra el equipo de la misma, doy un batazo que atraviesa todo el jardín central. Campantemente procedo a recorrer las almohadillas y cuál sería mi sorpresa cuando el umpire me detiene en segunda, decretando doble. Mi reacción ya se la imaginarán los que me conocieron en aquella época. Mucho tiempo se comentó que después de un jonrón del “Indio” Peraza sobre la barda del jardín izquierdo, que fue a caer a casa de doña “Tucita”, es de los más largos que se dieron en ese añorado campo meridano.
En el mismo diamante, en un domingo soleado, mis dos primeros turnos al bate se convierten en calientes chocolates, que hacen enojar a los apostadores, que en gran número acuden a esos juegos. Uno de ellos se extralimita y de bulto y otros adjetivos no me bajaba. Mi reacción no se hace esperar y subo a las gradas a enfrentarlo con malas intenciones. Me rescatan mis compañeros de equipo y, como siempre, todo terminó en amistad y en algo para contar años después.
Ya jugando en el Parque Carta Clara, los partidos eran cubiertos y reseñados por la prensa local. En una muy mala tarde cubriendo la segunda base, cometo tres garrafales errores, terminando en el suelo. Un comentarista me bautizó con el apodo del “Topo” Millet.
En un partido en Telchac Puerto, a donde fuimos invitados un domingo de temporada, pego un batazo que sobrepasa por mucho las matas de coco que eran el límite de los jardines. Para sorpresa, vinieron a cobrarme el cristal roto de una casa aledaña con el batazo. Valió la pena pagarlo.
Creo también haber comentado cuando una bella señora de Dzilam Bravo me despidió del campo con los gritos reiterativos de “Muelle nuevo”, después de que me propinaron dos o tres hirvientes ponches.
Ya jugando en la hacienda Ticopó, que se volvió nuestro feudo cuando el equipo cambió de nombre de Bacardí a Philco, pasamos domingos inolvidables que no fueron del agrado de mi esposa, Concepción Reyes Ponce, lo que motivó mi retiro por un tiempo. Pero este no tardo mucho, ya que la pelota me perseguía. Entre los clientes del despacho contable estaba una gran fábrica de zapatos propiedad de don Ignacio Izac, que llamado por el gusanillo de este deporte y entrenado por uno de los referentes del béisbol yucateco, José “Loco” Adam, me invita a formar parte de su equipo “Cananea”, que competía en la afamada Liga Dolores Otero, cuyo campo era feudo de los hermanos Park, tremendos beisbolistas y mejores amigos. El resultado fue el mismo: mi esposa me volvió a retirar.
Ya refugiado en el sóftbol y jugando en el Círculo Deportivo Bancarios, la noche de mi cumpleaños número treinta, contra el equipo Pericos y su pítcher Eduardo “La Bala” Méndez, le doy tres jonrones. Estoy seguro que me dio mi regalo debido a que los tres batazos fueron a bolas afuera que él sabía que eran mi banquete, y no me tiró de adentro porque son las que me hacían daño. El festejo no se hizo esperar y mi nuevo retiro, tampoco. El sóftbol en el Campestre será otra historia. ¡Qué grande es el béisbol!— Mérida, julio de 2021
